Cherreads

Chapter 3 - Capitulo 2

Alice.

Cerré la puerta de mi departamento con ese clic silencioso que aprendí a provocar desde niña. Jamás dejaba que una puerta sonara más de lo necesario. No era paranoia; era costumbre. Una que ningún país, idioma o trabajo había logrado borrar.

El pasillo del edificio olía a humedad vieja y detergente barato. Había escuchado varios comentarios de los vecinos sobre ese olor, que si las tuberías necesitaban mantenimiento, que si el casero era un tacaño… Yo nunca intervenía. Solo escuchaba. Observar sin participar: otra de mis especialidades.

Mi ropa era formal, sí, pero de las que se disuelven en cualquier multitud. Colores neutros, cortes sencillos, zapatos cómodos. Nada que destacara. Nada que recordaran. El tipo de vestimenta que se queda flotando en la memoria de alguien como un borrón, un "creo que la he visto antes", pero nunca un "era ella".

En uno de mis hombros cargaba una bolsa de tela, gris oscuro, con los materiales que preparé para esta fachada: una agenda, un folder con documentos falsos, un estuche con marcadores, una botella de agua y un libro que había comprado solo para parecer más humana. Ni siquiera lo había abierto aún.

Bajé las escaleras sin hacer ruido. El edificio tenía cuatro pisos y yo vivía en el tercero. Nunca tomaba el ascensor. No me gustaban los espacios sin control de salida.

Al salir, el aire de la mañana me golpeó ligeramente el rostro. Estaba fresco pero no frío, con ese aroma a pan que venía de la panadería en la esquina. Ya sabía que, a esta hora, la dueña dejaba las charolas enfriando junto a la puerta trasera; por eso el olor se expandía por toda la cuadra.

—Un día normal… —murmuré en voz baja, como si estuviera tratando de convencerme.

La ciudad se movía a su usual ritmo temprano: autos cruzando la avenida, bicicletas pasando entre ellos, personas caminando rápido rumbo a trabajo o escuela. Pasé junto a una mujer que discutía por teléfono, un anciano que empujaba un carrito de compras lleno de botellas recicladas, y un repartidor que luchaba contra la correa de su mochila.

Nadie me miró.

Nadie me detuvo.

Nadie sospechó.

Justo como debía ser.

Seguí caminando hacia el parque que solía atravesar cada mañana desde que había llegado a esta ciudad hacía cuatro meses. Siempre sigo rutinas cuando me instalo en un lugar nuevo… pero no las mismas todos los días. Alterno trazos, caminos, horarios; los repito solo lo suficiente para parecer normal, nunca lo suficiente para ser predecible.

El parque era pequeño, pero tenía un estanque artificial y un puente de madera que lo cruzaba. Y siempre había alguien ahí: corredores, madres con carriolas, ancianos alimentando a las palomas. Yo lo cruzaba porque me permitía observar mejor. Desde el puente podía ver quién venía, quién salía, quién parecía observar demasiado.

Hoy, todo estaba como siempre.

Bajé por el sendero de grava, el sonido tenue de mis pasos mezclándose con el canto de los pájaros. No los mismos pájaros que aparecían en mi ventana, pero parecidos. Libres. Sin jaulas. Curioso cómo algo tan simple podía incomodarme.

Pasé junto a una banca donde dos estudiantes reían mirando la pantalla de un teléfono. Me di cuenta de que llevaba tres días viéndolos a la misma hora, con las mismas mochilas, los mismos gestos exagerados. Me pregunté si ellos sabrían lo afortunados que eran.

Lo dudo.

Caminé un poco más hasta llegar a un quiosco donde vendían café. La mujer detrás del mostrador me reconoció enseguida.

—¡Buenos días, señorita! ¿Lo de siempre?

Asentí con una sonrisa mecánica, una que había practicado tantas veces que ya salía sola.

—Sí, por favor.

"El de siempre".

Una de las frases más peligrosas para alguien que vive escondida.

Pero aquí era útil.

Construir una rutina falsa era parte de la cobertura.

Mientras la mujer preparaba el café, yo observé mis alrededores. Había un hombre leyendo un periódico doblado en vertical, como se hacía antes. Un perro atado a un árbol movía la cola. Un grupo de adolescentes pasaba bromeando entre ellos. Nada fuera de lugar.

—Aquí tiene, cariño. —Me entregó el vaso—. Hoy se ve más cansada.

—Sueño ligero —respondí con una excusa simple—. Cosas de maestra.

Ella rió.

—Bienvenida al mundo real.

Pagué, agradecí y seguí caminando hacia la salida del parque.

Tomé un sorbo. Caliente, un poco amargo, exactamente como siempre.

Mi ruta desde ahí me llevaba por un barrio residencial de casas pequeñas, la mayoría con jardines bien cuidados. Algunas puertas abiertas, otras cerradas. Un perro ladrando detrás de una reja. Un niño jugando con una pelota en la acera. Una mujer regando sus flores con una bata esponjosa.

A cada paso, yo analizaba: ventanas abiertas, rutas de escape, puntos ciegos, cámaras privadas…

No podía evitarlo.

Mi cerebro estaba entrenado para eso.

Para no confiar en escenarios tranquilos.

Al doblar la esquina, llegué a una calle más amplia que conectaba con un bulevar de tiendas. La gente empezaba a llenar las aceras. Los semáforos cambiaban de color con su ritmo cansado de ciudad mediana. Un autobús escolar avanzaba en la distancia.

Miré mi reloj.

Aún tenía tiempo.

Y aun así, aceleré un poco. No por prisa… sino por hábito. Nunca me gustaba llegar justo a tiempo a ningún lugar. Llegar temprano significaba poder observar primero.

Mientras caminaba, pensé en estos cuatro meses aquí:

En el trabajo temporal que había conseguido en una librería.

En las clases de idiomas que había dado para justificar mis horarios.

En las noches en que me quedaba despierta por si escuchaba pasos afuera.

En los días en que creía reconocer una sombra detrás de mí.

¿Era paranoia?

¿O Helix simplemente nunca había dejado de buscar?

Suspiré, ajustando la bolsa en mi hombro.

—Cuatro meses aquí… —me dije en voz baja—. Y hoy empiezo otra vida nueva.

Crucé la última calle antes de llegar al transporte que tomaría hacia mi destino.

Inhalé hondo.

**

El autobús se detuvo con un chirrido suave, más civilizado que los que había tomado en otros países. Me levanté, ajusté mi bolsa en el hombro y bajé los escalones uno por uno.

Frente a mí, el edificio se alzaba rectangular, un poco antiguo, pero bien mantenido.

Willow Creek Secondary School.

El letrero azul colgaba sobre la entrada con cierta dignidad cansada.

Los estudiantes entraban en oleadas.

Gritos, risas, mochilas enormes, pasos apresurados.

Un caos ordenado que, curiosamente, me ponía tensa.

Demasiado movimiento.

Demasiados rostros.

Demasiadas rutas de aproximación posibles.

Me obligué a caminar.

A mi derecha, un autobús escolar recién llegó, dejando salir a un grupo de niños de primer año. Alguien gritó el nombre de un amigo. Otro chocó contra mi brazo sin disculparse. Una niña dejó caer su carpeta y las hojas volaron. Un profesor corrió detrás de un balón que escapó de manos equivocadas.

Y entonces…

Escuché una voz suave, cálida:

—Bueno, cariño… ya sabes lo que te dije.

Mi cuerpo entero se tensó.

Fue automático.

Como si alguien jalara un cable interno.

Giré la cabeza con cuidado… y ahí estaban.

Una mujer inclinada ajustándole la mochila a una niña de unos doce años.

Cabello negro recogido, manos amables, sonrisa nerviosa de primer día de clases.

A su lado, un hombre alto, con barba recortada y expresión protectora.

La niña rodó los ojos con una mezcla de fastidio y amor.

—Mamá, papá… lo sé. Me lo dijeron como cien veces.

—Y te lo diremos cien más —respondió él, con voz suave—. Vamos, vas a estar bien.

Ella rio y se lanzó a abrazarlos.

Yo tragué saliva.

Sentí un pinchazo agudo detrás de las costillas.

Un dolor que no pertenecía al cuerpo… sino a los años perdidos.

No retrocedí, no me quedé mirando, no hice nada extraño.

Solo… seguí caminando.

Había muchos padres despidiéndose de sus hijos.

Demasiadas escenas parecidas.

Cualquiera diría que solo observaba una más entre docenas.

Y sin embargo…

Había algo en ellos.

En cómo la mujer le tocaba la mejilla a su hija.

En cómo el hombre revisaba dos veces que el cierre de la mochila estuviera bien.

En cómo la niña se despedía sin miedo.

No eran una familia perfecta.

Pero eran una familia.

La clase de familia que Helix se encargaba de destruir antes de que pudiera existir.

Apreté los labios y crucé la entrada, dejando esa escena atrás.

O intentándolo.

Las escaleras de la entrada estaban saturadas de estudiantes subiendo y bajando.

Tuve que esquivar un grupo de chicos que hablaban a gritos, casi tirándome encima.

Entrar al edificio fue otra ola de ruido: casilleros golpeando, carcajadas, pasos apresurados.

Y allí, por primera vez en mucho tiempo… me desorienté.

Demasiada gente.

Demasiados estímulos.

Demasiadas direcciones.

Busqué el número de la sala en mi teléfono: Sala de Profesores, Edificio A, segundo piso.

Pero los pasillos parecían un laberinto y los letreros estaban cubiertos por decoraciones del inicio de semestre.

Respiré hondo.

No mostraba nervios.

No mostraba prisa.

Solo… preguntaba.

Me acerqué a un grupo de estudiantes apoyados en unos casilleros. Tres chicos y dos chicas, todos con uniformes ligeramente modificados con su toque personal.

—Disculpen… —dije—. ¿La sala de profesores?

Uno de los chicos señaló con la mano sin siquiera dejar de conversar.

—Sube por esas escaleras, gira a la derecha, y es la tercera puerta. Tiene un cartel verde gigante. No hay pierde.

—Gracias —respondí.

—De nada —añadió una de las chicas con una sonrisa.

Caminé hacia las escaleras mientras ellos seguían con su conversación como si no hubiera pasado nada.

Y yo también seguí.

Subí cada peldaño con calma, escuchando el eco de cientos de conversaciones mezclándose a la vez. Y al llegar al final del tramo, me detuve un instante.

El murmullo de la escuela.

El olor a papel, desinfectante y sudor adolescente.

El caos.

El ruido.

La vida.

Un mundo completamente ajeno a Helix… y sin embargo, un mundo del que yo misma era ajena también.

Avancé.

Cada paso me alejaba de la entrada.

De los padres despidiendo a sus hijos.

De una vida que, en otro universo, podría haber sido mía.

Pero no lo era.

No por elección.

No por destino.

Sino porque alguien me arrebató de esas manos antes siquiera de aprender a caminar.

Seguí caminando hacia la sala de profesores.

**

La puerta de la Sala de Profesores tenía un letrero verde realmente imposible de ignorar, tal como el chico del pasillo había dicho. Respiré hondo y entré.

El contraste era inmediato: desde el caos del pasillo hasta un espacio silencioso, olor a café, papel y marcadores nuevos. Un par de profesores conversaban en voz baja cerca de la ventana. Otros estaban sentados revisando documentos o acomodando tazas de cerámica.

Cinco pares de ojos se giraron hacia mí casi al mismo tiempo.

Yo había entrenado para mantenerme compuesta bajo presión mucho más peligrosa… aun así, sentí un pequeño tirón en el estómago. Esto era diferente. Un escenario que jamás formó parte de mi entrenamiento.

—Ah, tú debes ser la maestra Berman. Alice Berman —Una mujer de cabello corto y grisáceo se acercó con una sonrisa amable—. Bienvenida. Soy la directora, Mrs. Hawthorne.

—Un gusto —respondí con un asentimiento breve.

Un hombre con gafas redondas levantó la mano desde su escritorio.

—¿Sustituta por un semestre, cierto? —preguntó.

—Así es —dije.

—Qué alivio —comentó otra profesora mientras agitaba un ventilador portátil—. Los grupos de primer año son… intensos. Mejor dicho: ruidosos.

Todos rieron un poco. Yo también sonreí.

Era curioso: aun en un entorno tan tranquilo, mi mente analizaba cada movimiento, cada tono, cada gesto. No por desconfianza… por hábito.

La directora palmeó suavemente mis hombros.

—No te preocupes —dijo—. Aquí te apoyaremos en todo. Ven, te llevaré al salón. Tu grupo es 1-3.

Tomé mi bolsa, inhalé una vez más y la seguí por el pasillo. La directora hablaba mientras caminábamos:

—El primer año es… bueno, un torbellino. Los estudiantes están emocionados, nerviosos, todo al mismo tiempo. No se conocen entre ellos, todavía no han formado grupos, ni amistades, ni… —hizo una pausa con una mueca cómica— enemistades.

—Entiendo.

—Pronto encontrarás tu ritmo. Todos lo hacemos tarde o temprano. —Me miró por encima del hombro—. ¿Estás nerviosa?

—Un poco —respondí con honestidad medida.

—Eso significa que te importa. Es una buena señal.

Llegamos a la puerta del salón.

La directora entró primero.

Los estudiantes estaban sentados, relativamente callados. El ruido del pasillo se apagaba en cuanto la puerta se cerraba.

La directora carraspeó.

—Muy bien, jóvenes. Bienvenidos a todos al inicio del semestre. Sé que muchos vienen de escuelas primarias diferentes, así que este será un periodo de adaptación, pero estoy segura de que tendrán un excelente año.

Algunos asentían. Otros miraban sus pupitres. Otros observaban por la ventana.

Un primer año típico.

—Como saben —continuó la directora—, el profesor titular de este grupo estará fuera por un tiempo. Así que este semestre tendrán a una maestra sustituta. Les pido respeto y buen comportamiento.

Hizo un gesto hacia mí.

—Ella es la señorita Alice Berman.

Un par de estudiantes murmuraron "hola". Otros solo me miraron con curiosidad.

Yo di un paso adelante.

—Buenos días —comencé, manteniendo mi voz firme y cálida—. Espero que podamos llevarnos muy bien este semestre. Este será mi primer grupo como profesora, así que… probablemente aprenderé tanto como ustedes.

Varias manos se levantaron de golpe, pero una voz se adelantó sin permiso:

—¿Cuántos años tiene, miss?

Risitas se extendieron por el salón.

Respondí sin molestia.

—Veinticinco.

—¿Tan joven? —dijo otro chico del frente.

—Eso dicen —respondí con una sonrisa ligera—. Pero ser joven significa que puedo aprender rápido… y crecer. Y espero que ustedes me ayuden a hacerlo.

Eso generó una ola de sonrisas y algún comentario de "no está mal".

Mientras hablaba, mis ojos recorrieron la primera fila, luego la segunda, luego la tercera, como si estuviera calibrando un mapa de expresiones, posturas, ritmos de respiración… hasta que llegué a las últimas filas.

Y ahí estaba ella.

La niña de antes.

La misma mochila.

El mismo cabello recogido en una coleta.

Los mismos ojos curiosos que había heredado de su madre.

El mismo gesto nervioso que venía del padre.

Ella no me miraba directamente.

No tenía por qué hacerlo.

Solo acomodaba sus libros y jugaba con la esquina de su cuaderno.

Apreté los dedos sutilmente.

Ocho años lejos del mundo.

Ocho años moviéndome como sombra.

Ocho años huyendo de Helix… y ahora estaba aquí, frente a gente que no sabía que yo existía hasta ahora.

Pero no dejé que nada se notara.

La directora salió dejándome sola frente a ellos; los treinta y dos rostros curiosos, inquietos o abiertamente aburridos esperaban a ver qué hacía. Cerré la puerta con cuidado para no hacer ruido.

Tomé aire. Era mi primer salón. Mi primer grupo. Mi primer día actuando como alguien normal.

—Bueno… —dije con una sonrisa suave, ajustando la carpeta en mis manos—. Empecemos con algo sencillo. Pasaré lista, y después hablaremos un poco de ustedes.

Abrí la hoja y la mirada del grupo se volvió algo caótica de inmediato. Un murmullo, risas, suspiros. Normal. Natural. Algo que no había visto en años. Comencé.

—Abigail Moore.

—Presente —respondió una niña delgada con coletas azules.

—Brandon Hayes.

—Aquí —dijo un chico que ya estaba dibujando en el margen de su cuaderno.

—Camila Olsen.

—Presente…

Fui avanzando nombre por nombre: Daniel, Ethan, Fiona, Grace, Hugo, Iván, Jackson… uno tras otro. Algunos tímidos, otros demasiado entusiastas, otros distraídos. Todo eso era vida normal. Vida común.

Hasta que llegué a uno en particular.

—Lily Carter.

Ella levantó la mano. Una sonrisa nerviosa, el gesto típico de alguien que intenta ser valiente en su primer día.

Yo traté de que mi pecho no se apretara, que mi respiración no cambiara. Solo la miré como maestra, no como…

—Gracias, Lily —respondí con voz firme, sin permitir que se me quebrara nada.

Seguí con naturalidad: Marcus, Noah, Olivia, Penélope, Quinn, Robert… hasta completar los últimos nombres.

—Perfecto — dije cuando terminé—. Ahora, antes de seguir, necesito que se acomoden según el orden de la lista para los días lunes, martes y jueves. Los miércoles y viernes podrán sentarse donde gusten. ¿De acuerdo?

Hubo un pequeño coro de "sí" y "ok".

—Perfecto, entonces muévanse ahora.

El salón se llenó de movimiento y ruido: raspado de sillas, mochilas arrastrándose, explicaciones rápidas entre ellos, algunos negociando intercambiar lugares los días libres. Yo observé, anotando mentalmente quién era más social, quién era más inseguro, quién ya buscaba liderar.

Lily se desplazó con naturalidad al asiento asignado, en la cuarta fila junto a una niña de cabello rizado y un niño que parecía incapaz de dejar de girar un lápiz entre sus dedos. Parecía cómoda. Natural. Eso… eso aliviaba algo dentro de mí.

Cuando todos se sentaron, volví a pasar lista rápidamente, verificando que ninguno se hubiera equivocado.

—Muy bien —dije al terminar—. Ahora, antes de comenzar con la materia, quiero saber algo importante. Cuando hable con ustedes, ¿cómo prefieren que los llame? ¿Por su nombre, su apellido, algún sobrenombre…? Vayan diciéndome, ¿sí?

Levanté la vista y apunté al primer alumno.

—Abigail, ¿cómo quieres que te llame?

—Abi está bien —respondió la niña.

—Perfecto, Abi —anoté.

—Brandon.

—Dígame Bran, profe.

—Está bien, Bran.

—Camila.

—Cami —dijo levantando una mano tímida.

Seguimos así, uno por uno. Hugo quería que le dijeran "Hugh", Ethan prefería su nombre completo, Grace pidió que jamás la llamara por su segundo nombre, Jackson quiso "Jax", Fiona no quiso diminutivos. Cada pequeño detalle era otra capa de normalidad que yo archivaba con cuidado.

Cuando llegamos a Lily, ella habló suave, pero firme:

—Solo Lily, por favor.

—Perfecto —respondí sin dejar ver ninguna emoción adicional—. Solo Lily.

Continué hasta completar a los treinta y dos.

Cuando terminé, cerré la carpeta y apoyé las manos en el escritorio.

—Ahora sí —dije—. Antes de decidir cómo avanzaremos esta semana, quiero que me cuenten dos cosas. Primero: ¿qué fue lo último que recuerdan haber aprendido el año pasado en primaria? Y segundo: ¿qué aprendieron por ustedes mismos durante estas vacaciones? No tiene que ser algo académico. Vale cualquier cosa que hayan descubierto o practicado.

Un murmullo animado recorrió todo el salón. Muchos levantaron la mano a la vez. Yo señalé a uno de los primeros.

—Marcus.

—Aprendimos fracciones —dijo—. Pero yo no soy muy bueno.

—Perfecto, lo tomaremos en cuenta. ¿Qué aprendiste tú solo?

—A cocinar ramen sin quemar la olla… —susurró, provocando varias risas.

—Eso es un logro muy importante —respondí sonriendo.

Otra mano.

—Olivia.

—Yo digo que vimos divisiones y… pues, en vacaciones aprendí a andar en patineta —dijo orgullosa.

Luego Jax habló de que aprendió a usar herramientas de carpintería con su tío, otra de que terminó su primer libro "largo", Quinn que había practicado piano, Penélope que aprendió tres trucos nuevos con su gato.

Y así, uno tras otro.

Hasta que Lily levantó la mano.

Yo la señalé, manteniendo la neutralidad.

—Lily, adelante.

—En primaria estábamos viendo medidas y… este verano aprendí a hacer snorkel —dijo con una sonrisa pequeña—. Me daba miedo, pero ya no.

A veces la vida tenía ironías crueles.

Yo asentí suavemente.

—Eso es excelente, Lily. Superar miedos es de las mejores cosas que uno puede aprender.

Al terminar la ronda, observé a todo el grupo con su mezcla de nervios y entusiasmo.

—De acuerdo —concluí—. Hoy trabajaremos un repaso para ver desde dónde debemos comenzar. Pero antes, quiero que me hagan una pregunta ustedes a mí. La que quieran. Una sola por persona, así que piénsenla.

Se escucharon varios "ooooh" y risas.

Y así comenzó mi primer día como la "maestra sustituta".

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