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Chapter 73 - Sangre sobre la nieve

Ryuusei giró los hombros, dejando que los músculos se relajaran y, con un gesto de desdén calculadamente teatral, dejó que sus martillos de guerra cayeran al suelo con un estruendo seco sobre la nieve ensangrentada. Aiko, que había estado observando la masacre de los mercenarios restantes, se acercó, pero Ryuusei le hizo un gesto con la mano para que se mantuviera alerta y lejos.

—Voy a darte una oportunidad, Volkhov —dijo con una media sonrisa torcida, señalando al mercenario, que se levantaba con dolor, con los ojos llenos de furia—. Peleemos a puño limpio. Si te gano, vas a escucharme. Porque si lo hiciera con mis armas, o con esa estúpida teletransportación… no durarías ni quince segundos.

Volkhov arqueó una ceja y soltó una carcajada ronca, aunque su risa sonaba más bien a tos. El ofrecimiento, aunque arrogante, era un gesto de respeto al combate desnudo que no podía rechazar.

—Jajaja… me gusta tu arrogancia, chico. Muy bien, si crees que puedes contra mí sin esos juguetitos, adelante. Pero primero… —señaló la máscara de Ryuusei con un ademán—. Quítate esa cosa. No voy a romperme los nudillos contra una maldita pared de metal.

Ryuusei suspiró, su respiración se condensó en el aire helado, y, sin prisa, llevó las manos a los costados de su máscara del Yin-Yang. Un leve chasquido y el metal cayó sobre la nieve.

Por primera vez en toda la batalla, Sergei Volkhov vio el rostro de su atacante.

—… No puede ser.

Era un niño. Ryuusei no tenía más de 17 años, pero su mirada era la de alguien que había presenciado décadas de atrocidades. No había ni un atisbo de inocencia en esos ojos. Solo vacío. Solo guerra.

Volkhov sintió un escalofrío. No miedo, no. Algo peor. Un reconocimiento amargo: ese chico no debería existir en este mundo. Era una anomalía.

Pero no había tiempo para reflexionar.

El ruso se lanzó primero, su puño como un proyectil dirigido al rostro de Ryuusei. Este inclinó la cabeza con una precisión quirúrgica, y sin dudar, respondió con un golpe seco al plexo solar. Volkhov sintió cómo sus órganos se sacudían violentamente, un espasmo de dolor lo recorrió, y un hilo de sangre escapó de su boca.

No se detuvo. Giró sobre su eje y lanzó un codazo ascendente. Su impacto fue brutal, la mandíbula de Ryuusei se sacudió con un chasquido seco. Pero antes de que la fractura se asentara, su cuello volvió a su lugar con un crujido repugnante. La regeneración actuaba, pero el dolor era un castigo inmediato.

—Tch… eso es trampa —bufó Volkhov, limpiándose la sangre de los labios.

Ryuusei se relamió y escupió al suelo, su sonrisa creciendo, torcida, salvaje.

—No me culpes por ser más resistente. Deberías agradecer que no use mi verdadera fuerza.

La pelea escaló en brutalidad. Volkhov, con una maestría de combate y una fuerza física abrumadora, encadenó una ráfaga de golpes a las costillas de Ryuusei. El joven apenas se inmutó, aceptando el dolor como un peaje. En respuesta, hundió su puño en la nariz de Volkhov con un crujido espantoso. La sangre le salpicó el rostro, pero en vez de retroceder, el ruso rió con un destello de locura.

Entonces se lanzó.

Volkhov atrapó a Ryuusei en un agarre de oso con la intención de partirlo en dos con pura fuerza muscular. Un crujido sordo resonó cuando la columna del chico se dobló en un ángulo antinatural, desgarrándose. Pero antes de que el dolor lo paralizara por completo, Ryuusei enterró sus pulgares en los ojos de Volkhov.

El ruso rugió, un grito de agonía y rabia, tambaleándose con la visión teñida de rojo.

Ryuusei cayó pesadamente sobre la nieve, escupió un diente roto y sonrió con los labios ensangrentados.

—Te ves mal, Volkhov. ¿Ya quieres rendirte?

—¡Jódete! —bramó el ruso, lanzándose con todo lo que le quedaba.

El choque de sus cuerpos retumbó en la tundra, dos bestias despedazándose a puño limpio, con la nieve empapada de su sangre.

Cada golpe de Volkhov era un martillazo de dolor que Ryuusei registraba. El joven resistía, pero su regeneración, aunque lo salvaba de la muerte, lo torturaba a cada segundo. Cada hueso roto, cada músculo desgarrado, todo sanaba en un ciclo interminable de sufrimiento puro que el collar del FSB no podía mitigar por completo.

Pero no podía caer. La caída significaba la muerte de Aiko y la suya a manos de Volk.

Volkhov jadeaba, su rostro era una máscara de sangre y hematomas, pero su fuerza seguía intacta. Sus nudillos abiertos chorreaban rojo, pero su instinto de combate lo obligaba a seguir. Con un rugido primitivo, alzó a Ryuusei en el aire.

Antes de que pudiera reaccionar, sintió la rodilla de Volkhov destrozándole la espalda, en un punto crítico.

El crujido fue seco, definitivo.

El grito de Ryuusei, esta vez no de rabia, sino de dolor puro e inimaginable, desgarró la tundra. Su cuerpo cayó como una marioneta rota, incapaz de moverse. Trató de levantarse, pero su espina dorsal era polvo.

Y entonces, comenzó la regeneración forzada.

Las vértebras se soldaron a la fuerza. Los nervios se reconectaron. El dolor era el infierno en su propia carne, pero cuando su cuerpo estuvo listo, solo quedaba una cosa por hacer: terminarlo.

El ruso apenas tuvo tiempo de levantar los brazos en defensa cuando Ryuusei se le echó encima como una sombra implacable, canalizando toda la agonía en potencia.

El primer golpe le rompió la mandíbula.

El segundo le hundió el pómulo, haciendo saltar la sangre.

El tercero, un uppercut al mentón con una fuerza residual, lo apagó por completo.

Volkhov cayó. Un saco de carne inerte sobre la nieve.

Silencio.

Solo el viento ululaba, arrastrando el aroma metálico de la sangre. Ryuusei respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba rítmicamente, sus nudillos chorreaban rojo (suyo y de Volkhov). No tenía mucho tiempo antes de que los equipos de rescate del FSB llegaran.

Se arrodilló junto al ruso y le dio unas palmadas en la mejilla, despertándolo de su aturdimiento.

—Despierta, Volkhov —dijo, su voz ronca por el esfuerzo—. Necesito que me escuches.

El ruso gruñó, parpadeando con dificultad, intentando enfocar sus ojos hinchados.

—No tenemos mucho tiempo —continuó Ryuusei, su tono ahora bajo y urgente, actuando el papel del combatiente exhausto—. Volk nos está escuchando. El Ministro de Defensa y, créeme, un agente de alta seguridad están atentos a esta conversación a través de micrófonos ocultos. Si te hablo de planes de escape o traición, lo sabrán.

Volkhov frunció el ceño, todavía aturdido, pero la mención de Volk y el FSB lo centró.

Sin más, Ryuusei sacó un papel y un lápiz de su bolsillo. Aiko, comprendiendo la jugada, se acercó para cubrir su flanco, simulando ayudarlo a incorporarse.

Ryuusei comenzó a escribir con rapidez sobre el papel ensangrentado, la letra apenas legible.

—Lee rápido. Actúa como si me estuvieras insultando. Dime si estás dentro, con un simple asentimiento.

Volkhov, con la respiración entrecortada y un dolor punzante en todo el cuerpo, dirigió la mirada al papel que Ryuusei le tendió, sujetándolo con su mano ensangrentada.

Y en cuanto sus ojos recorrieron las palabras escritas por el "niño" que no podía morir, su expresión cambió por completo: el terror se convirtió en una fría y calculadora determinación. Ryuusei no estaba allí para cazarlo.

Estaba allí para reclutarlo.

Desde un búnker subterráneo de alta seguridad en las afueras de Moscú, Dimitri Ivanov observaba la escena de la tundra a través de las cámaras de seguridad cifradas y las imágenes satelitales. La nieve roja, los cuerpos destrozados, el caos. Ryuusei estaba justo donde lo querían: debilitado, vulnerable y, lo peor de todo, intentando traicionarlos.

—Señor, Ryuusei acaba de silenciar su micrófono de solapa —informó un operador, con un tono de voz nervioso.

Dimitri apretó los dientes. A su lado, el Agente Rubosky gruñó con desprecio, su rostro arrugado por la furia.

—Dimitri, ¿lo está haciendo? —preguntó Rubosky, con un veneno apenas contenido en la voz.

En la línea, un hombre de tono gélido, el tipo de voz que solo tienen los ejecutores del FSB, respondió:

—Sí, Comandante. Ryuusei está escribiendo algo para Volkhov. Parece un mensaje. Y Aiko… sigue luchando junto a los soldados de Petrov. La estamos conteniendo.

Rubosky golpeó la mesa con furia.

—Ese mocoso… Lo entrenamos, le dimos una oportunidad de ser una herramienta valiosa… ¡Y ahora nos traiciona! ¿Cree que puede escapar de nosotros?

Dimitri permaneció en silencio. Sabía lo que venía. Un activo de tal calibre, si mostraba deslealtad, debía ser eliminado para mantener el control.

—Vuélenle la cabeza —ordenó Rubosky. La voz le salió como un latigazo—. Y a la niña también. Ahora mismo.

—Entendido.

La tundra permanecía en un extraño silencio, solo roto por los gemidos de los heridos. Volkhov, aún aturdido y adolorido, miró con desconfianza a Ryuusei. El dolor era insoportable, pero algo en la insistencia del joven lo inquietaba. Ryuusei podría haberlo matado, pero en vez de eso, intentaba convencerlo.

—¿Por qué tanto interés en que escuche? —murmuró Volkhov, con el ceño fruncido, su voz ronca.

Pero antes de recibir una respuesta, el cuerpo de Ryuusei se sacudió de repente.

Un sonido seco y repulsivo, como una cáscara rompiéndose, retumbó en el aire.

Su cabeza estalló en una lluvia de sangre, fragmentos de cráneo y masa encefálica, esparciendo restos sobre la nieve. El ataque había sido remoto, activando un micro-explosivo.

Volkhov se quedó helado, bañándose en una lluvia tibia de restos orgánicos. Su primer pensamiento fue que Volk había ganado.

Pero lo peor no fue la ejecución.

Lo peor fue que el cuerpo de Ryuusei no se detuvo.

Su mano, que sostenía el lápiz y la nota, seguía moviéndose. Trazos erráticos, desesperados, pero aún legibles en el papel empapado en sangre. El cuerpo luchaba por cumplir una última voluntad mientras la regeneración comenzaba a actuar desde el cuello.

Volkhov sintió un escalofrío que no pudo suprimir. Era imposible.

Esto no es humano.

Retrocedió instintivamente, mirando el cadáver sin cabeza que aún se resistía a morir.

Desde el búnker, Volk también lo vio a través de las cámaras.

—¡Mátalo otra vez! ¡Mátalo hasta que no quede nada! —vociferó Rubosky, golpeando la mesa con rabia, la disciplina militar hecha trizas ante tal aberración biológica.

Un operador titubeó antes de responder:

—Señor… el collar explosivo solo se activa una vez. El segundo pulso solo ha frenado la regeneración, no la ha detenido. La regeneración se ha detenido temporalmente, pero volverá con fuerza en media hora.

Media hora. Ese era el margen que Volkhov tenía para actuar.

Dimitri no respondió de inmediato. Observaba la escena con una mezcla de fascinación y un terror frío. Ryuusei no estaba muerto. Su cuerpo aún se movía. Su voluntad de hierro era tal que trascendía la muerte biológica.

Lo que nadie entendía, ni siquiera Rubosky, era que Ryuusei no quería simplemente escapar. Él sabía que Volkhov lo veía como un enemigo. Pero si lograba hacerle entender la verdad, si lograba que viera más allá de la guerra, todo podría cambiar.

Volkhov miró el papel con incredulidad. La letra era errática, escrita con la desesperación de alguien que sabía que estaba muriendo, pero cada palabra tenía un propósito.

Las primeras líneas eran impactantes:

"Sácame el collar del cuello. Hazlo rápido." "Córtame la mano derecha y llévatela contigo. Contiene un rastreador. Volk debe creer que morí y que me estás llevando el trofeo." "Déjame aquí. Confía en mí. Mi regeneración se encargará del resto en 30 minutos."

Volkhov sintió un nudo en el estómago. La frialdad de las órdenes era escalofriante.

Su mirada se deslizó a las últimas líneas, las más difíciles de procesar:

"Baja al campo de batalla." "He oído que nunca fallas un disparo." "Busca a una niña de cabello plateado. Se llama Aiko." "Grita su nombre." "Y córtale la cabeza."

Los dedos de Volkhov se crisparon.

—¿Qué demonios…? —susurró, sintiendo un escalofrío de traición absoluta.

Pero había algo en ese mensaje… algo en la forma en que Ryuusei había gastado sus últimos segundos asegurándose de que él lo leyera. Si Ryuusei realmente estaba en su contra, si solo era un peón del Kremlin, ¿por qué arriesgarse así? ¿Por qué escribir "confía en mí"?

Volkhov negó con la cabeza, pasándose una mano por el rostro.

—No tiene sentido…

Pero sus ojos bajaron una vez más al papel.

"Para que no te reconozcan, usa mi máscara. Tiene un poder especial: te hará pasar desapercibido." "Rompe la cámara de mi bolsillo. Y también la que nos vigila." "Nos están observando. Ahora."

Volkhov parpadeó. Entendió. El silencio y la nota eran la prueba de la vigilancia total del FSB.

Si esto era una trampa, entonces ya lo habían atrapado. Pero si no lo era… la alternativa era una alianza impensable, una traición a gran escala.

No tenía tiempo para dudar.

Con un gruñido, se inclinó sobre el cuerpo inerte de Ryuusei y, con un corte limpio de su cuchillo, le cercenó la mano derecha (la extremidad más probable para contener un microchip de rastreo, pensó). La mano cayó sobre la nieve con un sonido húmedo. Volkhov la recogió y la guardó en su chaqueta de inmediato.

Luego, sin dudar, le arrancó el collar del cuello. Una pequeña luz roja parpadeó una vez… y luego se apagó.

Acto seguido, sacó la micro-cámara del bolsillo de Ryuusei y la estrelló contra el suelo con su bota. Luego levantó la vista hacia una de las torres de vigilancia. Una cámara de seguridad giraba lentamente, rastreando la escena. Apuntó con su arma y disparó.

El vidrio estalló.

Los ojos de Volkhov recorrieron el paisaje congelado.

Era su momento de moverse.

Con una última mirada al cuerpo que aún se regeneraba lentamente, se puso la máscara del Yin-Yang.

El aire a su alrededor pareció cambiar. Su presencia se volvió más ligera, menos perceptible, como si el mundo lo estuviera ignorando. Sintió que la vigilancia se desvanecía. No entendía cómo, pero la máscara de Ryuusei poseía un poder anómalo de camuflaje que superaba la tecnología.

Respiró hondo. La última orden era clara. Tenía que encontrar a Aiko.

Volkhov avanzó por el campo de batalla como un espectro de la muerte. La máscara del Yin-Yang, manchada con los restos de la cabeza de Ryuusei, lo convertía en un fantasma invisible. Su presencia se había vuelto ligera, una anomalía que las cámaras de vigilancia y el ojo humano luchaban por registrar. Se movía con la fluidez de un verdugo cuyo juicio caía con cada disparo, un castigo preciso en medio del caos.

Su mente, aunque experimentada en la guerra, estaba fracturada. Acababa de obedecer las órdenes escritas de un cadáver que aún se regeneraba en la nieve, y llevaba una mano cercenada como un trofeo sangriento.

Uno de los pocos hombres de Volk que aún resistía intentó refugiarse detrás de un vehículo destrozado. Volkhov ajustó la mira. Disparó. La bala perforó el metal como si fuera papel y se hundió con precisión en la garganta del soldado. El hombre se desplomó, ahogándose en su propia sangre.

Otro soldado intentó huir a través de los escombros humeantes. Volkhov disparó a su rodilla, inutilizando su escape. El grito de dolor se ahogó en el rugido distante de la batalla. Caminó hasta él con una calma terrible, como si la guerra no existiera a su alrededor. Sin dudar, le pisó la cabeza y le disparó a quemarropa. La nieve, antes blanca, absorbía la sangre con una avidez implacable.

La carnicería continuó. Sus balas eran precisas, su puntería impecable. Uno tras otro, los soldados del FSB y los mercenarios caían. Volkhov era una tormenta silenciosa de muerte, moviéndose con la velocidad y la sutileza que la máscara del joven le otorgaba. En cuestión de minutos, una docena de cuerpos yacía a su alrededor, sin que una sola bala lo tocara, reforzando la idea de que "Ryuusei" había cambiado su lealtad y ahora era una fuerza imparable.

Y entonces la vio.

Una figura se movía entre los soldados con una gracia letal, una bailarina de la muerte.

Aiko.

Su espada negra danzaba, cortando carne y hueso como si fueran mantequilla. Un soldado intentó dispararle por la espalda. Ella giró, deslizándose bajo su brazo, y con un tajo limpio lo partió en dos a la altura del pecho. Sus órganos cayeron al suelo con un sonido húmedo, un espectáculo grotesco.

Volkhov se detuvo, fascinado y horrorizado por el espectáculo de muerte que ella representaba.

—Aiko…

Disparó a los dos últimos enemigos que quedaban entre ellos y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, la llamó, su voz ligeramente amortiguada por el metal de la máscara.

—¿Eres tú?

La niña giró lentamente. Su espada aún goteaba sangre. Su mirada era fría, calculadora, completamente vacía de remordimiento.

—Sí —respondió, su voz tranquila contrastando con la masacre a sus pies.

Todo iba según el plan.

Hasta que una voz ronca y llena de incredulidad los interrumpió.

—¡Oye, Ryuusei! ¡Alto ahí!

Volkhov se tensó.

El comandante Petrov avanzaba, cojeando y con el ceño fruncido. Algo no encajaba en su mente: ¿por qué "Ryuusei" estaba junto a una niña que acababa de masacrar a sus propios hombres de la Guardia de Honor?

Petrov no llegó a articular su pregunta.

Aiko se movió como un relámpago, su velocidad superaba la capacidad de reacción del comandante.

Su espada descendió con precisión quirúrgica, un destello negro.

Un tajo.

Ambas piernas de Petrov cayeron al suelo, separadas de su cuerpo. La carne se abrió en una explosión de sangre. Los huesos se astillaron.

El comandante cayó de espaldas, su grito desgarrador cubierto por el estruendo de un helicóptero que se acercaba.

La nieve blanca se convirtió en un charco carmesí que se expandía rápidamente.

Volkhov dio un paso atrás, atónito. La acción fue innecesaria, un acto de venganza pura, no de estrategia.

—¡¿Por qué lo mataste?! —exclamó Volkhov.

Aiko ni siquiera parpadeó. Limpió su espada contra la nieve antes de envainarla.

—Rápido. Tenemos que seguir el plan de Ryuusei antes de que me dé pena por este imbécil. Él se lo merecía. No hay tiempo para debatir mi moral.

Desde la distancia, se escucharon gritos, más agudos que antes.

—¡La soldado Aiko nos está traicionando! ¡Dispárenle! ¡Conténganla!

Las balas comenzaron a volar a su alrededor, levantando chorros de nieve. No había tiempo para dudar ni para la moralidad.

Las balas silbaban a su alrededor mientras Volkhov y Aiko corrían entre los escombros y cadáveres. La nieve, teñida de rojo, absorbía la sangre. La adrenalina los mantenía en movimiento, pero el frío y el cansancio empezaban a hacer mella.

Aiko miró a Volkhov de reojo y gruñó, su respiración agitada:

—Dime exactamente qué decía el papel, Volkhov. Necesito la confirmación de la fase final.

El ruso respiró hondo, tratando de calmar su pulso.

—Decía que te encontrara… que te llamara por tu nombre… y la última parte… —vaciló—... decía que me llevara tu cabeza para que creyeran que he neutralizado a las amenazas.

Aiko soltó una risita sarcástica, que sonó perturbadora.

—¡Vaya! Ryuusei siempre tiene formas extrañas y dramáticas de salvarnos. Es la única forma de que nos den por muertos o fuera de combate.

Volkhov no respondió. Todavía no comprendía la magnitud del plan. Pero antes de que pudiera preguntar, Aiko se detuvo de golpe y lo miró directamente a los ojos, su expresión pasando de la burla a la seriedad más absoluta.

—Escucha bien, Volkhov. Necesitas un trofeo para irte. Esto es lo que él llamó "la magia".

Volkhov frunció el ceño.

—¿De qué demonios hablas?

Aiko no le dio tiempo de procesarlo. Se inclinó hacia él y susurró algo que le heló la sangre.

—Mátame. Hazlo ahora. Y llévate mi cabeza.

Un escalofrío recorrió la espalda de Volkhov. Había matado a miles de personas en su vida, pero esto era diferente: era la ejecución de una niña que acababa de sellar una alianza de vida o muerte.

—Nos están viendo, Volkhov —susurró Aiko con una tranquilidad escalofriante, señalando un punto alto en una colina cercana donde una cámara resistía—. Si no lo haces, explotarán mi cabeza con el mismo pulso que usaron contra Ryuusei… y la tuya también, porque habrás fallado.

Volkhov sintió que el estómago se le revolvía. La única razón por la que no había sido volado era por la fe absoluta de Ryuusei en su capacidad de cumplir las órdenes más grotescas. Aiko estaba acostumbrada a esto. Para ella, recibir heridas letales era parte del juego, un inconveniente temporal. Pero él…

—No hay tiempo para dudar. Hazlo, Volkhov. Ahora.

El ruso apretó los dientes. El pulso le temblaba. Todo en su instinto gritaba que no lo hiciera. Pero no había opción. La lealtad a la supervivencia, el miedo a Volk y la fe en el monstruo que lo había reclutado, se impusieron.

Con un grito ahogado que la máscara distorsionó, levantó el cuchillo de combate.

Un solo tajo limpio, rápido.

La cabeza de Aiko se separó de su cuerpo.

La sangre brotó en una fuente grotesca. El cuerpo sin vida de la niña cayó pesadamente sobre la nieve, que la abrazó como un sudario carmesí.

Volkhov sostuvo la cabeza con manos temblorosas. Su respiración era errática. No podía procesarlo. Nada de lo que había vivido lo había preparado para esto. Por un microsegundo, sintió una vibración, una ligera contracción en el tejido que sostenía: la "magia" de Aiko estaba empezando.

Mientras tanto, en el cuartel general, la escena se transmitía en una pantalla gigante.

Rubosky observó la decapitación con una satisfacción oscura y fría. Dimitri tragó saliva, nervioso, sintiendo un escalofrío al ver el pragmatismo despiadado de Volkhov.

Finalmente, el Ministro de Defensa rompió el silencio.

—Se cumplió lo que más temíamos… traición —su voz era una sentencia—. Volkhov ha tomado la decisión correcta y ha eliminado la amenaza de la niña. Pero Ryuusei es demasiado peligroso.

El Presidente, con el rostro blanco, golpeó la mesa con el puño.

—Cierren todas las fronteras. Bloqueen las aerolíneas. El Agente Volkhov es un héroe. Se le otorga la amnistía y un ascenso instantáneo. Su misión es simple: encontrar el cuerpo de Ryuusei y traerlo intacto. Nadie entra. Nadie sale. Inicien el protocolo de Caza Masiva.

Las órdenes comenzaron a ejecutarse de inmediato. Rusia entera se preparaba para una cacería sin precedentes.

Mientras tanto, Volkhov, con la cabeza de Aiko en sus manos, comprendió que ya no había vuelta atrás. Con la mano cercenada de Ryuusei en su chaqueta y la cabeza de Aiko como prueba, había cruzado la línea. Corrió hacia un vehículo de transporte destruido, activó las balizas de emergencia para simular una evacuación fallida, y se lanzó a la oscuridad de la tundra, convertido en un fugitivo que, a los ojos de Volk, ahora era un leal operativo del FSB en una misión de venganza.

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