El frío de la décima noche no era solo atmosférico; era una presencia física que se filtraba a través de la piel de Hitomi, buscando los huesos. Se había refugiado bajo el saliente de una roca, ocultándose entre musgo y raíces muertas, pero el sueño no era un descanso, sino una tortura. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de su madre, Laila, aparecía con una sonrisa gélida, recordándole que no había rincón en el mundo donde una Valmorth pudiera esconderse de sus propios pecados.
Hitomi despertó sobresaltada, su respiración formando nubes de vapor en la penumbra. El dolor en su costado derecho ya no era un pinchazo; era una hoguera. Al levantarse un poco la camiseta con dedos temblorosos, el horror la invadió. La zona donde el alfiler de Darrick la había pinchado estaba horriblemente hinchada, la piel tensa y de un color púrpura oscuro, surcada por venas plateadas que palpitaban con una luz mortecina. El rastreador biológico estaba reclamando su cuerpo, extendiéndose como una infección necrótica.
—Maldición... —susurró, viendo el rastro que había dejado en el suelo.
No era solo barro. Era un rastro de sangre espesa y brillante, una señal inequívoca para cualquier rastreador. Y entonces, lo escuchó.
A lo lejos, una sinfonía de aullidos desgarró el silencio de la madrugada. No eran lobos. Eran los Deeps. El sonido era más cercano, más numeroso y mucho más hambriento que antes. La jauría no estaba buscando un rastro; ya lo tenían. Estaban en la fase final de la cacería.
Hitomi se puso de pie, su pierna izquierda flaqueando por un momento. Metió a Shiro en su chaqueta, sintiendo el pequeño corazón del gato latiendo con la misma desesperación que el suyo.
—Tenemos que movernos, Shiro. Solo un poco más.
Empezó a correr, o al menos a intentarlo. El bosque era un laberinto de sombras azules y grises bajo la luz pre-alba. Tropezaba con cada raíz, su visión nublada por la fiebre. Cada vez que su pie derecho golpeaba el suelo, una descarga de dolor subía desde su costado inflamado hasta su cerebro.
De repente, un silbido agudo cortó el aire.
Antes de que pudiera reaccionar, un impacto brutal la lanzó hacia adelante. Hitomi soltó un grito que desgarró la quietud del bosque. Una flecha de caza, con punta de acero estriado, le había atravesado la pantorrilla derecha, clavándola momentáneamente al suelo antes de que la inercia rompiera la madera.
—¡Agh! —Hitomi cayó de bruces, golpeándose la cara contra la tierra fría.
El dolor en su pierna era insoportable, una agonía punzante que se sumaba al fuego de su costado. Shiro, asustado por el grito y el impacto, saltó fuera de su chaqueta y corrió a esconderse bajo un matorral espeso, sus ojos amarillos brillando con puro terror desde la oscuridad.
Hitomi intentó levantarse, pero el bosque parecía haber cobrado vida a su alrededor. Las nubes, que habían mantenido al mundo en una penumbra piadosa, se abrieron de golpe, permitiendo que la luna llena bañara el claro con una luz blanca y espectral.
Fue entonces cuando los vio.
Estaba rodeada. Once figuras emergieron de las sombras, formando un círculo perfecto de muerte. En el centro, sobre una roca elevada que dominaba el claro, se encontraba Darrick. Su gabardina de cuero brillaba bajo la luna, y en su mano sostenía un arco compuesto de alta tecnología. A su lado, otros dos hombres —domadores de la Asociación, con rostros curtidos y ojos vacíos— sujetaban cadenas gruesas que tintineaban con un sonido metálico y ominoso.
Al final de esas cadenas, ocho Deeps se agazapaban, babeando, con sus garras clavadas en la tierra. Eran máquinas de matar biológicas, sus músculos tensos, esperando solo una orden para desgarrar la carne plateada de la princesa.
—Es un final un poco triste para una Valmorth, ¿no crees? —la voz de Darrick era una mezcla de burla y codicia—. Corriendo por el barro como un animal herido.
Hitomi, sentada en el suelo, se sujetaba la pierna ensangrentada. Su cabello blanco brillaba con una intensidad sobrenatural, contrastando con la suciedad y la sangre que cubrían su rostro.
—¿Quién te envió, Darrick? —escupió ella, intentando reunir la energía necesaria para invocar sus lanzas. Pero su núcleo de poder se sentía como cenizas frías.
—¿Quién no lo hizo? —Darrick rió, bajando el arco pero manteniendo la flecha nockead—. Tu querida madre, Laila, ha puesto una recompensa de 20 millones por tu cabeza. Viva o muerta, aunque preferiblemente viva para que pueda "reeducarte". Pero no es la única. Los ministros de Dinamarca, tus antiguos protectores, también han puesto precio a tu captura. Parece que tu escape causó un vacío de poder que no les gusta nada. Eres un activo nacional, Hitomi. No puedes simplemente decidir dejar de ser una herramienta.
Darrick saltó de la roca, acercándose unos pasos. —No lo hagas más difícil. Mira a tu alrededor. Estás malherida, infectada por mi rastreador y superada en número. Entrégate y te prometo que los Deeps no te tocarán... mucho.
Hitomi miró a Darrick. Miró el desprecio en sus ojos y la avaricia de sus compañeros. Recordó las palabras del anciano: no existen padres perfectos, pero el amor es lo que queda. Ella no tenía amor, pero tenía algo que su madre le había inculcado a fuego: el orgullo de la sangre.
—¿Quieres mi sangre, Darrick? —Hitomi cerró la mano sobre una piedra afilada y pesada que yacía junto a ella—. Ven a buscarla.
Con un movimiento repentino y cargado con el último gramo de fuerza de su Sexta Generación, Hitomi lanzó la piedra. No fue un lanzamiento humano; la piedra cortó el aire con la fuerza de un proyectil de artillería. Darrick, confiado en su superioridad, no reaccionó a tiempo. La piedra impactó de lleno en su ojo derecho con un sonido seco de hueso rompiéndose.
—¡MI OJO! ¡MALDIRA SEA, MI OJO! —Darrick gritó, tambaleándose hacia atrás. El impacto fue tan violento que perdió el equilibrio y cayó por el borde del barranco que bordeaba el claro, desapareciendo entre los arbustos espinosos y las rocas inferiores.
—¡MÁTENLA! —rugió uno de los otros domadores, soltando las cadenas de sus Deeps—. ¡DESPEDÁCENLA!
El claro se convirtió en un matadero. Los ocho Deeps se lanzaron al unísono, una masa de pelaje, garras y dientes.
Hitomi, impulsada por el puro instinto de supervivencia, invocó su lanza. Pero la invocación fue inestable; la luz plateada parpadeaba como una lámpara a punto de fundirse. Un Deep saltó hacia su cuello, pero ella logró girarse, recibiendo la mordida en su antebrazo izquierdo. El sonido de los dientes de la criatura hundiéndose en su músculo fue amortiguado por su propio grito de rabia.
Con el brazo atrapado, Hitomi invocó una lanza corta directamente en su mano derecha y la clavó con una fuerza salvaje a través del paladar del Deep. La punta plateada salió por la parte superior del cráneo de la criatura. El Deep se sacudió violentamente y quedó inerte, su sangre negra manchando el abrigo de Hitomi.
Pero no hubo tiempo para celebrar. Otro Deep, aprovechando que ella estaba inmovilizada por el cadáver del primero, se lanzó sobre su costado derecho. Sus mandíbulas se cerraron exactamente sobre la herida hinchada e infectada.
—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAGH!! —el grito de Hitomi fue un alarido de agonía pura que pareció sacudir los árboles.
El dolor fue tan intenso que su visión se volvió blanca por un momento. La infección explotó bajo la presión de los dientes, liberando un líquido plateado y fétido. En un arranque de locura inducida por el dolor, Hitomi invocó otra lanza, intentando ensartar al atacante, pero su puntería falló. La lanza solo rozó el lomo de la criatura, que esquivó el ataque con una agilidad diabólica.
De repente, una sombra se cernió sobre ella. Darrick, con el rostro cubierto de sangre que manaba de su cuenca vacía, había trepado de nuevo desde el barranco. Su expresión era la de un demonio. Sin decir una palabra, lanzó un puñetazo brutal que impactó de lleno en la mandíbula de Hitomi.
Ella voló hacia atrás, golpeándose contra un tronco. Sus dientes cortaron su propia lengua y el sabor metálico de la sangre llenó su boca.
—Te voy a romper cada hueso —gruñó Darrick, pateándola en el estómago.
La batalla se volvió un caos sangriento. Hitomi peleaba como un animal acorralado. Usaba sus lanzas no para luchar con elegancia, sino para apuñalar, cortar y empalar en distancias cortas. Mató a dos Deeps más, uno decapitado por un tajo ascendente y otro con el corazón atravesado, pero el costo era terrible. Su ropa estaba hecha jirones, su piel cubierta de laceraciones profundas y sus fuerzas se desvanecían con cada latido.
Los domadores restantes también se unieron a la pelea, usando látigos electrificados que quemaban la piel de Hitomi, dejando marcas negras y humeantes. Ella logró ensartar a uno de los domadores en la garganta, viendo cómo la luz se apagaba en sus ojos, pero el otro le rompió una costilla con una patada reforzada.
Al final, solo quedaba Darrick. Sus Deeps estaban muertos o moribundos, esparcidos por el claro como restos de una pesadilla. Él mismo estaba malherido; su brazo izquierdo colgaba inútil y su rostro era una máscara de carne roja. Pero Hitomi estaba peor. Estaba de rodillas, con la cabeza gacha, su sangre plateada formando un charco bajo ella que brillaba con una luz débil.
Darrick metió la mano en su bota y sacó un cuchillo táctico de acero negro, de hoja dentada.
—Esto es por mi ojo, princesa —dijo con una voz ronca.
Con un movimiento rápido, lanzó el cuchillo. Hitomi no tenía reflejos para esquivarlo. El arma se clavó profundamente en su estómago, justo por debajo del esternón.
Hitomi abrió mucho los ojos, soltando un suspiro entrecortado. El mundo empezó a girar. El frío de la noche ya no se sentía; solo una extraña y acogedora oscuridad que la llamaba por su nombre. Cayó hacia atrás, su cuerpo desplomándose sobre el suelo ensangrentado. Sus ojos se cerraron y el desmayo la reclamó.
Darrick jadeó, limpiándose la sangre del rostro con la mano que le quedaba sana. Miró el campo de batalla: un baño de sangre, miembros cercenados y el silencio que sigue a la masacre. Caminó pesadamente hacia el cuerpo de Hitomi para recoger su premio.
—Finalmente... 20 millones... —murmuró.
Pero justo cuando se inclinaba sobre ella, el bosque hizo algo imposible.
El suelo bajo los pies de Darrick vibró. No fue un terremoto; fue un movimiento orgánico. De la penumbra del follaje, unas ramas gruesas, retorcidas y cubiertas de una corteza que parecía escamas de dragón, se abalanzaron sobre él con la velocidad de una serpiente.
—¿Qué...? —Darrick no pudo terminar la pregunta.
Las ramas se enroscaron alrededor de su cintura y sus extremidades con una fuerza sobrenatural. Darrick gritó mientras era levantado en el aire. Las ramas no solo lo sujetaban; empezaron a tirar en direcciones opuestas con una violencia mecánica.
Se escuchó un sonido horripilante, como el de una fruta gigante siendo partida a la mitad. La cintura de Darrick explotó, su cuerpo dividido en dos partes de forma grotesca. Sus entrañas cayeron sobre la nieve y el barro, y sus gritos se ahogaron en un borboteo de sangre. El cazador había sido cazado por el bosque mismo.
Las ramas misteriosas, ignorando el cadáver destrozado de Darrick, se deslizaron hacia el cuerpo inerte de Hitomi. Con una delicadeza sorprendente, la envolvieron como un capullo de madera y espinas. Shiro, el gatito, salió de su escondite y maulló, siguiendo a las ramas mientras estas se retraían hacia la profundidad de la montaña, llevándose a la joven Valmorth hacia lo desconocido.
Hitomi ya no estaba en el bosque de los hombres. Había entrado en los dominios de la Base Genbu.
