Michael.
El teléfono vibró en mi mano antes de que sonara.
Miré la pantalla.
Papá.
Me levanté despacio del sofá y caminé hacia la cocina, no porque no quisiera que Grace y los niños escucharan, sino porque necesitaba aire. Silencio. Un segundo para ordenar lo que fuera a decir.
—¿Sí? —respondí.
—Michael… —la voz de mi padre sonó cansada, rasposa—. Llevamos toda la tarde pegados a las noticias. Horas. Cambiamos de canal y es lo mismo en todos lados.
Me apoyé contra la encimera.
—Lo sé, papá —dije—. Nosotros también. No han hablado de otra cosa desde que pasó.
—Ese hospital… —continuó—. Y ahora lo del doctor O'Connor otra vez. Dicen que esto pudo ser para borrar pruebas, nombres, documentos. Quién sabe qué más.
Cerré los ojos un instante.
—Eso es lo que están diciendo aquí también.
—Tu madre está muy alterada —añadió—. Dice que nada de esto puede ser coincidencia.
Exhalé lento.
—Grace y yo pensamos lo mismo —admití—. Demasiadas cosas juntas. Demasiado ruido alrededor de ese hombre.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, como si mi padre dudara antes de seguir.
—Michael… —dijo finalmente—. ¿Crees que… que Beatriz pudo haber sido una de esas víctimas?
El nombre me atravesó el pecho.
—Sí —respondí sin rodeos—. Es posible.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
—Yo… —continué—. Yo solo espero que ese doctor no haya sido tan desalmado como para intercambiar un bebé muerto por el nuestro. Ojalá… ojalá Beatriz de verdad haya fallecido.
Tragué saliva.
—Porque si no… —mi voz se quebró—. Si no, el dolor sería mucho peor. Saber que estuvo viva en algún lugar y que no estuvimos ahí.
—Michael —dijo mi padre de inmediato, con tono serio—. Ten cuidado con lo que dices. No hables así frente a los niños. Ellos no saben nada de esto.
—Papá —lo interrumpí.
—¿Qué?
—Ya lo saben.
El silencio al otro lado fue absoluto.
—¿Cómo que… ya lo saben? —preguntó finalmente—. ¿Cuándo?
—Hoy —respondí—. Hace un rato. Justo antes de que mamá me llamara para decirme que prendiera la televisión.
—¿Hoy? —repitió, incrédulo—. ¿Se los dijiste hoy?
—Grace y yo —aclaré—. Lo hablamos anoche. Decidimos que ya era hora. Luke tiene dieciocho, Lily doce. No podíamos seguir ocultándolo.
Escuché a mi padre suspirar profundamente.
—Dios mío…
—No fue fácil —dije—. Pero tampoco lo era seguir mintiendo.
—¿Cómo lo tomaron?
Miré hacia la sala. Grace seguía sentada frente al televisor. Lily no se movía. Luke seguía de pie, rígido.
—Como se puede esperar —respondí—. Con miedo. Con preguntas. Con silencio.
—Tu madre… —empezó a decir.
—Lo sé —lo interrumpí—. Lo sé, papá. Sé que va a dolerles a ustedes también. Pero no podíamos esperar más.
Hubo una pausa larga.
—Michael —dijo al fin—. Sea lo que sea que salga a la luz… no están solos. ¿Me oyes?
Apreté el teléfono.
—Sí —respondí—. Te oigo.
—Cuida a tu familia.
—Siempre.
Colgué despacio.
Me quedé unos segundos en la cocina, respirando hondo, antes de volver con ellos.
Volví a la sala justo cuando cambiaban de reportero.
La imagen temblaba un poco, como si incluso la cámara del noticiero estuviera cansada de transmitir lo mismo una y otra vez. El presentador en estudio cedió la palabra y la pantalla mostró a un hombre con casco blanco y chaleco reflectante, el hospital todavía humeando detrás de él.
Subí un poco el volumen.
—Regresamos con información de último momento —dijo el reportero, mirando directamente a la cámara—. Las autoridades han confirmado hace apenas unos minutos que las cámaras de vigilancia del Hospital Saint Miriam fueron alteradas de manera deliberada.
Sentí cómo Grace se tensaba a mi lado.
—Según especialistas en ciberseguridad y personal de investigación —continuó—, la red interna del hospital fue intervenida aproximadamente treinta minutos antes de la explosión.
—¿Treinta minutos…? —murmuró Luke, casi para sí mismo.
—Las imágenes fueron manipuladas no solo antes, sino también durante y después del incidente —añadió el reportero—. Esto ha dificultado enormemente determinar quién o quiénes estuvieron involucrados directamente.
Lily apretó los dedos contra el borde del sillón.
—Algunas cámaras —prosiguió— no muestran ningún registro porque fueron apagadas manualmente, mientras que otras no funcionaban desde antes del atentado, lo que ha levantado serias dudas sobre posibles sabotajes previos.
Grace negó despacio con la cabeza.
—Esto fue planeado… —susurró.
El reportero alzó la mano, como si supiera que lo siguiente iba a sacudir a cualquiera que estuviera escuchando.
—Sin embargo, hay un dato que ha llamado especialmente la atención de los investigadores.
Tragué saliva.
—En el área más cercana al epicentro de la explosión —dijo—, se encontraron rastros que indican que al menos una persona logró salir con vida.
Lily soltó un pequeño jadeo.
—¿Alguien…? —dijo, mirándonos.
—Se hallaron huellas parciales de pisadas y manchas de sangre —explicó el reportero—, aunque estas fueron borradas o contaminadas por el polvo, los escombros y el agua utilizada por los bomberos, lo que ha impedido obtener muestras concluyentes.
—O sea que… —Luke frunció el ceño—. ¿Alguien estaba ahí dentro?
—Las autoridades creen firmemente que hubo al menos un sobreviviente —continuó la voz en la televisión—, pero hasta el momento no se conoce la identidad de esa persona ni su estado actual.
Grace llevó una mano a su boca.
—Dios…
—No se ha confirmado si se trata de un miembro del personal, un civil, o alguien ajeno al hospital —añadió el reportero—. La investigación sigue abierta.
El presentador en estudio retomó la transmisión.
—Todo esto se suma al ya delicado caso del doctor O'Connor —dijo—, cuya confesión sobre el intercambio ilegal de bebés vivos por muertos ha provocado una crisis nacional e internacional.
—Siempre regresan a él —murmuré.
—Fuentes cercanas a la investigación no descartan que el atentado esté relacionado con la eliminación de pruebas o archivos vinculados a esas prácticas —continuó el presentador—. No obstante, recalcan que por ahora se trata solo de una línea de investigación.
—Claro —dije en voz baja—. "Solo una línea".
Luke se pasó una mano por el cabello.
—Entonces… alguien entró, borró todo, hizo explotar el lugar y salió vivo.
Nadie le respondió.
Miré la pantalla, el humo, las luces de emergencia, los bomberos moviéndose como sombras entre ruinas.
Y por primera vez desde que todo empezó, una idea me heló la sangre:
Quien fuera que salió de ahí… sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Mi celular vibró sobre la mesa.
Luego el de Grace.
Y casi al mismo tiempo, el de Luke.
Nos miramos los tres, como si ese pequeño detalle —tres pantallas encendiéndose a la vez— fuera otra mala señal más en una semana que ya tenía demasiadas.
—¿A ti también? —pregunté, levantando el teléfono.
Grace asintió despacio.
—Grupo de padres… —dijo, leyendo el encabezado—. El de la escuela de Lily.
Luke frunció el ceño, mirando su pantalla.
—A mí me llegó algo de la página de la escuela… —levantó la vista—. De la mía.
Lily nos observaba en silencio, sentada en el sillón, con las piernas recogidas contra el pecho.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Desbloqueé el teléfono.
El grupo de padres estaba explotando en mensajes.
—"¿Ya vieron lo de las noticias?"
—"Esto ya se salió de control."
—"¿Alguien sabe si es seguro llevar a los niños el lunes?"
Grace leyó en voz alta el mensaje que acababa de llegar, el que tenía el nombre de la directora al inicio.
—"Buenas noches, estimados padres y madres de familia. Ante los acontecimientos ocurridos esta semana y el incidente de hoy en el Hospital Saint Miriam…"
Hizo una pausa.
—"…la dirección de Willow Creek Secondary School ha tomado la decisión de suspender las clases durante lo que resta de la semana, hasta nuevo aviso, priorizando la seguridad de nuestros alumnos y del personal docente."
Lily abrió los ojos.
—¿Suspendidas…? —repitió—. ¿No voy a ir a la escuela?
Grace levantó la vista y forzó una pequeña sonrisa.
—Eso parece, cariño.
—¿Ni lunes ni martes? —insistió Lily.
—Ni lunes ni martes —confirmé—. Hasta que digan lo contrario.
Luke soltó una risa corta, incrédula.
—En mi escuela pasó lo mismo.
Nos miró y giró el celular para que viéramos la pantalla.
—"Debido a la situación actual y por recomendación de las autoridades, las actividades académicas quedan suspendidas de manera temporal." —leyó—. "Se informará cualquier actualización por los canales oficiales."
—Genial… —murmuró—. Caos nacional y vacaciones forzadas.
—Esto no son vacaciones —dijo Grace de inmediato, con un tono más duro del que pretendía.
Luke levantó las manos.
—Lo sé, lo sé. Solo… —suspiró—. Todo esto es una locura.
Lily jugueteaba con la manga de su suéter.
—Entonces… —dijo despacio—, ¿la miss Alice tampoco va a dar clases?
Grace y yo intercambiamos una mirada rápida.
—No esta semana —respondí—. Nadie va a dar clases.
—Tal vez… —Lily dudó—. Tal vez es mejor así.
—¿Por qué? —preguntó Luke.
Lily se encogió de hombros.
—Todo el mundo está raro. Los adultos. Los maestros. —Nos miró—. Ustedes también.
Grace se acercó y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Es porque están pasando cosas muy grandes, cielo —dijo en voz baja—. Cosas que asustan.
—¿Como lo del hospital? —preguntó Lily.
—Sí —respondí—. Como eso.
Luke miró de nuevo su celular.
—El grupo de mi escuela también está lleno de teorías —dijo—. Que si fue un atentado, que si fue alguien intentando borrar pruebas, que si hay más hospitales involucrados…
—La gente habla demasiado —murmuró Grace.
—Y demasiado rápido —añadí.
La televisión seguía encendida, repitiendo imágenes del hospital desde distintos ángulos.
Sirenas.
Humo.
Luces rojas y azules.
Lily se levantó del sillón y se acercó más a nosotros.
—Entonces… —dijo con cuidado—. ¿Nos vamos a quedar todos en casa?
Grace la abrazó por los hombros.
—Sí.
—Juntos —añadí.
Luke asintió.
—Supongo que sí.
Hubo un silencio extraño después de eso.
No incómodo.
No del todo.
Solo pesado.
Seguí mirando el celular unos segundos más.
Nada nuevo.
—No hay mensajes de la profesora Alice —dijo Grace, rompiendo el silencio—. Nada en el grupo… hasta ahora.
Lily levantó la vista de inmediato.
—Tal vez está viendo las noticias —dijo—. O… no sé, está sola. A lo mejor está asustada y no ha revisado su teléfono.
La miré de perfil mientras hablaba.
—Seguramente está bien —respondí, intentando sonar convencido—. Se ve… fuerte. La miss Alice. Da la impresión de que sabe cuidarse sola.
Lily asintió, aunque su expresión seguía siendo preocupada.
—Sí… —murmuró—. Se ve así.
Seguí mirándola.
No sé por qué, pero mi mente me traicionó.
Por un segundo —solo uno— vi a la profesora Alice en lugar de Lily.
El mismo ángulo.
La misma forma de inclinar ligeramente la cabeza.
La manera atenta de observar, como si midiera el mundo antes de entrar en él.
Recordé cómo había estado de pie aquel martes, al fondo del aula, mirando a los niños entrar después de la reunión de padres.
Silenciosa. Firme. Observando.
Exactamente desde el ángulo desde el que ahora yo miraba a Lily.
Fruncí el ceño.
No.
Sacudí la cabeza, como si ese gesto pudiera expulsar la imagen.
—Papá… —dijo Lily, notando mi silencio—. ¿Qué pasa?
—Nada —respondí rápido—. Solo estoy cansado.
Grace me miró de reojo.
Ella también lo había visto aquel día.
El parecido.
El lunar en el pómulo.
La nariz.
Ese algo difícil de nombrar.
La madre de Abigail lo había dicho.
Abi también.
"Se parecen un poco".
Apreté los labios.
No podía ser.
No sabíamos ni siquiera cómo se veía nuestra hija cuando nació. El recuerdo era borroso, manchado por el shock, por el dolor, por ese cuerpo inmóvil que nos entregaron envuelto en una manta blanca.
Y ahora… ni siquiera sabíamos si ese bebé había sido Beatriz.
O si había sido otro.
Mi celular vibró de nuevo.
Esta vez, varios sonidos casi al mismo tiempo.
—Otra vez el grupo —dijo Grace, mirando la pantalla.
Luke se inclinó hacia adelante.
—¿Ahora qué?
Grace leyó en voz alta.
—Es… es de la profesora Alice.
Lily se incorporó de inmediato.
—¿De verdad?
Grace asintió y empezó a leer, despacio, con cuidado.
—"Buenas noches, estimados padres y madres de familia. Lamento no haberme comunicado antes. Como ya informó la directora Hawthorne, no se impartirán clases esta semana hasta nuevo aviso."
Hizo una pausa.
—"Sin embargo, si a pesar de lo ocurrido el día de hoy están de acuerdo, puedo enviar algunas actividades opcionales para que los alumnos trabajen desde casa y no perder continuidad en el plan de estudios."
Lily sonrió un poco.
—Eso suena a ella.
—"Por supuesto, esto solo será si los padres lo consideran adecuado dadas las circunstancias. Entenderé completamente cualquier decisión."
Grace levantó la vista.
—Es… muy considerada.
—Es raro —dijo Luke—. La mayoría de los maestros solo dirían "nos vemos cuando esto acabe".
—Ella no —respondió Lily—. Ella sí se preocupa.
Tragué saliva.
—Tal vez quiere mantener a los niños ocupados —dije—. Darles algo de normalidad.
—O distraerlos —añadió Grace.
El grupo volvió a llenarse de respuestas.
—"Me parece bien."
—"Mientras no sea obligatorio."
—"Creo que les hará bien."
Grace escribió una respuesta breve.
—"Estamos de acuerdo." —leyó antes de enviarla.
Lily la miró.
—¿De verdad?
Grace asintió.
—Sí. Creo que te ayudará a no pensar tanto.
Lily dudó un segundo.
—¿Y… si la miss Alice está sola? —preguntó—. ¿No sería bueno… no sé, decirle algo bonito?
La miré.
Había una preocupación genuina ahí.
Una que no correspondía del todo a una relación alumna–maestra.
—Es una adulta —dije con suavidad—. Puede cuidarse.
—Lo sé —respondió Lily—. Pero igual.
Grace sonrió apenas.
—A veces los adultos también necesitan saber que no están solos.
Mi celular vibró otra vez.
Un nuevo mensaje de la profesora Alice apareció en el grupo.
—"Gracias por la comprensión. Les enviaré las actividades mañana por la mañana. Cuídense mucho."
Cerré los ojos un instante.
No sabía por qué, pero esa frase —cuídense mucho— me dejó una sensación extraña en el pecho.
Abrí los ojos y miré a Lily.
Luego miré a Grace.
No.
No podía ser.
Y aun así… la duda, silenciosa y peligrosa, acababa de instalarse donde antes solo había certeza.
***
Alice.
Las noticias murmuraban de fondo.
No las estaba viendo realmente, solo estaban ahí, como un zumbido constante: imágenes repetidas del hospital, humo negro, luces rojas y azules, voces graves de reporteros diciendo las mismas frases con distintos tonos.
Yo estaba sentada en el borde de la cama.
O, más bien, intentando no caerme de ella.
La ropa estaba tirada por todo el suelo: la bata del hospital hecha un desastre, empapada de sangre seca y polvo gris; mi camiseta rasgada; las vendas viejas que me quité antes de meterme a la ducha.
Había logrado llegar al apartamento.
Aún no sé cómo.
Recuerdo subir las escaleras agarrándome del barandal, recordarme que no podía desmayarme ahí, abrir la puerta con manos temblorosas y dejarme caer contra la pared del recibidor.
Después… todo fue automático.
Ducha rápida.
Agua ardiendo sobre heridas abiertas.
Morder una toalla para no gritar.
Y ahora…
—Bien —murmuré para mí misma—. Eso no se ve tan mal.
Mentía.
Tenía una herida en el abdomen, no profunda, pero fea. Probablemente metralla o un golpe contra algo que se abrió. El brazo izquierdo estaba vendado de manera torpe, con un corte que sangró más de lo que debería. La mejilla tenía un raspón violáceo y, cuando me toqué la cabeza, sentí el bulto sensible de un golpe.
Genial.
Perfecto.
Me até la venda con cuidado, respirando despacio para no marearme.
Las noticias subieron de volumen sin que me diera cuenta.
—"…las autoridades continúan investigando—"
Apagué la televisión con el control que tenía tirado en la cama.
Silencio.
Agarré el celular.
La pantalla estaba cuarteada, pero funcionaba.
El grupo de la escuela seguía activo.
Padres respondiendo.
Padres agradeciendo.
Padres diciéndose cuídense unos a otros.
Leí mensajes como:
—"Gracias, miss Alice, se agradece su compromiso."
—"Cuídese mucho, con todo lo que está pasando."
—"Cualquier cosa, estamos al pendiente."
Todos habían aceptado las actividades.
Todos.
Exhalé lento.
—Bueno… al menos no me odian —murmuré.
Justo entonces, el celular vibró.
Santiago.
Contesté sin pensarlo.
—¿Sigues viva? —fue lo primero que dijo.
—Técnicamente —respondí—. Emocionalmente, debatible.
Escuché su risa corta, aliviada.
—¿Dónde estás?
—En casa. Sentada. Sangrando. Improvisando medicina de guerra.
—Eso suena… poco profesional.
—Gracias por notarlo.
—Alice —su tono se volvió serio—. ¿Cómo estás de verdad?
Me até el último trozo de venda.
—Apenas consciente —admití—. No me di cuenta de todas las heridas hasta que me quité la ropa. La del abdomen fue la que más sentí, las demás… sorpresa.
—Maldita sea…
—Pero sigo entera —añadí—. Más o menos.
—¿Encontraste algo? —pregunté.
—No. Nada físico. Logré sacar algo de las cámaras antes de que el sistema se volviera un caos total.
Me acomodé mejor en la cama.
—Habla.
—El miércoles hubo movimiento en el área administrativa. Bastante. —tecleó algo al otro lado—. En los últimos tres días, al menos cinco personas entraron a esa sala. Oficina. Habitación. Lo que demonios fuera.
—¿Cinco?
—Mínimo. Tres de ellos llevaban mochilas o maletines.
Cerré los ojos.
—¿Rostros?
—Nada. Ninguno claro. Demasiadas zonas muertas, cámaras apagadas, ángulos alterados.
—Como si alguien hubiera estado limpiando el terreno —murmuré.
—Exacto. Y Alice… —hizo una pausa—. Ya lo viste en las noticias, pero lo confirmo: alguien entró al sistema antes que yo.
Abrí los ojos.
—¿Antes que tú?
—Sí. Yo encontré huellas. No mías. Terceros. O cuartos. O… —suspiró—. Si exageramos, hasta novenos.
—Genial —dije con cero entusiasmo—. Me encanta no ser la persona más peligrosa en la habitación.
—Te volví invisible ante las cámaras —continuó—, pero existe la posibilidad de que quien haya estado antes haya visto lo que hice. O peor, que lo esperara.
—Entonces saben que alguien salió viva —dije.
—Es probable.
—Perfecto —susurré—. Justo lo que necesitaba.
—Ten cuidado, Alice —dijo—. En serio.
—Siempre lo hago.
Hubo un breve silencio.
—Oye… —dije entonces—. Ya que estás investigando cosas.
—No me gusta ese tono.
Sonreí.
—Te tengo una tarea.
—No.
—Sí.
—No.
—Santiago.
Suspiró.
—¿Qué?
—Necesito que investigues algo urgente.
—Alice, acabo de ayudarte a sobrevivir a una explosión.
—Y ahora necesito ayuda educativa.
—…¿Qué?
—Actividades —dije, como si fuera lo más normal del mundo—. Para alumnos de primer año de secundaria.
Silencio.
—¿Me estás diciendo… —empezó— que quieres que...
—Español, inglés, matemáticas, geografía, historia y ciencias naturales —enumeré—. Nivel básico. Nada que los haga llorar. Preferiblemente para mañana en la mañana.
—¿Estás bromeando?
—Ojalá.
—Alice… —se escuchó pasar una mano por la cara—. Hay caos mundial, múltiples infiltraciones, Helix posiblemente moviéndose y tú quieres… ¿planear clases?
—Se suspendieron las clases esta semana —dije—. Y mis alumnos necesitan actividades.
—¿Tus alumnos? —repitió—. ¿Los niños?
—Sí, Santiago. Esos seres pequeños con mochilas.
—Eres increíble.
—Gracias.
—Increíblemente irresponsable.
—También.
Se quedó callado unos segundos.
—¿Cuántos años tienen?
—Doce. Trece.
—¿Y tú estás herida, sangrando y con una posible conmoción?
—Probablemente.
—Ajá…
—Entonces, ¿sí o no?
Suspiró largo.
—Odio que seas Línea A.
—Pero me amas.
—No te emociones.
—Santiago.
—…Está bien —cedió—. Haré un paquete básico. Nada sofisticado. Ejercicios simples. Comprensión lectora. Operaciones básicas. Cosas que no requieran explotar nada.
—Te adoro.
—Ni se te ocurra morir hoy —añadió—. Sería
muy incómodo entregar tareas póstumas.
—Haré lo posible.
Colgamos.
Dejé el celular a mi lado y me recosté con cuidado, mirando el techo.
Dolía.
Todo dolía.
Pero estaba viva.
Y mañana… mañana tenía que mandar tareas.
