Lily Carter.
Fui la segunda en terminar mi ejercicio. El primero fue Mateo, claro… ese niño siempre parece tener un motor en la cabeza. Yo terminé justo después, y cuando la miss Alice asintió con esa mirada que decía "sí, está bien hecho", dejé el marcador y me fui a mi lugar con una sensación de orgullo cálido.
Los otros cuatro todavía estaban allá arriba. A unos se les veía la frustración en la cara; otros se reían nerviosos mientras borraban con la mano lo que acababan de escribir. Cada que alguno dudaba, volteaban hacia la miss Alice.
—Miss, ¿así va?
—No, ese número está al revés.
—¿Y este?
—Eso sí está correcto, continúa.
Era raro… no como las maestras que había tenido en preescolar, que siempre parecían apuradas o molestas cuando nos equivocábamos. Ella no. La miss Alice corregía con calma, con una voz suave pero firme. Ni una pizca de enojo.
Me acomodé en mi pupitre, y justo cuando saqué mi lápiz para repasar el ejercicio, sentí que alguien se inclinaba hacia mí. Era Abi, pegándose un poco a mi mesa como si quisiera contarme un secreto.
—Oye, Lily —susurró—… ¿en serio la miss Alice no es tu familia?
Me quedé mirándola unos segundos, medio confundida.
—No —dije, frunciendo el ceño un poco—. Nunca la había visto. Ni en fotos ni en nada.
Abi ladeó la cabeza, como si intentara descifrar algo invisible.
—Pero se parecen… un poco.
Me encogí de hombros.
—Tengo un hermano mayor. Y ya. Mis papás siempre han dicho que solo somos dos. Y… pues… mi familia es enorme, la verdad. Tíos, primos, abuelos, bisabuelos… un montón. Así que no sé con certeza si tengo una tía lejana o algo así, pero… nunca he escuchado de ella, ni siquiera de alguien parecido. Así que no, no creo que sea nada nuestra.
Abi me miró fijamente, luego suspiró como si hubiera decidido rendirse.
—Está bien, te creo.
Asentí, y volví la vista hacia el frente.
La miss Alice estaba sentada en su escritorio. Tenía el codo apoyado sobre la superficie y su mejilla descansaba un poco en su mano. No estaba distraída, pero tampoco solo observaba por observar. Parecía… estudiarlos. A todos. A veces al niño que borraba frenéticamente, otras al que escribía despacio, luego al pizarrón.
Y por un segundo, se quedó mirándome a mí.
No fue una mirada rara. Fue… intensa, como si estuviera tratando de recordar algo que se le había olvidado hace mucho. Me quedé quieta sin saber por qué, pero no me incomodó. Era como si quisiera asegurarse de que entendía, o de que estaba bien.
Pero cuando parpadeé, ella ya estaba mirando otra vez a los del frente, guiándolos con la mano, señalando una operación mal puesta.
No sé por qué me quedé observándola unos segundos más.
Ella parecía tranquila… pero había algo en su mirada, algo que no terminaba de descifrar. Como si, debajo de todo, hubiera un pensamiento que no quería mostrar.
O tal vez yo estaba imaginando cosas. No sé.
Abrí mi cuaderno y comencé a copiar de nuevo el ejercicio para practicar, mientras los otros cuatro seguían batallando en el pizarrón y la miss Alice los corregía con una paciencia que solo he visto en gente que realmente quiere estar aquí.
**
Los cuatro compañeros que quedaban en el pizarrón empezaron a terminar casi al mismo tiempo. Primero Miguel, que soltó un suspiro tan fuerte que varios se rieron; luego Sofía, que sonrió orgullosa cuando la miss le dijo "excelente". Después quedaron los dos más lentos, Esteban y Nora, que iban tachando cosas cada dos minutos.
—No corran —les dijo la miss Alice, levantándose de su silla—. Prefiero que lo hagan despacio a que copien.
Esteban tragó saliva y volvió a escribir.
Cuando al fin terminaron, la miss se acercó al pizarrón y revisó todo. Señaló aquí y allá, movió la mano con suavidad.
—Muy bien. Cuatro de seis están perfectos. Los otros dos… casi. Solo corrijan esto —y marcó las partes equivocadas con una equis suave, hecha con una letra tan bonita que daban ganas de copiarla.
Todos se apresuraron a arreglarlo. Yo pensé que iba a regañarlos, o mínimo a suspirar cansada… pero no. Ella solo les dijo:
—Lo importante es que se esforzaron. Bien hecho.
Cuando escuché eso, noté que varios de mis compañeros sonrieron sin darse cuenta.
Los cuatro regresaron a sus lugares, cada uno con una mezcla de cansancio y orgullo. La miss Alice, en cambio, tomó su marcador, lo colocó de nuevo en la repisa y dio unos golpecitos suaves al pizarrón para llamar la atención.
—Bien, chicos… —miró alrededor—. ¿Todos copiaron los ejercicios correctamente?
Algunos asentaron rápido, otros levantaron sus cuadernos como si ella pudiera verlos desde su lugar. A veces me pregunto si los adultos saben que hacemos eso instintivamente.
La miss caminó por el pasillo entre los pupitres, mirando por encima de los hombros. Cuando pasó junto a mí, pude sentir la calma que llevaba encima, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera ponerla nerviosa. Aunque… al verla más de cerca, noté algo extraño en sus ojos. No miedo, más bien… cansancio. Como alguien que ha dormido poco.
O que ha pensado demasiado.
Después de revisar los cuadernos, volvió al frente.
—Muy bien —dijo, juntando las manos con un aplauso suave—. Me alegra que hayan entendido. Esto será importante para las próximas semanas.
Desde atrás, Mateo levantó la mano.
—Miss… ¿y si no entendí tanto? O sea… lo hice… pero siento que lo hice por suerte.
Ella ladeó la cabeza, sonriéndole.
—¿Y cómo sabes que fue suerte?
—Pues… porque solo seguí lo que usted dijo.
—Entonces no fue suerte. Fue poner atención. Si quieres, mañana hacemos un repaso.
Mateo bajó la mano, sonriendo pequeño. Me pareció tierno.
De pronto, desde un pupitre cercano, Abi volvió a inclinarse hacia mí.
—Te juro que la miss parece una heroína de película —susurró.
—¿Por qué? —pregunté.
—No sé… habla raro. Como si fuera muy… ¿formal?
La verdad es que sí. La miss decía "ustedes" y "será importante" como si estuviera enseñándole a un grupo de adultos. Pero también hablaba despacito, para que entendiéramos.
—Es nueva —le respondí a Abi—. A lo mejor está nerviosa.
Abi abrió la boca, como si fuera a decir algo más, pero en ese momento la miss dio dos palmadas.
—Muy bien, chicos. Vamos a continuar.
Todos enderezaron la espalda, incluso yo. Era raro. No sé si era porque era nuestro primer día o porque ella tenía algo… no sé cómo decirlo… algo que hacía que quisiéramos poner atención.
La miss Alice respiró hondo. Por un segundo, su mirada pasó por todas las filas. Se detuvo apenas medio segundo más en mí —o eso creí— y luego sonrió.
—Vamos a hacer un último ejercicio antes de cambiar de tema. Prometo que éste será más corto.
Hubo risitas. Incluso yo sonreí.
Ella escribió un par de números en el pizarrón. Se veía segura ahora, mucho más que en la mañana. Y algo dentro de mí me dijo que… no sé. Que quería gustarle. No como los adultos que uno quiere impresionar porque sí, sino… de otra forma.
Como si quisiera que se sintiera orgullosa.
***
La clase se alargó otras dos horas. Entre ejercicios fáciles, algunos comentarios chistosos y unas cuantas quejas de que ya les dolía la mano de tanto escribir, el ambiente se volvió más relajado. Incluso yo sentí que la miss Alice ya no estaba tan rígida como en la mañana.
Cuando terminamos el último ejercicio, ella dejó el marcador en su lugar y aplaudió suave.
—Muy bien, chicos. Pueden guardar todo por hoy.
Varios levantaron la vista como si no creyeran lo que oían. Otros empezaron a meter las cosas al instante, como si temieran que cambiara de opinión.
Hugh levantó la mano, medio incrédulo.
—Miss… falta media hora todavía —dijo.
Ella sonrió.
—Lo sé. Y no voy a dejar tarea esta semana. Es su primera semana, así que usarán estos minutos para hablar entre ustedes y conocerse mejor. Pero… —alzando una ceja— sin gritar.
Hubo risitas por todo el salón.
Miguel levantó la voz desde atrás:
—¿Se puede hablar normal o bajito?
—Normal —respondió la miss—. Solo no quiero que los de tercero piensen que estamos matando a alguien.
Risas otra vez.
Varios alumnos empezaron a mover sus bancas, otros se juntaron en grupos, algunos permanecieron en sus lugares. Yo me quedé sentada, sacando mi botella de agua. Abi se giró hacia mí para decir algo, pero entonces Mateo habló en voz alta:
—Miss… ¿podemos hacerle preguntas?
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Preguntas? ¿De clase?
—No… de usted —dijo Mateo, sin vergüenza alguna.
La miss soltó una risa pequeña, como si no supiera si eso era bueno o malo.
—Supongo que mientras no sean demasiado personales… está bien.
Todos se giraron hacia ella de inmediato. La pobre se quedó quieta, como si no esperara ser rodeada por veintitantos niños hambrientos de chisme.
Esteban levantó la mano:
—Miss, ¿cuántos años tiene otra vez?
—Veinticinco —respondió.
—¿Y ya es maestra? —preguntó Sofía.
—Sí. Terminé mis estudios hace tiempo, pero esta es mi primera vez enseñando oficialmente.
Nora inclinó la cabeza.
—Entonces… ¿usted es como… nueva-nueva?
—Nueva-nueva —repitió la miss, sonriendo.
—¿Tiene mascotas? —preguntó Abi desde mi lado.
—Como dije antes, por ahora no. Tal vez consiga un gato.
—¿Y novio? —soltó Miguel, directo, sin anestesia.
Casi todos se empezaron a reír. Incluso yo.
La miss abrió los ojos un poco más. Parpadeó. Y luego soltó una risa nerviosa.
—¿Por qué esa pregunta?
—Curiosidad —dijo Miguel con cara inocente.
Ella miró hacia la ventana antes de contestar. Bajó un poco los hombros. Su voz se suavizó.
—No… no tengo novio.
Hubo un coro de "oooooh" que parecía de burla pero también de expectativa.
—¿Y tuvo uno? —insistió otra voz que no identifiqué.
Ella dudó.
Yo vi cómo sus dedos se entrelazaban un momento, como si estuviera recordando algo que no sabía si debía decir.
—Hubo alguien —confesó—. Hace unos años.
El salón se silenció un poco. Podía sentirlo. Hasta los que estaban jugando con lápices dejaron de hacerlo.
—¿Eran novios? —preguntó Sofía.
—No exactamente —respondió ella—. Solo… era alguien a quien quería mucho. En aquel tiempo tenía sentimientos que no comprendía bien. Y la verdad… todavía no entiendo del todo lo que sentía por él.
Abi apoyó la barbilla en su mano.
—¿Pero lo quería?
La miss asintió suavemente.
—Sí. Mucho.
Hubo un murmullo bajito por todo el salón. Yo seguía mirándola sin poder evitar sentir algo raro en el pecho… como si sus palabras me hubieran jalado por dentro.
Entonces Miguel, porque claro, tenía que ser él, preguntó:
—¿Y qué pasó con él?
La miss se quedó mirando la ventana unos segundos, como si allá afuera estuviera la respuesta.
—Nos separamos —dijo al fin—. Y… nunca más volví a saber de él.
Nadie dijo nada por un instante.
Su voz no sonaba triste, pero sí cansada. Como si esa historia estuviera muy lejos… pero también demasiado cerca.
—¿Le gustaría volver a verlo? —preguntó Mateo, bajito.
La miss soltó un suspiro suave.
—Sí —admitió—. Muchas veces sueño con él. Con… lo que pasó antes de separarnos.
Yo vi cómo apretaba la tela de su falda. Fue un gesto pequeño, casi invisible.
—Y si lo tuviera frente a usted ahora mismo… —continuó Mateo— ¿qué le diría?
Ella levantó la cabeza, sorprendida. Después rió por lo bajo, negando con la cabeza.
—Lo primero que haría sería darle un golpe fuerte por haberse ido tanto tiempo… y por no haberme buscado.
Las risas explotaron por todo el salón, pero yo… yo no pude reírme. Había algo en su mirada cuando dijo eso. Algo muy, muy triste.
Entonces Esteban levantó la mano.
—Miss… ¿y usted lo buscó a él?
Silencio.
Ella no contestó de inmediato.
Hubo un instante en el que su mirada se perdió. Como si se hundiera en un recuerdo que no quería tocar.
—Lo hice. Pero me rendí.
La miss Alice dejó caer esa última frase "pero me rendí" y el salón quedó en silencio unos segundos, como si todos estuviéramos procesando el peso de sus palabras. Yo seguía mirándola. No se veía triste exactamente… pero sí parecía que había algo dentro de ella que no quería recordar.
Sin pensarlo mucho, levanté la mano.
—Miss… —dije despacio— ¿lo recuerda? ¿A él?
Ella alzó la mirada hacia mí. Sus ojos se ablandaron, pero también parecían medir cada palabra antes de decirla.
—Sí —respondió con un suspiro apenas audible—. Lo recuerdo.
No sé por qué, pero eso me hizo sentir… rara. Como si me doliera un poquito el pecho.
—¿Y qué recuerda de él? —pregunté antes de pensarlo dos veces.
La miss miró el pupitre por un momento, como si estuviera ordenando recuerdos. O inventando alguno. Nunca podría saberlo.
—Era fuerte —dijo finalmente—. Muy fuerte. Valiente también. Terco algunas veces. Callado la mayoría del tiempo. Conmigo era… —sonrió apenas— suave, por así decirlo. Con otros… no tanto.
Todos la escuchábamos sin interrumpir. Hasta Miguel estaba callado. Era raro verlo así.
—Entonces… —intervino Mateo desde el fondo— ¿qué pasó? ¿Por qué se separaron?
Ella entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Yo fui adoptada primero —explicó—. Por una mujer que… bueno, quería llevarme lejos del orfanato. Él no tuvo la misma suerte. Lo adoptaron… tiempo después, por otra familia.
Hubo murmullos de sorpresa. Supongo que muchos no pensaban en esas cosas.
Yo levanté una ceja.
—Pero usted dijo que no tenía familia —señaló Sofía, confundida.
La miss soltó una risa suave. No triste. Más bien resignada.
—No tengo familia ahora —corrigió—. La mujer que me adoptó… —hizo una pausa— me cuidó, sí, pero cuando cumplí cierta edad empecé a ser independiente. Me fui de su casa. Tenía que hacerlo.
—¿Para buscarlo? —preguntó Abi, inclinándose hacia adelante.
La miss asintió.
—Sí. En parte por eso.
Su expresión cambió un poco. Como si recordara un lugar real, aunque sabíamos que hablaba de un orfanato ficticio.
—Cuando regresé al orfanato para buscar pistas… ya no estaba —continuó con calma triste—. Lo habían cerrado hacía años. Y los otros niños… nunca encontré rastro de ninguno.
Los murmullos se hicieron más fuertes. Algunos decían "qué triste", otros "pobrecita la miss". Yo solo sentí una punzada rara en la espalda, como si la historia me afectara de una forma que no entendía.
—¿Entonces no sabe dónde está él? —pregunté sin pensar.
Ella negó con la cabeza.
—No… No supe más. Por eso me rendí. No había más pistas después de eso.
Los otros alumnos intercambiaron miradas, algunos genuinamente conmovidos, otros simplemente curiosos. Yo seguía observándola, tratando de imaginar a un niño fuerte, terco y callado… alguien que ella recordara tanto.
Y por alguna razón que no sabía explicar… ese niño desconocido me daba miedo.
Y también me daba lástima.
Y también… un poco de rabia.
Alice entonces sacudió levemente la cabeza y sonrió, como si quisiera quitar el ambiente pesado.
—Pero bueno —dijo dando un golpecito suave en su escritorio—, prometí que podían hablar entre ustedes, no hacerme una entrevista biográfica.
Varias risas se escaparon. Los niños volvieron a conversar en grupitos. Pero yo… yo no pude dejar de mirar a la miss Alice.
Se veía tranquila.
Pero había algo en sus ojos.
Algo escondido.
Algo que no quería que nadie viera.
Me quedé pensando si ese niño… esa persona que ella había perdido… ¿Era alguien que todavía esperaba encontrarla? O peor… ¿Alguien que ya no existía?
***
Alice.
Cuando los dejé salir, el murmullo alegre del salón se fue apagando poco a poco. Desde mi escritorio los observé recoger sus mochilas, despedirse entre ellos, correr hacia la puerta como si estuvieran escapando hacia un mundo enorme que recién empezaban a descubrir.
Cuando me quedé sola, me acerqué a la ventana.
Allá afuera, el campus se movía como un hormiguero organizado: niños de primaria subiendo a los autobuses amarillos, otros esperando a sus padres, algunos caminando solos o en grupo por la banqueta, riendo, empujándose, peleando por tonterías. Vida normal. Vida simple.
Vida que yo nunca tuve.
Me obligué a no pensar en ello. No quería comparaciones, no quería autocompasión. Ni siquiera quería recordar. Pero la mentira que les conté —esa historia del orfanato, de la adopción, del niño que busqué— todavía me daba vueltas. Era… útil. Eso era todo. Una historia simple, creíble. Un camino seguro por donde moverme sin levantar sospechas.
Aunque algo de lo que dije sí fue verdad.
Lo busqué.
A B.
Pero aquello era un pozo sin fondo. Y volver a Helix… imposible. No después de escapar. No después de ocho años manteniéndome lejos de cualquier cosa que pudiera rastrearme. De cualquier cosa que me atara.
Respiré hondo, apoyando la mano en el borde frío de la ventana.
Y fue entonces que la vi.
Lily.
Salía del edificio con su mochila colgando de un solo tirante, hablando con dos amigas que apenas conoció hoy. Tenía esa sonrisa tímida, esa forma de inclinar un poco la cabeza cuando escuchaba algo que no sabía si debía creer o no. Y aunque intentaba no hacerlo, mi mirada siempre terminaba buscándola.
Mi… hermana.
Biológicamente, al menos.
Jamás pensé que usaría esa palabra para referirme a alguien real.
Y sin embargo, ahí estaba. Caminando hacia la salida como si no tuviera idea de lo que yo era, de por qué estaba aquí, de todo lo que tuve que hacer para encontrarla.
A sus padres también los vi a lo lejos, esperando cerca del portón. Reconocí de inmediato los ojos verdes de su madre. Los mismos ojos verdes que llevo yo. El mismo lunar en el pómulo izquierdo. La forma de su mandíbula. Y en su padre… la nariz, las orejas, incluso la manera de entrecerrar los ojos al enfocar algo a distancia.
Las primeras veces que los vi, creí que mi corazón iba a romperse por lo rápido que latía.
Habían pasado cuatro meses desde que llegué a esta ciudad. Recuerdo caminando de un edificio a otro buscando un departamento pequeño, barato, algo donde pudiera desaparecer sin desaparecer. No tenía expectativas. No pensaba encontrarlos tan pronto.
Pero un mes después… ocurrió.
Estaba en una tienda de ropa, revisando camisas, tratando de pasar desapercibida entre otras personas normales que compraban cosas normales.
Y entonces los vi.
A ellos dos. Caminando juntos por el pasillo de enfrente, platicando, riendo de algo que ella dijo. Los seguí. Solo unos minutos. Mis manos temblaban, tanto que tuve que esconderlas en los bolsillos para que nadie notara. Reconocí sus rostros porque los memoricé durante días enteros: las fotos que obtuve del banco de sangre, de los registros, de todo lo que pude hack—
Suspiro.
Todo lo que pude investigar.
No sabía si Helix me robó al nacer. O si ellos me vendieron. O si me intercambiaron por alguien más. Una hija por un hijo. Un trato por otro trato. No sabía nada.
Solo sabía que Lily dijo que tenía un hermano mayor. Uno. No dos.
Pero yo existo.
Luego vino la coincidencia: el padre había donado sangre a un familiar cercano. Yo conseguí acceso al banco de sangre. Analicé. Comparé. Coincidió. Demasiado perfecto. Demasiado claro.
Tan claro como un golpe.
Por eso vine.
Por eso me convertí en maestra sustituta. No para enseñar. Ni para "hacer una diferencia" en estas vidas que no me pertenecen. Vine porque sabía que Lily entraría a la secundaria este año. Vine para verla. Para verlos a todos. Para asegurarme de que existían realmente, que no eran un espejismo, que no era algún juego mental diseñado por Helix para atraerme de vuelta.
Y aún así… al único que no he visto es al otro niño.
Mi hermano menor.
Mi… otro hermano. Ese que Lily sí conoce. Ese que fue criado por ellos, que tuvo una vida, una infancia, una familia. Todo lo que a mí me fue negado.
Mi pulso se tensó.
No sé qué haría si lo tuviera enfrente. No sé si sentiría curiosidad o rabia. No sé si querría hablarle… o salir corriendo.
Afuera, Lily subió al auto y su madre la abrazó antes de entrar. Un abrazo simple. Normal.
Algo dentro de mí ardió de una forma que no supe nombrar.
Yo también me alejé de la mujer que me "adoptó". De esa parte de la historia no mentí. Me fui para ser independiente… y para buscar la verdad. Cuando regresé a buscar rastros del lugar donde estuve… Helix ya no era un edificio visible. Era un hueco en un mapa. Borraron todo.
Borraron incluso a los otros niños.
A veces me pregunto si eso también me podría haber pasado a mí.
La campana final sonó a lo lejos.
Me obligué a parpadear, alejándome de la ventana. Tenía cosas que hacer. Papeles que firmar. Una vida que fingir.
Una identidad falsa que seguir representando.
Y un secreto que nadie podía descubrir.
Porque este no es mi hogar.
