El cielo de Shibuya se partió en dos.
Una luz dorada descendió como una maldición celestial, envolviendo la ciudad en un resplandor cegador. El impacto fue brutal: los edificios estallaron en pedazos, el asfalto se abrió en grietas gigantescas, y los autos volaron como juguetes rotos. El aire olía a ozono y carne chamuscada.
En el centro de la devastación, dos figuras emergieron.
Aurion, el Guardián Supremo de Japón, flotaba sobre la destrucción con su capa ondeando como el estandarte de un rey absoluto. Su armadura dorada, empapada por la sangre de incontables heraldos que había eliminado de paso, relucía con una luz impía. Sus ojos eran pozos de juicio inquebrantable.
A su lado, Arcángel, el Guerrero Celestial, extendía sus alas de luz pura, pero su presencia distaba de ser reconfortante. La lanza en su mano latía con una sed inhumana. Su rostro era inmutable, pero su mirada contenía una emoción velada: desprecio.
Ryuusei escupió sangre al suelo y se puso su mascara del Yin Yang a pesar de todo lo que había pasado. Su cuerpo, cubierto de cortes profundos y quemaduras, apenas se sostenía en pie. Aiko, con la espada, sentía el peso de su propia respiración, cada bocanada un recordatorio de que estaban vivos… por ahora.
—Nos encontraron —susurró Aiko, con los nudillos blancos sobre la empuñadura.
—No. Vinieron por nosotros. —Ryuusei giró la cabeza y escupió un diente roto. Sonrió. Era una sonrisa rota.
De pronto, un crujido enfermizo recorrió su mandíbula. Pequeños fragmentos óseos comenzaron a emerger de su encía, retorciéndose como raíces que perforaban su carne. Un dolor agudo lo atravesó, como si una aguja ardiente le atravesara el cráneo.
—Tch… maldita sea… —murmuró, sintiendo cómo el nuevo diente se acomodaba lentamente en su lugar, su boca llenándose con el sabor metálico de su propia sangre.
A pesar del dolor, su sonrisa solo se hizo más amplia.
Aurion descruzó los brazos, su voz sonó como un trueno en medio de la masacre.
—Ustedes criminales han asesinado, han destruido gran parte de esta zona, han profanado el orden de este mundo. Y ahora, la justicia ha venido por ustedes.
Arcángel giró su lanza con un movimiento elegante, casi perezoso.
—No hay redención para ustedes. Solo la purificación a través del fuego.
El aire se volvió insoportable. La presión hizo que los huesos de Ryuusei crujieran. Pero él sonrió de nuevo, esta vez con un brillo de locura en los ojos.
—Entonces, vengan y tómenlo.
El suelo explotó.
Aurion se desvaneció en un parpadeo y apareció frente a Ryuusei. Antes de que este pudiera reaccionar, un puño envuelto en fuego dorado lo atravesó. No fue un golpe. Fue una ejecución.
Un estallido de carne y hueso resonó en el aire cuando la piel de su abdomen se desgarró como papel húmedo. El impacto destrozó sus costillas en un crujido nauseabundo, fragmentándolas en astillas que se clavaron en sus pulmones y órganos internos.
—Qué… mierda… mi estómago… —Ryuusei jadeó, su voz apenas un gorgoteo ahogado entre la sangre que inundaba su tráquea.
Un vómito espeso y rojo brotó de su boca mientras su cuerpo era lanzado como un muñeco de trapo, dejando un rastro de vísceras y sangre en el aire. Su espalda atravesó el primer edificio, sus huesos partiéndose con cada choque contra las vigas de acero y concreto. Otro impacto. Más sangre. Más fracturas. Su brazo izquierdo se dobló en un ángulo imposible cuando su cuerpo perforó un tercer edificio, dejando una grieta carmesí en las paredes, de paso se podían ver como sus entrañas expuestas temblaban con cada respiración forzada.
El cuerpo destrozado de Ryuusei yacía entre los escombros, temblando espasmódicamente. La sangre empapaba el suelo bajo él, formando un charco denso y oscuro. Su visión era un torbellino de rojo y negro, pero no estaba muerto. No todavía.
Entonces, la regeneración comenzó.
Un dolor insoportable lo atravesó como un millar de cuchillos ardientes cuando sus órganos triturados comenzaron a reconstruirse. Sus pulmones, perforados y colapsados, se hincharon de nuevo, empujando fuera las astillas de hueso incrustadas en su carne. Sintió cada una de ellas desgarrando sus tejidos al salir, como agujas ardientes clavándose en su interior.
Su abdomen se contrajo violentamente cuando su intestino, hecho jirones, empezó a tejerse de vuelta. Los músculos desgarrados se retorcieron como serpientes vivas, cerrando la horrenda herida en su torso. Un nuevo estómago se formó con pulsaciones nauseabundas, burbujeando con restos de sangre coagulada y bilis.
—Ghh… ¡Mierda! —escupió un grito ahogado cuando su columna, rota en varios puntos, se enderezó con un crujido macabro. Un dolor eléctrico recorrió su espalda mientras cada vértebra se colocaba en su sitio, forzando su cuerpo a arquearse en un espasmo involuntario.
Luego vino el diente. Un dolor punzante le perforó la encía cuando un nuevo colmillo emergió, empujando el diente roto con lentitud. Sintió cada milímetro desgarrando la carne, abriéndose paso entre la sangre y el hueso.
Finalmente, su piel se cerró sobre las heridas, pero dejó tras de sí un rastro de venas ennegrecidas y cicatrices aún ardientes. Ryuusei se quedó allí, jadeando, con el cuerpo aún convulsionando por los resquicios de dolor.
Aiko ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de que Arcángel apareciera detrás de ella. Un chasquido de su ala y el hombro izquierdo de Aiko explotó en una lluvia de sangre y carne calcinada.
—¡Aghh! —el grito de Aiko se ahogó en su propia sangre cuando la lanza de Arcángel perforó el suelo donde estaba un instante antes.
Se tambaleó hacia atrás, su brazo colgando como un despojo inútil, y se lanzó con todo lo que le quedaba. Su espada negra silbó en el aire, cortando el viento con precisión letal.
Pero Arcángel solo levantó la mano y atrapó la hoja entre sus dedos.
Aiko sintió un escalofrío de puro terror cuando el ser celestial inclinó la cabeza, con una sonrisa apenas perceptible.
—Patético.
Antes de que pudiera reaccionar, su ala de luz la impactó con la fuerza de un meteorito. Su cuerpo fue lanzado como una muñeca rota, golpeando el pavimento con un impacto que destrozó el suelo. Sus huesos crujieron como ramas secas.
El dolor era insoportable. Cada nervio de su cuerpo ardía con la pureza divina que la estaba corroyendo desde adentro.
A lo lejos, entre los escombros y la sangre, Ryuusei se removió. Sus músculos estaban como nuevos pero el aun no estaba acostumbrado a la regeneración dolorosa.
Aurion aterrizó suavemente frente a él. Sin rastro de esfuerzo, sin rastro de duda.
—Resistes. Pero no lo suficiente.
Antes de que pudiera reaccionar, Aurion le atravesó el pecho con su mano desnuda.
Ryuusei sintió cómo sus entrañas eran aplastadas, las costillas se partieron nuevamente con un crujido grotesco y los órganos internos fueron triturados en el proceso. Un espasmo violento recorrió el cuerpo de Ryuusei cuando sintió los dedos de Aurion hundiéndose en su caja torácica, envolviendo su corazón aún latiendo.
—Mira cómo se aferra a la vida —murmuró Aurion con una sonrisa sádica, apretando el órgano palpitante como si fuera una fruta madura.
El dolor era indescriptible. Ryuusei intentó respirar, pero un silbido burbujeante escapó de su garganta; sus pulmones estaban perforados. Un jadeo agónico brotó de su boca junto con una lluvia de sangre oscura, salpicando el rostro de Aurion, quien ni siquiera se molestó en limpiarla.
—Débil —susurró, y con un tirón brutal, arrancó uno de los pulmones de Ryuusei.
Un sonido húmedo y repugnante llenó el aire cuando la carne se desgarró y las arterias se rompieron, esparciendo sangre en todas direcciones. Ryuusei sintió su pecho vacío, el frío de la muerte filtrándose en su cuerpo mientras su visión se volvía borrosa. Pero Aurion no había terminado.
Levantó el pulmón aún tibio frente al rostro de Ryuusei y lo apretó lentamente, haciéndolo crujir y colapsar como un globo desinflándose. La sangre y los fragmentos de tejido goteaban entre sus dedos mientras la vida se escapaba del órgano.
—Dime, ¿cómo se siente ahogarte en tu propia sangre? —susurró Aurion, dejando caer el órgano deshecho al suelo con un sonido húmedo y repulsivo.
Los ojos de Ryuusei se desenfocaron, su conciencia flotó en el abismo. Su cuerpo tembló, incapaz de procesar el dolor que lo consumía, su corazón forcejeando por seguir latiendo en el puño de su enemigo.
Ryuusei yacía en el suelo, su cuerpo una ruina sangrienta de lo que alguna vez fue. Sus extremidades temblaban de manera incontrolable, un reflejo involuntario de su sistema nervioso colapsando ante el trauma. La sangre empapaba el suelo a su alrededor, formando un charco espeso que burbujeaba con cada respiración agonizante.
Sus ojos, antes llenos de fuego y desafío, ahora eran dos abismos vidriosos de sufrimiento. La pupila derecha temblaba erráticamente, desenfocada, mientras que la izquierda apenas se mantenía abierta, inyectada en sangre y con el globo ocular medio salido de su órbita. Un hilo de lágrimas y sangre resbalaba por su mejilla, mezclándose con el sudor frío que cubría su piel.
Su boca estaba entreabierta, pero no por voluntad propia. Su mandíbula temblaba, los dientes rotos se clavaban en su lengua partida, y cada intento de respirar solo lo hacía ahogarse en su propia sangre. Un sonido burbujeante y rasposo escapaba de su garganta con cada jadeo, como el estertor de un moribundo.
Su pecho subía y bajaba de forma errática, pero el lado izquierdo apenas se movía. Una enorme cavidad ennegrecida y humeante marcaba el lugar donde antes estaban sus órganos, y cada leve movimiento hacía que nuevos hilos de sangre y vísceras resbalaran de la herida abierta.
La piel de sus manos se había vuelto cenicienta, sus dedos se crispaban como garras de un cadáver reciente. Sus uñas, quebradas y llenas de sangre coagulada, rasguñaban débilmente el suelo en un intento desesperado de aferrarse a algo, cualquier cosa, para no ser arrastrado al vacío de la muerte.
Pero lo peor eran sus ojos. No solo por el dolor o la agonía. En ellos había algo más: terror. No el miedo a la muerte, sino el horror de sentir su propio cuerpo fallarle, de darse cuenta de que su vida se escurría como arena entre los dedos.
El gran Ryuusei, el guerrero imparable, estaba reducido a un amasijo de carne temblorosa, atrapado en su propia desesperación.
Aurion sonrió con una frialdad monstruosa mientras se inclinaba sobre el cuerpo agonizante de Ryuusei. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de su mandíbula, y con un tirón seco, la arrancó de su rostro como si fuera la tapa de una caja rota. Un chorro de sangre oscura brotó en todas direcciones, empapando las manos de Aurion y cubriendo el suelo con pedazos de carne y dientes destrozados.
Ryuusei intentó gritar, pero solo emitió un gorgoteo ahogado. Su lengua colgaba de su boca mutilada, temblando espasmódicamente. Sus ojos, llenos de dolor y un terror indescriptible, buscaron desesperadamente algo, cualquier cosa, en la distorsionada visión que le quedaba. Pero Aurion no había terminado.
—No desvíes la mirada. —Su voz era un susurro cruel.
Con una precisión escalofriante, Aurion hundió dos dedos en los ojos de Ryuusei. La resistencia de los globos oculares duró solo un instante antes de que explotaran en una mezcla repulsiva de humor vítreo y sangre. La cavidad ocular quedó vacía, un agujero negro de carne destrozada y fluidos espumosos. Ryuusei se convulsionó, su cuerpo traicionándolo en un espasmo de puro sufrimiento.
Y entonces, Aurion decidió terminar el espectáculo.
Sin soltar su presa, su energía dorada se concentró en sus manos, acumulándose hasta que el aire alrededor comenzó a arder. En un segundo, la explosión se desató desde dentro del cuerpo de Ryuusei.
El torso se hinchó grotescamente antes de estallar en una lluvia de vísceras y huesos pulverizados. La cabeza, ya destrozada, se desintegró en un amasijo de carne carbonizada. Los brazos fueron despedazados, sus fragmentos volaron por el aire como restos de una piñata infernal. El sonido de los órganos explotando y la carne desgarrándose resonó como un trueno ensordecedor, cubriendo todo con un rocío espeso de sangre y restos calcinados.
Solo quedaron las piernas de Ryuusei, de pie por un breve instante antes de colapsar pesadamente entre la pila de restos chamuscados.
Aurion observó su obra maestra con una sonrisa satisfecha.
—Este es mi poder absoluto —susurró Aurion—. La fuerza de un dios en la Tierra.
— Ahora le toca a esa niña — Diciéndolo fríamente
Aiko, con lágrimas de furia en los ojos, intentó moverse. Cada aliento era una daga en sus costillas rotas, y su cuerpo temblaba entre la impotencia y el dolor insoportable. Su garganta quemaba, pero aun así gritó con toda la fuerza que le quedaba:
—¡RYUUSEI!
Aurion desvió la mirada hacia ella, con una expresión de fría indiferencia. Luego, observó los restos destrozados de Ryuusei, su boca esbozando una sonrisa burlona.
—¿Con que así se llamaba? —musitó, dándole un último vistazo a las piernas inertes que habían quedado de su oponente—. No importa. No era más que un saco de carne testarudo.
—Mi compañero Arcángel y yo te daremos una muerte rápida. Deberías sentirte honrada. —Aurion inclinó la cabeza, su tono goteando desdén.
Arcángel alzo su lanza celestial, la cual vibraba con una energía pura e implacable. Aiko sintió un escalofrío recorrer su espalda al ver la silueta del guerrero aproximarse. Sabía que su destino estaba sellado. Pero incluso en su agonía, no apartó la vista. No permitiría que su última imagen fuera la de aquellos monstruos celebrando su victoria.
El grito de Aiko encendió algo en su interior.
En el campo de batalla, Aiko sentía la tensión en el aire. Rodeada por Arcángel y Aurion, con la presión del combate pesando sobre sus hombros, sabía que solo tenía una opción: desatar todo su poder. Gracias a los arduos entrenamientos con Ryuusei en la mansión, había aprendido a controlar su Modo Berserker, pero usarlo en una batalla real era otra historia.
Aiko apenas había terminado de liberar su Modo Berserker cuando un golpe demoledor de Arcángel le impactó en el estómago. La fuerza de la embestida fue tan brutal que su cuerpo se dobló sobre sí mismo, sintiendo cómo sus órganos se comprimían y su columna crujía. Un chorro de sangre escapó de su boca mientras su respiración se detenía por unos instantes.
Sin darle tiempo a reaccionar, Arcángel giró su lanza divina con una destreza inhumana y la hundió en el costado de Aiko. La hoja reluciente perforó carne y hueso con facilidad, haciendo que su sangre salpicara el suelo en un charco carmesí. La chica rugió de dolor, pero su regeneración entró en acción al instante, cerrando la herida en cuestión de segundos.
—No importa cuántas veces lo intentes —susurró Arcángel con una frialdad aterradora—. No eres rival para mí.
Aiko rechinó los dientes y con un alarido de furia levantó su espada del Heraldo Negro, desatando una onda oscura que partió el aire. Arcángel esquivó con agilidad sobrehumana, pero antes de que pudiera contraatacar, Aiko lanzó una serie de cortes enloquecidos, cada uno con suficiente fuerza para dividir montañas. Su espada dejaba un rastro de energía negra mientras desgarraba el suelo, creando profundas grietas.
Pero Arcángel no era alguien a quien pudieran derrotar con un arrebato de rabia. Con una elegancia aterradora, desvió cada golpe con su lanza, bloqueando con precisión quirúrgica. En un parpadeo, giró sobre su propio eje y lanzó una estocada a la pierna de Aiko. La lanza perforó su muslo de lado a lado, haciéndola tambalear.
—¡Maldito…! —gruñó Aiko, intentando dar un corte descendente con toda su fuerza.
Arcángel sonrió con desprecio. Antes de que la espada pudiera tocarlo, le propinó una patada directa al rostro, haciendo que su cabeza se sacudiera violentamente. Un crujido se escuchó cuando su nariz se fracturó, y la sangre comenzó a gotear sobre su boca.
Aiko intentó recomponerse, pero Arcángel no le dio tregua. Agarró su lanza con ambas manos y la estrelló contra su abdomen, incrustándola con tal fuerza que la punta emergió por su espalda. Un gemido ahogado escapó de sus labios mientras su cuerpo convulsionaba.
—No eres más que una niña jugando a ser una diosa —Arcángel susurró con desprecio—. Y este es tu final.
Con un solo movimiento, arrancó la lanza de su cuerpo, desgarrando carne y órganos en el proceso. Aiko cayó de rodillas, jadeando, su regeneración trabajando frenéticamente para mantenerla con vida.
Pero antes de que pudiera siquiera levantar la vista, un destello dorado se precipitó hacia ella. Aurion, el segundo héroe, descendió como un cometa. Su puño cubierto en energía sagrada impactó con la fuerza de un meteorito, hundiendo la cabeza de Aiko contra el suelo. El impacto fue tan fuerte que la tierra se partió en un radio de varios metros, levantando una nube de polvo y escombros.
Cuando la nube se disipó, Aiko estaba allí, boca abajo en un cráter, su cuerpo temblando. Su piel estaba llena de grietas, como si su propia regeneración ya no pudiera seguir el ritmo de los ataques. Sus ojos inyectados de sangre miraron a Aurion con rabia, pero este solo suspiró con indiferencia.
—Eres persistente, lo admito —dijo Aurion, levantando su pierna—. Pero ya perdiste.
Y con una fuerza monstruosa, estrelló su pie contra la columna de Aiko, rompiéndola con un chasquido escalofriante.
Su grito desgarrador resonó en el campo de batalla. Pero no hubo piedad. Arcángel se acercó y apuntó con su lanza directamente al corazón de Aiko, dispuesto a acabar con su vida de una vez por todas.
—Es hora de que desaparezcas.
Con un movimiento letal, Arcángel lanzó su estocada final.
El filo de la lanza de Arcángel descendió como un relámpago, directo al corazón de Aiko. En el último segundo, su instinto de supervivencia la obligó a girar el torso con un espasmo inhumano, logrando que la punta solo perforara su costado en lugar de atravesarle el pecho.
Pero la esquiva no fue perfecta. Aurion, que aún tenía su pie sobre su espalda, no la dejó escapar ilesa. Con la velocidad de un depredador, su puño envuelto en energía sagrada cayó sobre su rostro.
¡CRACK!
El impacto fue brutal. El ojo izquierdo de Aiko explotó dentro de su cuenca con un sonido húmedo y repulsivo, dejando una cavidad sangrienta donde antes había estado su iris carmesí. Un chorro de sangre oscura brotó del orificio, manchando el suelo y su propia piel. Su mandíbula se dislocó por la fuerza del golpe, y por un momento su visión se nubló por completo.
El dolor era indescriptible, pero lo peor no era el daño físico. Lo peor era la humillación.
¿Así voy a morir?
Mientras su cuerpo temblaba, su mente aún tenía fuerzas para la desesperación. Sabía que su regeneración no podría salvarla para siempre. Sabía que no importaba cuántas veces sanara, Arcángel y Aurion eran superiores. Pero lo que ellos ignoraban era su secreto más profundo.
Mi punto débil…
Dentro de su pecho, más allá de la carne y los huesos, ocultaba la clave de su existencia. Si su corazón era arrancado, con él saldría la Piedra Negra, la fuente de su poder. Sin ella, su cuerpo se desmoronaría como un cadáver sin alma.
Pero ni siquiera tuvo tiempo de terminar sus pensamientos cuando Arcángel la tomó del cabello y la alzó como si fuera un muñeco de trapo. Su cuerpo colgaba inerte, su único ojo abierto mirándolo con una mezcla de odio y desesperación.
—Mírate —murmuró Arcángel con una mueca de asco—. Eres patética.
Sin previo aviso, hundió su rodilla en el abdomen de Aiko con tal fuerza que su columna crujió de nuevo. La sangre brotó de su boca en un espeso torrente, salpicando el rostro de Arcángel, pero este ni siquiera parpadeó.
Antes de que su regeneración pudiera repararla, Aurion se acercó y, con una sonrisa sádica, hundió su mano en la herida que Arcángel le había abierto antes.
Aiko aulló de dolor.
Los dedos de Aurion desgarraron carne y tejidos mientras se abrían camino hacia su interior.
—¿Qué pasa? —susurró con burla, hundiendo la mano más adentro—. ¿No se suponía que eras imparable?
El dolor era insoportable. Cada nervio de su cuerpo gritaba de agonía cuando Aurion apretó su interior, buscando su corazón.
No…
Pero su voluntad ya no importaba.
Arcángel la dejó caer al suelo y Aurion se inclinó sobre ella, con su mano aún dentro de su torso. Sus dedos encontraron algo duro y extraño entre los latidos de su corazón.
—Oh… ¿y esto? —susurró con interés.
Aiko sintió su cuerpo convulsionar. Si la piedra salía de su pecho, su existencia se desmoronaría.
—D-De…ten… —balbuceó, su voz ahogada por la sangre.
Aurion sonrió.
—Demasiado tarde.
Y con un movimiento cruel, hundió sus dedos aún más y tiró con toda su fuerza.
El sonido de carne desgarrándose y huesos rompiéndose llenó el aire.
Aiko se arqueó violentamente cuando su corazón fue arrancado de su pecho con un chorro de sangre oscura, y junto a él, la Piedra Negra cayó al suelo con un sonido seco.
El campo de batalla quedó en silencio.
Aiko aún respiraba, pero su cuerpo temblaba de manera incontrolable. Sus venas ennegrecidas palpitaban mientras su regeneración intentaba en vano restaurar un órgano que ya no estaba.
Arcángel tomó la piedra entre sus dedos y la observó con curiosidad.
—Así que este era tu secreto.
Aiko quiso moverse, pero su cuerpo ya no respondía. Su único ojo, lleno de rabia y horror, vio cómo Arcángel levantaba la piedra con desprecio.
—Sin esto, no eres nada.
Y ante su mirada aterrada… la aplastó con su mano.
El crujido fue la última cosa que Aiko escuchó antes de que la oscuridad la envolviera.
