Grace.
Estábamos en la sala.
La misma de siempre.
Michael estaba a mi lado, tan recto que parecía una estatua, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Yo podía sentir su rodilla tocando la mía, firme, como si con eso pudiera recordarme que no estaba sola.
Frente a nosotros, Luke y Lily.
Luke recargado en el respaldo de la silla, el ceño fruncido. Lily con las manos sobre sus piernas, balanceando un pie con nerviosismo.
—¿Qué pasa? —preguntó Lily al fin—. ¿Por qué están tan serios?
Abrí la boca… y no salió nada.
Michael fue quien habló primero.
—Es algo importante —dijo con voz baja—. Para los dos.
Luke se enderezó.
—¿Importante cómo?
Lily miró de él a mí.
—¿Hicimos algo?
Negué de inmediato.
—No, cielo —dije—. No hicieron nada. Esto… esto no tiene que ver con algo que ustedes hayan hecho.
Luke cruzó los brazos.
—Entonces digan qué pasa.
Michael respiró hondo, como si se preparara para un golpe.
—Es sobre algo que ustedes no saben —continuó—. Algo que nunca pensamos que podríamos contarles.
El silencio se volvió espeso.
—Ya me están asustando —murmuró Lily.
La miré. Tan pequeña aún. Tan confiada.
—¿Recuerdan las noticias de esta semana? —pregunté al fin—. El doctor… el que habló de los bebés intercambiados.
Luke asintió.
—Sí. El tipo que… —frunció el ceño—. El que se suicidó.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —preguntó Lily.
Michael tomó mi mano.
—Tiene que ver porque… —se detuvo un segundo—. Porque nosotros fuimos atendidos por ese doctor. Hace muchos años.
Luke parpadeó.
—¿Y?
—Porque ese doctor hizo cosas terribles —continué yo—. Y porque algunas familias… —tragué saliva—. Algunas familias fueron víctimas directas de lo que él hizo.
Luke se inclinó hacia adelante.
—¿Están diciendo que…?
Lily abrió los ojos, de pronto inquieta.
—¿Que nosotros…? —su voz tembló—. ¿Que Luke y yo no somos sus hijos?
—No —dije de inmediato, casi alzando la voz—. No. Lily, no. Eso no es verdad.
Ella me miró, confundida, a punto de llorar.
—Ustedes dos son nuestros hijos —afirmó Michael con firmeza—. Biológicos. Las pruebas lo confirmaron. Eso no está en duda.
Luke exhaló despacio.
—Entonces ¿qué?
Miré el piso un segundo. Luego volví a levantar la vista.
—Antes de ustedes —dije—… antes de Luke y antes de ti, Lily… tu papá y yo tuvimos otro bebé.
El aire se detuvo.
Luke parpadeó.
—¿Otro…?
Lily frunció el ceño.
—¿Cómo que otro?
Mi voz salió temblorosa.
—Una niña.
El silencio fue absoluto.
—¿Una… hermana? —susurró Lily.
Asentí.
—Mayor.
Luke negó lentamente con la cabeza.
—Eso… eso no tiene sentido. ¿Por qué nunca dijeron nada?
Michael habló esta vez.
—Porque nos dijeron que murió.
Lily se llevó una mano al pecho.
—¿Murió?
—Minutos después de nacer —continué—. Nos dijeron que tenía un problema en el corazón. Que no lo detectaron a tiempo. Que… no sobrevivió.
Mis ojos ardieron.
—La llamamos Beatriz.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Lily abrió la boca, pero no pudo hablar.
Luke apretó los labios.
—¿Y… el doctor? —preguntó él con dificultad.
—Ese mismo doctor —dijo Michael— fue quien la recibió. Quien se la llevó para "hacerle pruebas". Quien regresó… —su voz se quebró— …diciendo que había muerto.
Lily negó con la cabeza, despacio, como si el mundo acabara de cambiar de forma.
—Entonces… —susurró—. ¿Ella…?
No pude seguir sosteniendo su mirada.
—No lo sabemos —admití—. Durante veinticinco años creímos que sí. Que había muerto. Que la habíamos perdido.
Michael apretó más fuerte mi mano.
—Pero ahora —continuó—, con lo que salió a la luz… existe la posibilidad de que no sea así.
Luke se quedó en silencio largo rato.
—¿Existe la posibilidad —dijo al fin— de que nuestra hermana… siga viva?
Asentí, y una lágrima cayó sin que pudiera detenerla.
—Sí.
Lily se levantó de golpe.
—¿Y nunca nos dijeron? —preguntó con la voz rota—. ¿Nunca existió para nosotros?
Me puse de pie también, acercándome a ella.
—Existió todos los días —dije—. En cada pensamiento. En cada miedo. En cada silencio. Pero no supimos cómo cargar con ese dolor… y al mismo tiempo criarlos a ustedes.
Luke se pasó una mano por el cabello.
—Esto es… —se quedó sin palabras.
Lily me miró, los ojos llenos de algo que no supe nombrar.
—¿Beatriz…? —repitió en voz baja.
Asentí.
—Así se llamaba.
Y por primera vez en veinticinco años, dije su nombre en voz alta frente a mis hijos.
Lily fue la primera en volver a hablar.
Su voz salió más baja, como si todavía estuviera acomodando las piezas dentro de su cabeza.
—Entonces… —dijo despacio— cuando llegué de la escuela ese primer día… cuando les conté que la miss dijo que, si pudiera elegir, le habría gustado llamarse Beatriz…
Sentí cómo Michael se tensó a mi lado.
Lily nos miró a los dos.
—¿Fue por eso que reaccionaron raro?
No contesté de inmediato. Michael tampoco.
—Sí —respondí al final—. Fue por eso.
Luke frunció el ceño.
—Yo ni siquiera me di cuenta —dijo—. Pensé que solo era un nombre.
—Y lo es —respondí enseguida—. Hay muchas Beatriz en el mundo, cariño. No es un nombre extraño ni único. Cualquiera puede llamarse así.
Lily asintió lentamente.
—Eso pensé —dijo—. Por eso no le di importancia. Pero… —dudó— ustedes sí lo hicieron.
Michael suspiró.
—Porque hacía muchos años que no escuchábamos ese nombre en voz alta —admitió—. No de esa forma.
Miré a Lily.
—Habíamos aprendido a… no tocar ese recuerdo —dije—. No porque no doliera, sino porque dolía demasiado.
Lily bajó la mirada.
—Entonces… cuando pasó lo del doctor… —murmuró.
—Todo volvió —dije—. Como si nunca se hubiera ido.
Luke se movió incómodo en la silla.
—Ok, esperen —intervino—. Siguen hablando de una profesora y yo no entiendo nada. ¿Quién es Alice?
Lily lo miró.
—Mi maestra —respondió—. La miss Alice. Es la que nos da clases ahora.
Luke alzó las cejas.
—¿La sustituta?
—Sí —asentí—. La conocimos el martes, en la reunión de padres.
Luke me miró con atención.
—¿Y…?
Lily dudó un segundo, como si no supiera si debía decirlo.
—Abi —continuó—, una compañera… dijo que la miss y yo nos parecíamos.
Luke soltó una risa corta, nerviosa.
—Eso dicen siempre. La gente ve parecidos en todos lados.
—Eso mismo dijo la miss —agregó Lily—. Que tenía un rostro común.
Tragué saliva.
—Y Abi no fue la única —añadió Lily—. Su mamá también lo dijo. Que la miss se parecía un poco a mamá.
El aire se volvió pesado.
Luke dejó de sonreír.
—¿Qué?
Michael cerró los ojos un segundo.
—Nosotros también lo notamos —admitió—. Ese día.
Luke nos miró a los dos, incrédulo.
—¿Y no dijeron nada?
—Porque sabíamos que nuestra hija había muerto —respondí con firmeza—. No había razón para pensar otra cosa.
—Hasta ahora —susurró Lily.
Asentí.
—Hasta ahora.
Luke se levantó de la silla y comenzó a caminar de un lado a otro.
—¿Están diciendo… —se detuvo— que creen que esa profesora podría ser…?
—No —lo interrumpí—. No estamos diciendo eso.
Michael me miró, entendiendo.
—Estamos diciendo —continuó él— que, con lo que se descubrió del doctor O'Connor… hay cosas que ya no podemos descartar tan fácilmente.
Lily apretó las manos.
—Pero ella dijo que es huérfana —insistió—. Que creció en el extranjero.
—Y puede ser verdad —dije—. O puede ser lo que ella cree que es verdad.
Luke negó con la cabeza.
—Esto suena a una locura.
—Lo sé —respondí—. Por eso no queremos sacar conclusiones. No queremos… —mi voz se quebró— crear una esperanza que no sabemos si es real.
Lily levantó la vista.
—¿Y si lo es?
Nadie contestó.
Michael fue el primero en respirar hondo.
—Si lo es —dijo—, entonces tendremos que decidir qué hacer. Pero no ahora. No sin pruebas. No sin cuidado.
Luke se pasó una mano por la cara.
—Yo nunca… —se quedó callado—. Nunca pensé que tuviera otra hermana.
Lily lo miró.
—Yo tampoco.
Me acerqué a ambos.
—Lo único que sabemos con certeza —dije— es que Beatriz existió. Que fue nuestra hija. Y que alguien nos la quitó.
El silencio volvió a envolver la sala.
Lily habló al final, muy bajito.
—La miss Alice… —dijo— es buena persona. Se nota.
Michael y yo nos miramos.
Algo, muy pequeño pero muy real, se había encendido dentro de nosotros.
Los celulares sonaron casi al mismo tiempo.
Tres vibraciones distintas, tres sonidos superpuestos.
Lily fue la única que no reaccionó; no tenía teléfono. Solo levantó la vista, sobresaltada, mirando cómo los demás revisaban sus pantallas.
—Es Elías —dijo Luke, frunciendo el ceño mientras leía—. Me está escribiendo raro.
Michael miró su celular.
—Mi madre —murmuró—. Varias llamadas perdidas.
Yo sentí un nudo en el estómago al ver el nombre en la pantalla.
—Es mi papá —dije—. Mensajes… muchos.
Michael alzó la mirada.
—¿Qué está pasando?
Luke fue el primero en hablar.
—Elías dice que prenda la tele.
No lo dudamos. Michael tomó el control y encendió el televisor. La pantalla tardó unos segundos en iluminarse. Cambió de canal una vez, dos… hasta que la imagen se detuvo.
Noticias.
Sirenas. Humo. Luces rojas y azules parpadeando.
Lily se levantó un poco de la silla, apoyándose en la mesa.
—¿Qué es eso…?
La reportera apareció en pantalla, con el cabello ligeramente desordenado, el rostro serio, el ruido de fondo casi ensordecedor.
—Interrumpimos la programación habitual para informar sobre una noticia de última hora —decía—. Hace apenas unos minutos, el Hospital Saint Miriam ha sufrido un atentado.
Michael se enderezó de golpe.
—¿Saint Miriam…? —susurró.
La cámara cambió de toma: camillas improvisadas afuera del edificio, personal médico corriendo, bomberos desplegando mangueras.
—Según información preliminar —continuó la reportera—, una explosión se registró en el ala norte del hospital, causando daños estructurales severos.
—¿Explosión? —repitió Luke—. ¿Cómo que explosión?
Lily se llevó una mano al pecho.
—¿Un atentado? —preguntó—. ¿Eso significa…?
—Todavía no se ha confirmado la causa exacta —aclaró la reportera—. Las autoridades no descartan ninguna línea de investigación.
La imagen mostró a un bombero siendo entrevistado brevemente.
—El fuego ya está siendo controlado —decía el hombre—, pero hay múltiples heridos. Algunos en estado grave.
—Dios mío… —murmuré.
Michael apretó los labios.
La reportera retomó la palabra.
—Testigos aseguran haber escuchado una fuerte detonación seguida de una falla eléctrica generalizada en varias áreas del hospital.
—¿Cuántos heridos hay? —preguntó Lily, casi en un susurro.
Como si la televisión le respondiera, la reportera continuó:
—Hasta el momento se reportan al menos diecisiete personas lesionadas, entre personal médico y civiles. No se ha confirmado ninguna víctima fatal, pero las labores de rescate continúan.
Luke dejó escapar el aire.
—Esto es una locura.
La cámara enfocó una zona acordonada. Policías hablando por radio. Un grupo de personas llorando a un lado.
—Las autoridades han pedido a la población mantenerse alejada del área —añadió la reportera— y evitar la difusión de rumores mientras se esclarecen los hechos.
Michael miró su celular otra vez; seguía vibrando.
—Por eso están llamando todos —dijo—. La gente está asustada.
—¿Fue hoy? —preguntó Lily—. ¿Hace cuánto pasó?
—Hace menos de media hora —respondió la reportera en pantalla—. Esta es una noticia en desarrollo.
El silencio se instaló en la sala.
Solo el sonido de las sirenas saliendo del televisor.
Luke tragó saliva.
—Nunca había visto algo así aquí.
Lily se acercó más a nosotros.
—¿Va a estar bien la gente?
Michael le puso una mano en el hombro.
—Eso esperamos, cariño.
La reportera cerró el segmento momentáneamente.
—Seguiremos informando conforme tengamos más datos oficiales.
La imagen volvió al estudio, pero nadie apagó la televisión.
Nos quedamos ahí, de pie o sentados, mirando una pantalla que ya no parecía lejana.
Algo había cambiado en el aire.
Y ninguno de nosotros sabía aún cuánto.
***
Alice.
El ruido volvió de golpe.
Sirenas. Gritos. Metal crujiendo. El chasquido irregular del fuego devorando algo que no debía arder.
Todo sonaba lejos… y al mismo tiempo dentro de mi cabeza.
El calor fue lo primero que entendí. No como una quemadura directa, sino como una presión espesa, sofocante. Luego vino el dolor. Tardío. Brutal. Como si alguien hubiera decidido recordarle a mi cuerpo que seguía vivo.
Intenté moverme.
No pude.
Mis oídos zumbaban. Un pitido constante, agudo, que anulaba cualquier pensamiento coherente.
¿Qué… pasó?
Lo último que recordaba era el pasillo administrativo. La puerta. La oficina al fondo. Los tres hombres entrando con la mochila. Apenas segundos después...
La explosión.
—Joder… —intenté decir, pero solo salió aire.
Parpadeé varias veces. La visión iba y venía. Luces intermitentes. Polvo suspendido en el aire, brillando con los destellos rojos de emergencia.
Forcé mis brazos. El dolor me atravesó el torso como una descarga.
—Ah… —esta vez sí salió sonido.
Respiré. Una. Dos veces. El entrenamiento no se fue, ni siquiera ahora.
Lento. Controlado.
Me llevé una mano al abdomen. Estaba caliente. Demasiado. La retiré y la vi temblar, manchada de sangre.
No era una herida abierta grande. Más bien… impacto. Golpe. Algo me había lanzado contra la pared.
La pared.
Me aferré a ella y, con un gruñido que no reconocí como mío, logré incorporarme.
Las piernas me respondieron tarde, pero respondieron.
—Vamos… —me dije—. No te mueras aquí.
Avancé pegada al muro, usando cada metro como apoyo. El pasillo ya no existía como tal: fragmentos de techo colgaban, cables chisporroteaban, el suelo estaba cuarteado.
Y al fondo…
El centro de la explosión.
Un agujero enorme donde antes había oficinas. Varios metros del hospital simplemente… ausentes. El exterior se asomaba como una herida abierta en el edificio.
—Malditos lunáticos… —murmuré.
¿Quién carajos pone una bomba en un hospital?
Helix.
¿O alguien más?
No lo sabía. Y ahora mismo no importaba.
Tenía que salir.
Metí la mano temblorosa en el bolsillo de la bata y saqué el celular. La pantalla estaba rota, una grieta en forma de telaraña, pero seguía encendido.
Marqué.
—Contesta… —susurré.
—Alice —la voz de Santiago entró de golpe, rápida—. Te veo. Te vi. Dios, te vi. Es un milagro que sigas viva.
—No dramatices… —dije, aunque me faltaba aire—. ¿Qué pasó?
—La explosión fue interna. Cámaras ciegas en el ala norte. Te perdí dos segundos y luego... —tragó saliva—. Luego todo se volvió blanco.
Miré alrededor. Bomberos entrando por una zona colapsada. Chorros de agua. Policías gritando órdenes.
—Los veo —dije—. Están por todas partes.
—Tienes que salir ya. Policía, bomberos… esto se va a cerrar.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos minutos. Quizá menos.
—Bien.
Escuché pasos apresurados no muy lejos. Voces. Órdenes.
—Santiago —dije mientras comenzaba a moverme—, guíame. No puedo cruzar zonas abiertas.
—Te llevo por pasillos secundarios. Algunas cámaras están muertas por la explosión. Vamos a usar eso.
Avancé.
Cada paso dejaba un rastro. La mano con la que me sostenía contra la pared iba manchando de rojo el concreto. Pasé la bata por la superficie para borrar lo más evidente, aunque sabía que era inútil.
—Gira a la derecha —dijo Santiago—. Escalera de servicio.
—Negativo —respondí al ver el humo—. Está bloqueada.
—Entonces sigue recto. Puerta verde. Te la abro.
La puerta cedió con un pitido. Entré a otro pasillo, más estrecho, sin ventanas.
El zumbido en mis oídos volvió a intensificarse.
—No te desmayes —me dije—. Después. No ahora.
—Alice —la voz de Santiago bajó—. ¿Estás sangrando mucho?
—Lo suficiente para molestarme.
—Necesitas atención médica.
Solté una risa seca.
—¿En serio? Estamos en un hospital.
—No puedes ir a urgencias —respondió de inmediato—. Hay cámaras. Registros. Rostros.
—Lo sé.
Me detuve un segundo, apoyando la frente contra la pared fría.
—Llévame a un almacén —dije—. O a un cuarto de suministros. Algo con vendas. Suero. Lo básico.
—Evitaré zonas sin cámaras activas —respondió—. Usaremos el caos. Nadie está revisando nada ahora.
Reanudé la marcha.
—Mañana tengo que dar clases… —murmuré sin pensar.
—Alice…
—Solo espero —continué— que la directora cancele las clases. Por favor. Solo eso.
Santiago no respondió de inmediato.
—Gira a la izquierda —dijo al fin—. Estás cerca.
Las sirenas parecían más fuertes ahora. Más cerca.
Sentí otro espasmo de dolor en el abdomen. Apreté los dientes.
—No ahora —susurré—. No ahora.
Una puerta metálica apareció frente a mí.
—Ahí —dijo Santiago—. Almacén de suministros médicos. Cámaras fuera. Tienes… poco tiempo.
Entré y cerré tras de mí.
El silencio fue abrupto.
Me dejé caer contra una mesa, respirando con dificultad, mientras el mundo seguía ardiendo al otro lado de la pared.
Seguía viva.
Por ahora.
****
Grace.
La televisión seguía encendida.
No recuerdo quién subió el volumen. Tal vez fui yo. Tal vez Michael. Tal vez nadie quiso hacerse responsable de escuchar mejor algo que ya era demasiado claro.
Habían pasado, ¿qué?, ¿veinte minutos? Quizá más. El tiempo se volvió espeso, como si la casa entera estuviera contenida en ese rectángulo luminoso frente a nosotros.
—…repetimos la información para quienes recién se unen a la transmisión —decía una reportera, con el casco ligeramente torcido y el rostro iluminado por las luces de emergencia—. Hace aproximadamente una hora, una explosión sacudió el ala norte del Hospital Saint Miriam. El incendio continúa activo, aunque los bomberos aseguran que el fuego está bajo control en un setenta por ciento.
La imagen cambió.
Otro canal. Otro ángulo.
Un reportero con el saco manchado de hollín hablaba casi a gritos para imponerse al ruido.
—Detrás de mí pueden ver aún a los equipos de emergencia trabajando sin descanso. Autoridades del hospital confirmaron que todos los pacientes han sido evacuados y trasladados a centros médicos cercanos. No se reportan víctimas fatales hasta el momento, aunque sí varios heridos, principalmente personal administrativo y de mantenimiento.
Sentí cómo Michael exhalaba despacio a mi lado.
—Gracias a Dios… —murmuró.
Lily seguía sentada frente a la mesa, con los brazos cruzados sobre la tarea olvidada. Luke estaba de pie, cerca del sofá, mirando la pantalla sin parpadear.
—Mamá… —dijo Lily en voz baja—. ¿Ese es el hospital donde…?
—Sí —respondí antes de que terminara—. Es ese.
La reportera volvió a aparecer en pantalla, ahora con un gesto más grave.
—Las autoridades no han confirmado aún la causa exacta de la explosión. Sin embargo, fuentes cercanas a la investigación señalan que no se descarta ninguna línea, incluyendo un posible vínculo con el caso del doctor O'Connor, cuya confesión póstuma ha desatado una serie de investigaciones a nivel nacional.
El nombre cayó como un peso muerto en la sala.
Michael apretó la mandíbula.
—Otra vez… —dijo.
—Según información preliminar —continuó la reportera—, el área afectada corresponde a oficinas administrativas del hospital.
La transmisión cambió de nuevo. Esta vez era una mesa de análisis. Tres personas sentadas, micrófonos al frente.
—Lo que estamos viendo —decía un hombre de cabello canoso— es una consecuencia directa del escándalo. La confesión del doctor O'Connor abrió una caja de Pandora. No hablamos de un caso aislado. Hablamos de posibles redes, de encubrimientos, de documentos que alguien podría querer destruir.
—Exactamente —intervino una mujer a su lado—. Y no olvidemos que O'Connor trabajó durante décadas en Saint Miriam. Si había registros, si había nombres, si había pruebas físicas… este hospital era el lugar donde estaban.
—¿Está sugiriendo que la explosión fue intencional? —preguntó el conductor.
—Digo que es una posibilidad que debe investigarse seriamente.
—Pero aún no hay confirmación oficial —añadió el tercer analista—. Las autoridades han sido claras en que no se puede afirmar que esto esté relacionado directamente con el intercambio ilegal de bebés, aunque el contexto hace inevitable la asociación.
Sentí un nudo en el estómago.
Lily se removió en su asiento.
—Es horrible… —dijo—. Todo eso de los bebés.
—Sí —respondí, pasando una mano por su cabello—. Lo es.
La televisión volvió a mostrar imágenes del hospital: ventanas rotas, humo saliendo por varios puntos, bomberos entrando y saliendo.
—Reiteramos —dijo otra reportera— que no hay confirmación de fallecidos. Los pacientes fueron evacuados a tiempo gracias a los protocolos de emergencia. Aun así, el impacto emocional en las familias y en el personal médico es enorme.
Michael tomó mi mano. La suya estaba fría.
En la pantalla, el fuego seguía ardiendo.
Y con él, verdades que habían estado enterradas durante veinticinco años.
