Cherreads

Chapter 191 - Sangre de Plata

La estación de tren quedó atrás, envuelta en una neblina que parecía tragarse el sonido de las máquinas. Lejos de las miradas de los pasajeros, en un callejón sumido en sombras perpetuas, el hombre alto de la gabardina de cuero se detuvo. Sus cuatro acompañantes, aquellas criaturas de pesadilla llamadas Deeps, se agitaron violentamente, sus cadenas tintineando contra el suelo de hormigón.

El hombre, cuyo nombre era Darrick, sacó el pequeño alfiler de plata que había usado para herir a Hitomi. Con una parsimonia quirúrgica, extrajo la gota de sangre atrapada en la punta. El líquido no era de un rojo común; tenía un brillo mercurial, una luminiscencia que parecía pulsar con una frecuencia propia.

Darrick extendió la mano, permitiendo que sus perros salvajes se acercaran. Los Deeps olfatearon el aire con frenesí, sus fosas nasales dilatándose hasta que el sonido de su respiración llenó el callejón.

—Hablen —ordenó Darrick con una voz que no admitía réplicas—. ¿Es ella?

Uno de los Deeps, el más grande y con una cicatriz que le cruzaba el hocico, levantó la cabeza. Sus ojos amarillos brillaron con un entendimiento aterrador.

—Es... es ella —gruñó la criatura. Su voz era una distorsión de cuerdas vocales humanas, rasposa y gutural, como si las palabras le causaran dolor físico—. Es... Hitomi Valmorth. El aroma es puro... el aroma es real. Amo Darrick... la presa es legítima.

Darrick esbozó una sonrisa fría. Sacó su teléfono, un dispositivo blindado con tecnología de encriptación de las fuerzas de Dinamarca. Marcó un número rápido.

—La tengo —dijo Darrick en cuanto escuchó la conexión—. El GPS biológico ha sido implantado con éxito. La señal es estable. Se dirige hacia los bosques profundos al noreste. Avisa a las otras unidades con Deeps. Empiecen el despliegue de cerco. No queremos que llegue a las montañas. Vamos a cazar a la princesa en su propio terreno.

A kilómetros de allí, la realidad del bosque canadiense golpeaba a Hitomi con una fuerza que ningún libro de geografía podría haberle enseñado. Corrió durante horas, sus pulmones ardiendo por el aire frío, hasta que sus piernas, acostumbradas a la elegancia y no a la resistencia bruta, empezaron a temblar.

Se desplomó junto a un árbol de raíces retorcidas, jadeando. Lo primero que hizo fue buscar agua. Bebió con desesperación de su botella, dándose cuenta de que ya estaba casi vacía. La oscuridad empezaba a devorar el bosque, convirtiendo los pinos en siluetas amenazantes.

—No sé nada de esto... —susurró Hitomi, mirando sus manos sucias de barro y resina.

En la mansión, siempre había alguien para encender el fuego, alguien para filtrar el agua, alguien para asegurar el perímetro. Aquí, ella era solo una presa.

Sacó una de sus últimas latas de comida. Mientras comía mecánicamente, sintió un pinchazo persistente en su costado. Al levantarse la chaqueta y la camiseta, soltó un pequeño jadeo. El corte del alfiler, que ella pensaba que era una simple herida superficial, no había cerrado. Al contrario, la piel alrededor del pinchazo estaba ligeramente inflamada y emitía un pulso de calor rítmico. Una gota de su sangre plateada se deslizaba lentamente por su cintura.

—¿Por qué no cierra? —murmuró, frustrada.

Buscó en su memoria. Recordó a su hermano John, años atrás, en una de las sesiones de entrenamiento en el patio de armas. John siempre había tenido una fascinación por la biología y la regeneración.

"Hitomi, hermanita, nuestra sangre es un don, pero también una debilidad" e había dicho John mientras sanaba una herida en su propio brazo con solo un pensamiento. "Si no aprendes a controlar el flujo de tu energía vital, cualquier pequeña brecha puede ser un faro para los depredadores. Deja que te enseñe a cerrar el tejido".

Ella, orgullosa y distante, lo había rechazado. "Yo no soy como tú, John. Yo no necesito ser un monstruo que se remienda a sí mismo", le respondió en aquel entonces.

Ahora, en la soledad del bosque, Hitomi se arrepentía amargamente de su soberbia. Sin los conocimientos de regeneración de su hermano, estaba a merced de lo que fuera que Darrick hubiera puesto en esa aguja. Se puso una venda apretada, tratando de asfixiar la herida, pero sentía que la señal seguía emitiendo, como un faro silencioso bajo su piel.

La sensación de suciedad era insoportable para alguien criado en la pureza de los Valmorth. A lo lejos, escuchó el murmullo de agua corriente. Caminó con cautela hasta encontrar un pequeño lago alpino, cuyas aguas reflejaban la luna como un espejo de obsidiana.

—Vamos, Shiro. Necesitamos esto —dijo, sacando al gatito de su chaqueta.

Se despojó de su ropa con rapidez, sintiendo el aire gélido morder su piel. Se sumergió en el agua cristalina, soltando un gemido por el impacto del frío. Shiro maulló con fuerza, protestando mientras Hitomi usaba un poco de agua para limpiarle el pelaje de los restos de leche y polvo del viaje.

Durante unos minutos, hubo paz. El silencio del bosque era absoluto, roto solo por el chapoteo del agua. Hitomi cerró los ojos, permitiéndose olvidar por un segundo que era una fugitiva. Pero la paz fue breve.

Desde los árboles, un grupo de aves levantó el vuelo repentinamente, sus graznidos llenando el aire de una alarma instintiva.

Hitomi salió del agua de un salto, sus sentidos de Sexta Generación disparándose. Se cambió a una velocidad asombrosa, sus dedos torpes por el frío pero impulsados por el miedo. No esperó a secarse por completo; se puso la mochila, resguardó a Shiro y salió trotando entre la maleza, internándose en la espesura antes de que cualquier cosa que hubiera asustado a los pájaros pudiera encontrarla en la orilla.

Los siguientes cuatro días fueron un descenso lento hacia el agotamiento absoluto. Hitomi ya no caminaba con la gracia de una Valmorth; arrastraba los pies, sus ojos rodeados de ojeras profundas que hablaban de noches sin sueño, vigilando cada sombra, cada crujido de rama. Su mente se sentía nublada, y la herida de su cintura seguía enviando pulsos de dolor sordo.

Al cuarto día, cuando el sol empezaba a esconderse tras las cumbres, Hitomi divisó una estructura entre los pinos. Era una cabaña abandonada, con el techo de paja medio hundido y las paredes de madera grisáceas por el tiempo.

Entró con la guardia en alto, pero la cabaña estaba vacía, habitada solo por el polvo y los recuerdos de algún cazador de hace décadas. Se desplomó sobre un montón de mantas viejas en una esquina.

—Solo un poco de paz... eso es todo lo que pido —susurró, abrazando a Shiro, quien se acurrucó contra ella buscando calor.

Durante su estancia en la cabaña, Hitomi hizo un descubrimiento vital. Al intentar beber agua de un arroyo cercano, se dio cuenta de que el líquido estaba turbio. En un arrebato de instinto, invocó una de sus Lanzas Ancestrales. Al sumergir la punta plateada en un cubo con agua, la lanza comenzó a vibrar con una nota alta y pura. El agua, antes oscura, se volvió cristalina en segundos. La energía de la lanza estaba purificando el agua, eliminando las impurezas mediante frecuencias que solo un arma de su calibre podía emitir.

—Al menos no moriremos de sed, Shiro —dijo, bebiendo el agua fresca.

Pero el agua no era suficiente. Su reserva de comida enlatada se había terminado esa mañana. El hambre empezó a morderle el estómago con una ferocidad nueva.

Hitomi salió al exterior. Sabía que había conejos y ardillas en la zona, pero cazar no era como entrenar con espadas. Cada vez que intentaba acercarse a una presa, sus botas crujían sobre las hojas secas o su propia impaciencia la delataba. Los animales huían mucho antes de que ella pudiera siquiera levantar una mano.

Frustrada, Hitomi se obligó a recordar las lecciones de sigilo de Alistar. "No camines sobre el bosque, Hitomi. Conviértete en parte de él".

Después de treinta intentos fallidos, de horas de acecho silencioso y de aguantar la respiración hasta que le dolía el pecho, finalmente tuvo éxito. 

Regresó a la cabaña con la presa en la mano, triunfante por un segundo. Pero al llegar, se detuvo en seco frente a la pequeña mesa de madera.

Miró al conejo muerto. Luego miró sus propias manos.

—¿Y ahora qué? —preguntó al aire, su voz quebrándose ligeramente.

Hitomi Valmorth, la heredera de un imperio, la guerrera de Sexta Generación, no tenía ni la más remota idea de cómo despellejar un animal. No sabía cómo limpiarlo, cómo evitar los órganos que no se podían comer, ni cómo encender un fuego lo suficientemente estable para cocinarlo sin quemar la cabaña.

Se sentó en el suelo, con el conejo frente a ella, y por primera vez en su viaje, se sintió completamente inútil. El hambre era real, el peligro estaba cerca, y la distancia hacia la Base Genbu parecía extenderse infinitamente ante ella.

—Ryuusei... —murmuró, mirando hacia las montañas del norte—. Si de verdad eres una singularidad... espero que seas más fácil de encontrar que la forma de sobrevivir a esta noche.

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