Nueve días habían pasado desde que el primer pino de la Columbia Británica tragara la silueta de Hitomi Valmorth. El tiempo ya no se medía en horas, sino en la intensidad del dolor en su costado y en el color de su cabello. El tinte negro, aquel burdo intento de anonimato, se había rendido ante la lluvia ácida de las montañas y el sudor de la fiebre. Ahora, largas hebras de un blanco eléctrico y plateado caían sobre sus hombros, enmarcándolos en una corona de realeza caída.
Hitomi era un espectro. Sus mejillas, antes perfectamente esculpidas por la dieta de Dinamarca, se habían hundido, resaltando la intensidad febril de sus ojos rojos. Cada paso era un triunfo de la voluntad sobre la carne. El rastreador biológico que Darrick le había implantado en el tren no era solo una baliza; era un parásito. Sentía cómo la herida de su cintura pulsaba con un calor malsano, drenando su energía de Sexta Generación para alimentar la señal que guiaba a sus perseguidores.
—Solo un poco más, Shiro —susurró Hitomi. Su voz era un hilo seco, apenas un roce en el aire gélido.
El gatito, que milagrosamente había sobrevivido gracias a los trozos de carne que Hitomi masticaba para él, se acurrucaba en el interior de su chaqueta rota. El calor del animal era lo único que mantenía el corazón de Hitomi latiendo con humanidad.
Al atardecer del noveno día, mientras Hitomi intentaba cruzar un desfiladero rocoso, un sonido desgarró el silencio del bosque. No era el viento, ni el crujir de las ramas. Era un rugido gutural, cargado de una furia ancestral, seguido por el sonido de carne siendo rasgada y chillidos que no pertenecían a este mundo.
Hitomi se agazapó tras una roca de granito, conteniendo la respiración. A unos cincuenta metros de distancia, en un claro bañado por la luz naranja del sol moribundo, se estaba librando una carnicería.
Un enorme oso grizzly, el rey indiscutible de estas montañas, estaba rodeado. Pero sus oponentes no eran lobos ni cazadores. Eran tres de los Deeps que la seguían. Las criaturas se movían con una coordinación antinatural, saltando sobre el lomo del oso y hundiendo sus garras en su grueso pelaje. El oso lanzaba zarpazos desesperados, logrando lanzar a uno de los Deeps contra un árbol, pero los otros dos no retrocedían. No tenían miedo; solo tenían hambre y órdenes.
Hitomi observó con horror cómo los Deeps ignoraban las heridas que habrían matado a cualquier animal. Uno de ellos tenía un brazo colgando, destrozado por la mandíbula del grizzly, pero seguía mordiendo el cuello del plantígrado con una ferocidad mecánica.
—Son monstruos... —pensó Hitomi, apretando los puños.
Finalmente, el oso cayó. El gigante de la montaña, un símbolo de la fuerza de la naturaleza, fue doblegado por la aberración biológica de los Deeps. Ellos no perdieron tiempo; comenzaron a alimentarse mientras aún había calor en el cuerpo de su presa.
Fue en ese momento de festín cuando el Deep que había sido lanzado contra el árbol se levantó. Su hocico, cubierto de sangre de oso, se elevó hacia el cielo. Olfateó el aire, ignorando la carne fresca frente a él. Sus ojos amarillos se fijaron directamente en la roca donde Hitomi se ocultaba.
El rastro de la sangre de plata era más dulce que el de cualquier grizzly.
—¡AHÍ ESTÁ! —gruñó la criatura, su voz distorsionada por la sangre que goteaba de sus colmillos—. ¡LA FLOR BLANCA!
Hitomi no esperó a que terminara de gritar. Se dio la vuelta y saltó por la ladera del desfiladero. El agotamiento que la había mantenido al borde del colapso desapareció, reemplazado por la adrenalina pura del instinto de supervivencia.
—¡Corre, corre, corre! —se repetía a sí misma.
Sus botas golpeaban el suelo irregular, esquivando raíces y piedras mientras escuchaba los aullidos de los tres Deeps tras ella. A pesar de estar heridos por la pelea con el oso, las criaturas eran rápidas. Se movían a cuatro patas, ganando terreno con cada salto, sus garras destrozando la maleza a su paso.
Hitomi sentía que sus pulmones iban a estallar. El aire frío le quemaba la garganta como si estuviera tragando cristales rotos. Se tropezó con una rama caída y rodó por el suelo, protegiendo a Shiro con su cuerpo. Se levantó de inmediato, pero el Deep más rápido ya estaba sobre ella, saltando desde una roca elevada con las garras extendidas.
En un acto de reflejo puro, Hitomi invocó una de sus Lanzas Ancestrales. Un destello de luz plateada cortó la penumbra del bosque. La lanza se materializó en el aire y atravesó el hombro del Deep, desviando su trayectoria justo antes de que cayera sobre ella. La criatura chilló y rodó por el barro, pero la lanza desapareció casi de inmediato.
—Estoy... demasiado débil —jadeó Hitomi, dándose cuenta de que mantener la invocación le costaba el triple de energía que hace una semana.
Siguió corriendo, pero el bosque se volvía más denso, una trampa de troncos caídos y espinos. Llegó al borde de un barranco que terminaba en un río caudaloso, alimentado por el deshielo de las cumbres. No había salida. Se giró, con la espalda pegada al abismo, justo cuando los tres Deeps emergieron de entre las sombras, formando un semicírculo.
Estaban destrozados por la pelea con el oso, cubiertos de sangre roja y negra, pero sus ojos brillaban con la promesa de la recompensa que Darrick les había prometido.
Hitomi miró a las criaturas. Se sintió patética. Ella, que había sido entrenada para ser la cima de la evolución, estaba acorralada por tres perros falderos de su madre. La imagen del anciano en el tren volvió a su mente: "La felicidad no es constante... pero el amor es lo que queda". Ella no tenía amor en este momento, solo tenía a un gatito temblando en su pecho y un orgullo que se negaba a morir en el barro canadiense.
—¿Creen que soy una presa fácil? —dijo Hitomi, y por primera vez en días, su voz recuperó el tono de autoridad de una Valmorth—. ¿Creen que porque tengo hambre y sueño, mi sangre ha perdido su fuerza?
Cerró los ojos y, en lugar de luchar contra el drenaje de energía del rastreador, hizo algo que nunca se había atrevido a hacer: lo abrazó. Visualizó la señal biológica en su cintura y, en lugar de intentar cerrarla, volcó toda su rabia y su dolor dentro de ella.
El resultado fue una explosión de luz plateada.
Hitomi no invocó una lanza; invocó su propia naturaleza. Sus ojos rojos brillaron con una intensidad tal que iluminaron el claro como si fuera mediodía. El dolor de la herida se convirtió en una hoguera de poder.
Cuando los Deeps saltaron al unísono, Hitomi extendió sus manos. Ocho Lanzas Ancestrales aparecieron simultáneamente, formando un abanico de muerte plateada. No eran las lanzas elegantes y perfectas de sus entrenamientos; estas eran rústicas, vibrantes, cargadas con la suciedad y la furia de su viaje.
—Kie (Desaparezcan) —susurró.
Las lanzas salieron disparadas. No hubo pelea. No hubo resistencia. Las armas perforaron los cuerpos de los Deeps con una precisión quirúrgica, clavándolos contra los árboles y el suelo rocoso. Las criaturas ni siquiera tuvieron tiempo de gritar; la energía anacrónica de las lanzas desintegró sus núcleos vitales en un instante, dejando solo cenizas y el olor a ozono en el aire.
Hitomi cayó de rodillas, el esfuerzo la dejó al borde del desmayo. Las lanzas se desvanecieron y el bosque volvió a sumirse en la oscuridad, interrumpida solo por el murmullo del río. Shiro asomó la cabeza desde su chaqueta, soltando un pequeño maullido de preocupación.
Ella miró sus manos. Estaban manchadas de sangre, tierra y restos de los Deeps. Ya no quedaba rastro de la "Janet" que servía café en Vancouver. Su cabello era blanco como la nieve que cubría las cimas de las Northern Rocky Mountains.
—Lo hice sola —murmuró, con una sonrisa amarga cruzando sus labios agrietados—. Sin hermanos... sin madre...
Se levantó con dificultad, usando un tronco como apoyo. Sabía que esta explosión de poder habría enviado una señal masiva a Darrick. Los otros equipos estarían convergiendo en su posición en cuestión de horas. Ya no podía permitirse el lujo de descansar más de lo necesario.
Miró hacia el norte. A lo lejos, entre dos picos colosales, creyó ver un reflejo metálico, algo que no pertenecía a la naturaleza. Podría ser una alucinación de la fiebre, o podría ser el primer indicio de la tecnología de la Base Genbu.
—Diez días —contó Hitomi—. Faltan cinco.
Con el cuerpo gritando de agotamiento, pero con el espíritu forjado en el acero de la supervivencia, Hitomi Valmorth se internó de nuevo en la espesura. Había matado a los perros; ahora solo faltaba ver si era capaz de encontrar al dragón antes de que el cazador la encontrara a ella.
