Cherreads

Chapter 4 - Capitulo 3

Alice.

Cuando sonó la campana del receso, los niños salieron disparados como si alguien hubiera abierto las compuertas de un río. El salón se vació en menos de un minuto. Solo quedaron algunos ecos de risas que se desvanecían por el pasillo.

Me apoyé en el escritorio por un momento, dejando que el silencio respirara.

La energía de treinta y dos niños era… abrumadora, pero no en el mal sentido. Más bien era algo que había olvidado que existía: ese caos humilde, cotidiano, libre. El tipo de caos que no tenía nada que ver con alarmas, con disparos, con órdenes en voz baja, con planes de escape improvisados.

Era un caos sano.

Miré el reloj. Apenas había pasado medio turno.

Me asomé por la ventana. En el patio, los estudiantes se distribuían como si siguieran un mapa invisible: los que ya habían hecho amigos se agrupaban rápido, otros apenas tanteaban terreno. Y estaban aquellos—los callados—los que caminaban sin rumbo fijo, aparentando buscar algo para hacer cuando en realidad buscaban algo más profundo: un lugar donde encajar.

Los reconocía fácilmente.

Solía ser una de ellos.

No en una escuela… pero sí en Helix.

Uno de los chicos más tímidos de mi grupo, Hugo—o Hugh, como quería que lo llamara—estaba parado cerca de la zona de árboles, pateando piedritas y mirando sus zapatos cada cinco segundos. A unos metros, Abigail y Cami hablaban emocionadas mientras sacaban sus loncheras, probablemente organizando algún plan para más tarde. Bran estaba ya con tres niños más, mostrándoles un dibujo y recibiendo comentarios exagerados, en su estilo.

Y, por supuesto, ahí estaba Lily.

Sentada en una de las mesas del patio, con una barra de cereal en la mano, escuchando a dos niñas que hablaban sin parar. Sonreía, pero noté que sus manos estaban un poco tensas sobre la mesa. No estaba incómoda… solo procesaba. Observaba.

Me acomodé la credencial y salí del salón. Tenía que ir a la sala de profesores para revisar el material para la siguiente parte de la clase. Mientras caminaba por el pasillo, veía estudiantes por todas partes: unos corriendo, otros presumiendo juguetes, otros simplemente hablando como si el día fuera demasiado corto para todo lo que querían decir.

Me hacía preguntarme cómo sería tener una infancia así.

Completa.

Presente.

Con padres que te dejaban frente a la escuela diciéndote "ya sabes lo que te dije".

Con un hogar donde las paredes no eran metálicas ni las luces frías.

Sacudí la cabeza para sacarme la sensación que comenzaba a subir desde el pecho. No había espacio para nostalgia. No ahora. No aquí.

Empujé la puerta de la sala de profesores.

Había unos cuantos docentes dentro, algunos tomando café, otros revisando exámenes o acomodando materiales. El ambiente se sentía relajado, casi flojo, comparado con la intensidad del aula.

La profesora Sterling, una mujer de cabello grueso y rojizo recogido en un moño rebelde, me sonrió al verme entrar.

—¿Sobreviviste? —preguntó con una taza entre las manos.

—Por poco —respondí con una sonrisa leve—. Pero creo que están más emocionados que descontrolados.

—Eso es bueno —dijo ajustándose las gafas—. Los grupos de primer año suelen tener mucha energía al principio. Si ya te escuchan, vas en muy buen camino.

—Intento hacerlo —respondí, tomando asiento en una mesa. Abrí la carpeta con el plan de clase.

Ella se sentó frente a mí.

—Tu salón parece muy variado —comentó—. Vi salir a algunos muy entusiasmados y a otros que parecían estar calculando su propia existencia.

Me reí suavemente.

—Sí, noté lo mismo. Hay varios que todavía están buscando dónde encajar.

—Es normal —dijo—. Y por lo que vi, te tienen confianza. Eso ayuda mucho.

Me quedé callada un segundo. Palabras simples. Cotidianas. Pero tan ajenas a mi historia real.

Confianza.

Una palabra que, en Helix, nunca existió.

—Espero estar haciéndolo bien —respondí finalmente.

—Lo estás haciendo —aseguró Sterling.

Hubo un silencio cómodo antes de que se levantara para rellenar su taza.

Mientras revisaba mis materiales, algunos profesores más entraban y salían, conversaban sobre sus propios grupos, sobre el ruido del pasillo, sobre las nuevas reglas del semestre. Era una especie de microcosmos donde cada vida avanzaba con su propio ritmo y complicaciones menores.

Y yo estaba ahí, integrándome a una normalidad que no me pertenecía.

De pronto, escuché la voz de uno de los profesores desde la puerta:

—Todos los grupos regresan a las aulas en diez minutos.

Asentí. Organicé mis cosas y guardé las hojas que usaría para una actividad ligera. Cuando levanté mi mochila, una sensación extraña me cruzó: la de estar viviendo algo que jamás pensé que tendría.

Un día normal.

Un turno normal.

Un recreo normal.

Y niños preocupados por cosas de niños.

Respiré hondo.

Diez minutos y volvería a instruirlos.

Diez minutos y seguiría actuando.

—Vamos —murmuré para mí—. Un día a la vez.

Salí de la sala de profesores y me dirigí al salón mientras los sonidos del receso comenzaban ya a decrecer.

**

Los primeros en regresar fueron los que no se aventuraron demasiado lejos del edificio. Entraron hablando entre ellos, aún con restos de galletas o jugo en la mano. Luego llegaron los más ruidosos, los que se habían quedado corriendo hasta el último segundo en el patio. Los tímidos entraron casi al final, ocupando sus lugares con movimientos breves, como si no quisieran llamar la atención.

Esperé hasta que todos estuvieron sentados, revisando su lista de asistencia mientras acomodaba un marcador junto a la pizarra.

—Muy bien —dije cuando el bullicio estuvo lo suficientemente bajo—. ¿Qué tal su primer receso? ¿Todo en orden?

Varias manos se levantaron al instante.

Sonreí, señalando a la primera.

—Abigail, adelante.

Abigail cruzó las manos sobre el pupitre, emocionada.

—Pues… bien, miss Berman. Conocí a dos niñas de otro grupo, del 1-B. Hablamos de nuestras mascotas y… una tiene un hámster que se llama "Bolita". Es súper lindo, lo vi en una foto.

—Eso suena agradable —respondí, asintiendo.

Otra mano se levantó sin esperar turno, la de Bran.

—Yo también hablé con unos del 1-B —dijo—. Pero hay unos de segundo que se creen mucho. No sé, como que… hablan fuerte y empujan sin querer queriendo.

—¿Empujaron a alguien? —pregunté sin sonar alarmada.

—No, no tanto así —respondió—. Pero sí se creen… ya sabe, de los grandes.

Risas en la clase. Bran sonrió orgulloso, como si hubiera logrado entretenerlos.

—Es normal que los grados superiores parezcan más seguros —expliqué—. Pero si alguien los molesta o pasa de la línea, me lo dicen, ¿de acuerdo?

Asintieron varios.

—Camila —señalé cuando levantó la mano, delicada, como si temiera ocupar demasiado espacio.

—A mí se me acercó una niña del 2-C —dijo—. Me preguntó si quería sentarme con ella y su amiga, pero no sabía si podía dejar mi mesa…

—Durante el receso puedes moverte libremente —le aclaré—. No estás limitada al mismo lugar del salón.

—Ah… entonces mañana sí me siento con ellas —dijo, sonriendo un poco para sí.

Luego levantó la mano Hugo.

Desde el fondo del salón.

—Eh… miss —murmuró—. Creo que vi a unos de tercero… como… mirando feo.

—¿Mirando feo cómo? —pregunté sin ironía.

—Así… como cuando ves a alguien que molesta, pero no sabes si sí quiere molestarte o solo es su cara. Así.

Un par de niños rieron.

Yo no.

—A veces la expresión de alguien no significa nada —dije con naturalidad—. Pero, si se sienten incómodos, pueden mantenerse cerca de sus compañeros. Todos se están adaptando hoy, ustedes y los demás.

Hugo asintió, un poco aliviado.

Una mano se alzó con energía: la de Eva, una de las más parlanchinas.

—¡Yo ya me hice amiga de tres! —anunció—. Una de ellas dijo que su hermano está en tercer año y que si alguien me molesta él lo arregla.

—Eva —intervine con suavidad—. Está bien tener amigos, pero no necesitamos involucrar a hermanos mayores para resolver diferencias. Para eso estoy yo, o cualquier maestro.

—Ah… sí —respondió ella, bajando los hombros, aunque sin perder su sonrisa.

—¿Alguien más? —pregunté.

Y entonces, casi como si lo hubiera estado pensando demasiado, Lily levantó la mano.

No alta.

Solo lo suficiente para que yo lo notara.

—Sí, Lily —dije con voz neutral.

Ella acomodó un mechón detrás de la oreja, manteniendo la mirada en la mesa un segundo antes de hablar.

—Fue… bueno —dijo—. Conocí dos chicas… bueno, ellas me hablaron primero. No sabía qué decirles mucho, pero creo que fue bien.

—Me alegra oír eso —respondí sencillo—. Es su primer día. Todo es nuevo. Lo importante es que comienzan a conocer gente.

La niña asintió, tranquila.

Después de eso, un murmullo recorrió la clase: algunos niños querían añadir detalles, otros parecían satisfechos con escuchar. Yo dejé que la dinámica fluyera unos segundos antes de aplaudir suavemente para recuperar su atención.

—Bien, chicos. Ahora que todos ya respiraron aire fresco y hablaron con gente nueva, retomemos la clase. Vamos a hacer una actividad tranquila para seguir conociéndonos.

Los alumnos enderezaron sus cuadernos, otros sacaron lápices, algunos comentaron cosas rápidas antes de callarse. Era un ambiente cálido, caótico, vivo.

—Abramos sus cuadernos —continué—. Y empecemos.

**

No llevaba ni cinco minutos explicando cuando me detuve. Había llenado buena parte de la pizarra con una ecuación… nada complicada para mí, pero sí larga para lo que probablemente era la capacidad promedio del grupo. Dejé el marcador en su bandeja y me giré hacia ellos.

—Bien, ¿lo entendieron?

Los veintitantos rostros se miraron entre sí como si yo acabara de hablar en otro idioma.

Primero un silencio.

Después un murmullo.

Y, finalmente, un coro de:

—No…

Fruncí ligeramente el ceño, genuinamente sorprendida.

—¿No? ¿Por qué no? —pregunté con calma.

Una niña levantó la mano tímidamente. Era Sofía, del segundo asiento de la fila derecha.

—Miss… eso son cosas que ven los de segundo o tercero de secundaria… no nosotros —dijo, mordiendo el lápiz.

Parpadeé.

Volteé al pizarrón.

La ecuación estaba ahí, inocente, perfectamente simple para mí. Unas cuantas variables, nada extremo. Me parecía… básica.

—¿En serio? —pregunté, mirando ahora a toda la clase.

—Sí —respondieron algunos.

—Mucho —dijo otra voz.

—Demasiado —remató un niño del fondo.

Hugh levantó la mano, algo divertido.

—Oiga, miss… ¿nos puede repetir su edad otra vez?

Lo miré con una mezcla entre desconcierto y sospecha.

—Tengo veinticinco —respondí—. ¿Por qué la pregunta?

Hugh cruzó los brazos, con un gesto exageradamente reflexivo.

—¿Entonces usted era como… una niña prodigio o algo así?

Varias cabezas asintieron como si acabaran de descubrir algo importante.

—No —respondí rápido—. Solo… me enseñaron a hacerlo desde muy joven.

—Pues debió ser horrible —soltó Mateo desde la fila izquierda, con toda la sinceridad del mundo—. A mí mi mamá me enseñó fracciones y casi lloro.

Risas generalizadas.

—De verdad —continuó el niño—. Eso que puso ahí… nosotros no sabemos ni por dónde empezar.

Me llevé una mano a la frente, escondiendo una sonrisa involuntaria.

—Lo siento —dije—. Pensé que era más sencillo. No pretendía adelantarles tanto. Si esto es demasiado difícil, retrocedemos. Vamos a trabajar en algo más simple para hoy.

Lily levantó la mano apenas unos centímetros, lo suficiente para que la notara.

—Miss… —dijo con tono serio—. Usted dijo que íbamos a hacer algo tranquilo.

—Sí, lo dije.

—Entonces… si esto es lo tranquilo para usted… no quiero imaginar lo complicado.

El salón entero estalló en risas nerviosas.

Yo también sonreí, bajando la mirada un instante.

—Tienen razón. Fue demasiado —admití—. Así que vamos a empezar desde donde ustedes están, no desde donde estoy yo. ¿De acuerdo?

Un coro de "sí" respondió con energía.

—Perfecto —continué—. Abran sus cuadernos en una página nueva. Vamos a repasar conceptos básicos. Y prometo que no habrá más ecuaciones misteriosas por hoy.

Eva levantó la mano.

—¿Y mañana tampoco?

—Mañana veremos —respondí con una media sonrisa.

—Eso suena a "mañana sí" —murmuró alguien.

—Eso suena a "mañana dependerá de su comportamiento" —respondí con humor, provocando más risas.

Ellos tomaron posición: lápices en mano, cuadernos abiertos, listos.

Y yo respiré hondo, ajustándome por completo a su ritmo.

Era un salón ruidoso, variado, humano.

Y, por extraño que fuera, también era un lugar donde encajaba… casi a la perfección.

Después de unos minutos de revisar y simplificar el material, respiré hondo, me giré hacia ellos y pregunté:

—¿Ahora sí entendieron?

—¡Sí! —respondieron varios al mismo tiempo, y esta vez noté que no estaban mintiendo por compromiso; parecían seguros.

—Perfecto —dije, tomando el marcador—. Entonces, para comprobarlo, voy a poner un ejercicio más. Y quiero a seis voluntarios en el pizarrón.

Inmediatamente se alzaron manos por todos lados. Sonreí sin querer, levantando las cejas.

—Wow… pensé que estaría más difícil elegir. Muy bien… tú, tú, tú… Lily también… y tú y tú.

Los seis se levantaron. Lily prácticamente brincó al pizarrón. Cada uno tomó un ejercicio diferente.

Se quedaron un momento analizando los problemas, murmurando entre ellos. Algunos me miraban entre frustrados y concentrados.

—¿Miss, esto va con suma o con resta? —preguntó uno.

—Con suma primero, luego resta —respondí.

—¿Así? —otro señalaba la parte inferior del ejercicio.

—Sí, eso está bien. Sólo cuida ese número, está volteado.

—¿Volteado? —repitió riéndose.

—Sí —sonreí—, no te preocupes, a todos les pasa cuando están nerviosos.

Detrás de mí, los que no habían pasado al frente se acomodaban en sus pupitres. Algunos hacían los ejercicios en sus cuadernos, otros observaban a los del pizarrón como si estuvieran viendo un espectáculo.

Entonces escuché una vocecita detrás de mí:

—Miss… ¿dónde vive?

Me giré. Era un niño de cabello lacio, mejillas redondas, ojos curiosos.

—¿Yo? —pregunté.

—Sí.

—En un apartamento —respondí con naturalidad—. Pequeñito, pero cómodo.

—¿Tiene mascota? —preguntó otro de inmediato, como si hubieran estado esperando la oportunidad.

Negué con la cabeza.

—No, pero estoy pensando en conseguir un gato. Tal vez. Algún día.

Mientras hablaba, mis ojos regresaron a los del pizarrón. Lily estaba concentrada, la punta de su lengua asomaba apenas mientras escribía. Me hizo gracia verla tan enfocada.

Pero en la fila del medio, una niña me observaba de reojo. Miraba al pizarrón… luego a mí… otra vez al pizarrón… otra vez a mí.

Hasta que por fin levantó la mano.

—Miss… ¿usted es familia de Lily?

Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí. Mi hombro derecho se endureció; apreté la mandíbula. Pero mantuve la sonrisa. No debía reaccionar.

Noté que dos de los niños en el pizarrón dejaron de escribir por un segundo, como si la pregunta también les hubiera dado curiosidad.

—No —respondí con calma—. ¿Por qué lo dices?

La niña se encogió de hombros.

—Se parecen.

Mi corazón dio un golpe extraño. No doloroso… pero sí profundo.

—No tengo familia —dije sin pensarlo demasiado, como quien dice un dato irrelevante—, así que no podría serlo.

Lily giró la cabeza hacia nosotros.

—Yo sólo tengo un hermano mayor —dijo—. Mis papás solo tuvieron dos hijos.

Apreté el marcador en mi mano. Un pensamiento me atravesó como un rayo: Ella no sabe que yo existí.

Si Lily estaba tan segura… entonces sus padres nunca se lo dijeron.

Nunca mencionaron a una bebé antes que ella.

Nunca dijeron que hubo otra hija.

Tal vez para ellos… yo nunca existí.

Y eso significaba dos cosas, ninguna mejor que la otra:

O Helix jamás me robó.

O mis padres me entregaron… o abandonaron… voluntariamente.

Sentí un hueco en el pecho, pero lo sellé rápidamente. No podía permitirme caer en ese agujero ahora.

Aplaudí suavemente.

—Muy bien, basta de preguntas por ahora —dije con ligereza—. Debemos terminar los ejercicios antes de que suene la campana.

Los del pizarrón volvieron a escribir, y las conversaciones se frenaron como si nada hubiera pasado. Yo también retomé mi postura de docente tranquila y paciente.

Pero por dentro… por dentro todo seguía temblando.

More Chapters