Cherreads

Chapter 26 - Capitulo 25

MIRANDA.

No había bajado en todo el día.

Ni una sola vez.

Lo supe porque cada bandeja que subía… volvía igual. Intacta. Fría. Como si nadie la hubiera tocado. Guillermo era siempre el que regresaba con ellas, serio, silencioso, con ese gesto suyo que aprendí a leer rápido: preocupación contenida, disciplina para no mostrarla.

Había pasado ya un día entero desde que Réen se encerró en su habitación.

Un día.

Y aun así, la casa se sentía distinta. Más quieta. Como si todos estuviéramos caminando con cuidado, temiendo hacer ruido, temiendo romper algo invisible.

Estaba sentada en la sala, en el mismo sillón desde el que lo vi entrar anoche, temblando, roto, y luego subir con Matías. Mi madre estaba a mi lado, apoyada contra Manuel, que no dejaba de mirar el reloj cada pocos minutos. Alan caminaba de un lado a otro, inquieto. Gabriela y Cristina hablaban en susurros en la cocina. Nadie encendía la televisión. Nadie ponía música.

El silencio pesaba.

—Otra vez no comió —dijo Guillermo cuando bajó con la bandeja, dejándola sobre la encimera sin mirarla.

—¿Nada? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Negó con la cabeza.

—Ni un bocado.

Sentí un nudo en el estómago.

Mi padre, estaba de pie cerca de la ventana.

Miraba hacia afuera, a la nieve acumulada en el jardín, como si pudiera encontrar respuestas ahí.

—Es normal —dijo por fin, con voz grave—. No es bueno, pero es normal.

Lo miré.

—¿Normal… cómo? —pregunté—. ¿Normal como "va a pasar" o normal como "tenemos que preocuparnos"?

Se giró despacio hacia mí.

—Normal como alguien que por fin se permitió derrumbarse —respondió—. Anoche habló. Mucho más de lo que ha hablado desde que regresó.

Manuel frunció el ceño.

—Pero no come, Matías.

—Comerá —dijo él—. Poco. Tal vez una sola comida. Y eso será suficiente por ahora.

Mi madre apretó la mano de Manuel.

—¿Y si no baja mañana tampoco?

—Entonces seguiremos aquí —respondió Matías sin dudar—. Sin empujarlo. Sin rodearlo. Sin hacerlo sentir acorralado.

Guillermo apoyó la espalda en la pared, cruzándose de brazos.

—En Noruega hacía lo mismo —dijo—. Cuando algo lo removía demasiado… se encerraba. A veces horas. A veces días. Los psicólogos militares ya nos habían advertido.

Yo asentí despacio.

Recordé el hospital.

Los pasillos blancos.

Las voces de los médicos explicando diagnósticos uno tras otro.

Estrés postraumático complejo.

Desnutrición antigua compensada.

Cicatrices mal curadas.

Insomnio crónico.

Hipervigilancia.

Nada que se "arreglara" con una pastilla.

Nada que no dejara huella.

—La nueva psicóloga empieza el sábado —dije en voz baja—. En dos días.

Alan dejó de caminar.

—¿Crees que llegue?

Matías lo miró con firmeza.

—Sí.

—¿Y si no quiere salir de su cuarto?

—Entonces iremos nosotros —respondió—. Pero no hoy. Hoy no.

Mi madre suspiró, agotada.

—Me duele verlo así… aunque no lo vea.

—Lo estás viendo —dije, sin querer sonar dura—. Solo que de otra forma.

Se hizo un silencio.

Guillermo fue el que lo rompió.

—En la base… cuando pasaba esto, lo único que se pedía era una cosa —dijo—. Que comiera algo. Lo que fuera. Una sola comida. No importaba si era de madrugada, si era frío o caliente. Una comida era una victoria.

—Entonces eso haremos —dijo Manuel—. Una comida. Nada más.

Miré las escaleras que llevaban al segundo piso.

A esa puerta cerrada.

A ese cuarto donde estaba mi hijo… solo con todo lo que había sobrevivido.

—Ojalá duerma —murmuré.

Matías asintió, despacio.

—Eso ya es un comienzo.

Alan fue el que lo dijo en voz alta.

—Tal vez… —empezó, rascándose la nuca, incómodo— tal vez no debimos adelantar la reunión familiar tan pronto.

Nadie lo interrumpió.

—Quiero decir —continuó—, apenas llevaba una semana de regreso. Una. Y aunque todos intentamos ser cuidadosos, hacer preguntas ligeras, normales… —hizo un gesto con la mano— ya saben cómo es la familia. Eventualmente siempre se llega a lo pesado.

Manuel bajó la mirada.

—No fue con mala intención —murmuró.

—Lo sé —dijo Alan rápido—. Nadie quiso hacerle daño. Pero… pasó.

Me mordí el labio. Sentí ese pinchazo familiar de culpa que no deja respirar.

—Un mes —dijo Alan—. Tal vez dos. O más. Tal vez con eso habría bastado para que se acomodara primero… para que se sintiera seguro.

Mi madre, habló con suavidad:

—No sabíamos cuánto cargaba.

—Eso es lo peor —respondí, sin mirarla—. Creímos que sí.

El silencio volvió a caer, pesado, incómodo.

—Yo lo vi —dije después de unos segundos—. Vi cómo se le tensó el cuerpo cuando empezaron las preguntas. Cómo dejó de respirar normal. Pero pensé… —tragué saliva— pensé que solo estaba nervioso.

Matías cerró los ojos un instante.

—Cuando alguien ha vivido una guerra —dijo—, el peligro no se presenta como gritos o golpes. A veces llega en forma de preguntas.

Guillermo asintió lentamente.

—En Noruega evitábamos reuniones grandes —añadió—. No porque no quisiera gente… sino porque demasiadas miradas lo hacían sentir observado. Evaluado.

—Como un interrogatorio —murmuró Alan.

—Exacto.

Manuel apoyó los codos en las rodillas.

—Yo también pensé que un poco de normalidad le haría bien —admitió—. Ver a la familia, escuchar risas… recordar que esto es casa.

—Lo es —dijo mi padre—. Pero casa también puede doler cuando aún no sabes cómo habitarla.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Fallé —dije, casi en un susurro—. Debería haberlo protegido mejor.

Matías se giró hacia mí con firmeza.

—No, Miranda. —Su voz fue clara, sin dureza—. No fallaste. Aprendiste. Y ahora sabemos.

Alan suspiró.

—Solo… me duele pensar que ese colapso pudo evitarse.

Guillermo negó con la cabeza.

—Tal vez no —dijo—. A veces el colapso es inevitable. Solo cambia el momento, no el resultado.

Miré otra vez hacia las escaleras.

—Ojalá el tiempo fuera algo que pudiéramos devolverle —murmuré.

—No podemos —respondió Manuel—. Pero sí podemos cambiar lo que viene.

Alan asintió.

—Entonces —dijo—, a partir de ahora… despacio. Sin prisas. Sin preguntas.

Mi padre sonrió apenas.

—Exacto. —Luego añadió—: Un día a la vez. Como se sobrevive después de una guerra.

Y aunque nadie lo dijo, todos sabíamos que esa guerra aún no había terminado para Réen.

Guillermo fue el que rompió el silencio.

—Tengo una idea —dijo —. Pero antes… —miró alrededor— ¿quiénes de aquí tienen buena condición física?

Nos miramos unos a otros, casi con incomodidad.

Francisco fue el primero en resoplar.

—Yo no —dijo sin rodeos—. Mis rodillas protestan con solo ver escaleras.

Sara soltó una risa suave.

—Yo camino, pero no me pidas subir montañas.

Mario y Elizabeth asintieron en silencio, dándose por aludidos.

—Yo… —levanté la mano un poco— tengo algo de condición. No como antes, pero aguanto.

Manuel habló enseguida:

—Yo sí. Me muevo bastante por trabajo.

—Yo también —dijo Alan—. Sigo siendo joven, al menos para eso.

Gabriela y Cristina nos miraron con curiosidad.

—Nosotras… —empezó Gabriela.

Guillermo negó con suavidad.

—Ustedes no —dijo amable—. Todavía son niñas. No es que no puedan, pero no tienen la resistencia para lo que tengo en mente.

Cristina hizo un puchero, pero no protestó.

Lo miré.

—¿Qué tienes en mente, Guillermo?

Él se cruzó de brazos, pensativo unos segundos, como midiendo cada palabra.

—Un paseo por el campo —dijo al fin—. Aquí, en Denver, hay bosques, senderos, cabañas. Lugares tranquilos. Lejos del ruido.

Matías levantó la vista, atento.

—¿Un viaje?

—Una excursión —corrigió Guillermo—. Un fin de semana, tal vez. Nada forzado. Nada lleno de gente. Cabañas aisladas.

Manuel frunció el ceño, no por rechazo, sino por cautela.

—¿Crees que querrá salir?

Guillermo asintió despacio.

—No ahora mismo. No hoy. Pero el entorno importa. —Nos miró uno por uno—. En Noruega, cuando estaba peor, lo que más lo ayudaba no era hablar. Era moverse. Caminar. Estar en lugares donde no sentía paredes encima.

Alan se inclinó hacia adelante.

—¿Como… senderismo?

—Sí. Caminar, cortar leña, esquiar si quiere. O solo sentarse a mirar árboles. —Hizo una pausa—. No tiene que hacer nada. Solo estar.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Y la logística? —pregunté—. Somos muchos.

—Yo me encargo —dijo Guillermo sin titubear—. El dinero no es un problema. Mientras esté aquí, la embajada puede cubrirlo todo.

Hubo un murmullo general.

—¿Todo? —preguntó Mario, sorprendido.

—Cabañas, transporte, equipo si hace falta —confirmó—. Algunos pueden quedarse en las cabañas. Otros pueden acompañarlo si decide salir. No tiene que estar solo, pero tampoco rodeado.

Matías se quedó pensativo.

—Suena… razonable.

—Suena a no hospital —añadió Alan—. Eso ya es mucho.

Manuel me miró.

—¿Tú qué piensas, Miranda?

Tragué saliva.

—Pienso que… —miré hacia las escaleras otra vez— si hay algo que no le exija explicarse, ni justificarse… puede ayudar.

Guillermo asintió.

—Exacto. No preguntas. No expectativas. Solo espacio.

—¿Y si no quiere? —preguntó Sara con cuidado.

—Entonces no va —respondió Guillermo—. Esto no es una orden. Es una puerta abierta.

Hubo otro silencio, distinto al anterior. Este no pesaba tanto.

—Tal vez —dije en voz baja— el bosque pueda cargar un poco de lo que él no puede ahora.

Nadie contradijo eso.

Matías suspiró.

—Hablemos con él… cuando esté listo.

Guillermo asintió una vez más.

—Cuando esté listo —repitió—. Siempre cuando esté listo.

***

Reen.

El amanecer ya estaba a la vuelta de la esquina.

Lo sabía no por el cielo —porque el humo y las nubes lo cubrían todo— sino por el cuerpo. Por esa sensación rara en los músculos, cuando ya no queda nada que quemar y aun así siguen moviéndose. Desde hacía una hora mis balas se habían acabado. Una hora entera contando disparos inexistentes, apretando un gatillo vacío por reflejo, maldiciendo en silencio cada vez que el retroceso no llegaba.

Las heridas se acumulaban. No una sola que pudiera señalar y decir esta es la que duele, sino muchas: cortes superficiales, quemaduras, un impacto que me había rozado el costado y seguía sangrando lento, persistente. El bombardeo no había parado. Cada pocos minutos el suelo temblaba, el aire se comprimía, y una nueva explosión arrancaba árboles, piedras, cuerpos. El mundo se sacudía como si quisiera sacarme de encima.

El cansancio… eso ya lo había olvidado. No existía. No había espacio para sentirlo. El frío sí. El frío siempre encontraba la forma de colarse. La nieve se derretía sobre la ropa empapada, y aun así seguía ahí, clavándose en la piel, recordándome que el cuerpo todavía estaba vivo, aunque yo ya no supiera por qué.

Llevaba toda la noche corriendo.

Corriendo sin rumbo fijo, solo lejos. Lejos del fuego, lejos de las luces, lejos de la voz del Verdugo resonando en mi cabeza como un mandamiento eterno. No estaba a salvo. Lo sabía. Todavía no. Tal vez nunca.

A mi izquierda apareció uno.

No hubo tiempo de pensar.

El cuchillo ya estaba en mi mano antes de que mi mente alcanzara a reaccionar. Me lancé contra él, usando el peso del cuerpo, el impulso, el entrenamiento incrustado en los huesos. Giré al taclearlos, sentí su sorpresa, su intento torpe de reaccionar… y al mismo tiempo enterré el cuchillo en su garganta.

Fue rápido. Demasiado.

El calor de la sangre me salpicó la muñeca. El cuerpo cayó pesado sobre la nieve, que se tiñó de oscuro en segundos. No miré su rostro. Nunca lo hacía. No podía.

Me arrodillé junto a él sin perder tiempo, registrándolo con manos temblorosas pero precisas. Armas. Munición. Cargadores a medio usar. Un radio que aplasté contra el suelo hasta romperlo. Todo lo que tuviera encima pasó a ser mío.

Pero no era suficiente.

Nunca era suficiente.

Un batallón entero venía detrás de mí. Podía sentirlos. No solo por el ruido, ni por los destellos lejanos de linternas o visores nocturnos, sino por la certeza. Estas personas no aceptaban una traición. No de nadie. Mucho menos de alguien como yo.

Y mucho menos cuando la traición era hacia Él.

El Verdugo no perdonaba. No olvidaba. No dejaba cabos sueltos. Yo no era solo un desertor: era un símbolo roto. Una grieta peligrosa en algo que él creía perfecto.

Hasta ahora no me había encontrado con los otros Nombrados.

Eso era lo que más me inquietaba.

Sabía que estaban ahí. Sabía que no los mandarían a todos de golpe. No todavía. Los Nombrados eran la última línea. Las sombras que se movían cuando todo lo demás fallaba. Ironjaw… Amarilis… y los otros. Diez en total. Mis iguales. Mis carceleros. Mi familia torcida.

Ella seguramente estaba esperando la orden.

Tal vez todos lo estaban.

Seguí avanzando, respirando con la boca cerrada, contando pasos, contando latidos, contando cuánto más podía sostener el cuerpo antes de que simplemente se apagara. Cada sonido parecía demasiado fuerte. Cada sombra parecía moverse.

Pensé en Ironjaw.

En su voz calmada diciéndome que siempre había una manera.

En cómo me había dicho que quizá me perseguiría.

En cómo había evitado decir te ayudaré, pero tampoco dijo te detendré.

No sabía si eso me daba esperanza o me condenaba más.

Algo silbó en el aire.

No lo vi.

Solo lo sentí.

Un rozón caliente me atravesó la pierna y me arrancó un gruñido ahogado. La bala —o fragmento— no se incrustó, pero desgarró tela y piel lo suficiente para hacerme perder el paso. Caí de rodillas un segundo, justo cuando escuché ramas romperse a mi alrededor.

Demasiado tarde.

Ya estaban aquí.

Lo supe antes de verlos. La presión cambió. El bosque dejó de ser solo bosque. El silencio se volvió intencional.

Detrás de mí, movimiento.

Giré por reflejo.

Un cuchillo descendía hacia mi cuello.

Alcé la pistola vacía instintivamente y desvié el golpe con el cañón. El choque del metal resonó seco, brutal, vibrándome hasta el hombro. El impacto me hizo retroceder, pero no solté el arma.

Nuestros ojos se encontraron.

La reconocí al instante.

—…520 —escupí, respirando con dificultad.

Ella sonrió.

No una sonrisa amable. Una de esas que solo aparecen cuando alguien disfruta el momento.

—Ashblade —corrigió—. Vamos, Blackwind… después de todo este tiempo, aún usas números.

Su voz era firme, burlona. Como siempre.

Me atacó de nuevo, rápida, precisa. El cuchillo buscó mi costado, luego el cuello, luego el muslo. Cada movimiento era limpio, entrenado para matar sin desperdicio. Apenas logré bloquear usando el cuchillo que aún tenía, sintiendo cómo el impacto me recorría el brazo.

—Lo hiciste demasiado bien —dijo mientras chocábamos una y otra vez—. Sobrevivir toda la noche… pocos lo logran.

Gruñí, usando el cuerpo para empujarla contra un tronco. Ella rodó, se levantó de inmediato, como si el cansancio no existiera.

—Parece que esta hermana mayor tuya hizo bien su trabajo —continuó.

Mi pecho ardía. El aire entraba a trompicones.

—Cállate —jadeé.

Ashblade rió por lo bajo.

—Vamos. ¿Eso es todo? Pensé que el niño prodigio daría más pelea.

Volvió a atacarme. Esta vez sentí cómo mi reacción iba tarde. Muy tarde. El cansancio me pesaba en los huesos. Cada músculo gritaba. Cada herida reclamaba atención.

Bloqueé su muñeca, giré, intenté desarmarla. Ella me clavó la rodilla en el estómago.

El aire se me escapó.

Caí hacia atrás, rodando por la nieve. Sentí cómo el mundo se inclinaba peligrosamente.

Ashblade caminó hacia mí con calma, cuchillo en alto.

—No te preocupes —dijo—. El Verdugo quiere verte con vida.

Eso dolió más que el golpe.

Me levanté con esfuerzo, usando el tronco de un árbol como apoyo. Mis manos temblaban. La sangre caliente contrastaba con el frío.

—¿Todos vienen? —pregunté, forzando la voz.

Ella ladeó la cabeza, evaluándome.

—Tal vez —respondió—. Tal vez solo los necesarios.

Choqué contra ella una vez más. Cuerpo a cuerpo. Codo contra costilla. Puño contra mandíbula. Sentí cómo mi golpe conectaba, cómo ella retrocedía un paso. Solo uno.

—No tienes que hacerlo —murmuré, casi sin aire.

Ashblade me miró fijo, seria por primera vez.

—Tú tampoco tenías que huir.

Nos quedamos quietos un segundo. Solo respiraciones agitadas. Vapor saliendo de nuestras bocas.

Ella dio un paso atrás, bajando apenas el cuchillo.

—Aún corres bien para alguien al borde —dijo—. Pero no durarás mucho más, Blackwind.

Sabía que tenía razón.

Ashblade no volvió a lanzarse de inmediato.

Eso fue lo que más me inquietó.

Caminó en semicírculo a mi alrededor, con pasos ligeros, el cuchillo suelto en la mano como si no lo necesitara. Yo seguía con la guardia arriba, respirando mal, sintiendo cómo la pierna me ardía y cómo el mundo parecía ir un segundo más lento de lo normal.

—Dime algo, Blackwind —dijo al fin—. ¿A dónde crees que vas?

No respondí. Di un paso atrás, tanteando el terreno, buscando cualquier ventaja.

—¿A dónde quieres llegar yéndote de aquí? —insistió.

Solté una risa corta, amarga.

—No tengo idea —respondí, escupiendo sangre al costado—. Nunca quise estar aquí en primer lugar.

Ella se detuvo.

—Nadie en su sano juicio quería —dijo con calma—. Todos soñamos con irnos alguna vez.

Atacó de pronto. Directo al pecho.

Bloqueé tarde. El golpe me sacó el aire otra vez. Logré enganchar su brazo y girar, pero ella usó el impulso para clavarme el codo en la cara. Vi blanco por un instante.

—Pero soñar no es lo mismo que hacerlo —continuó mientras chocábamos—. Desertar es muerte. Siempre lo fue.

Rodamos por la nieve. Sentí el frío colarse bajo la ropa empapada. Logré poner una rodilla entre nosotros, empujarla, levantarme a medias.

—¿Y qué? —gruñí—. ¿Eso lo hace mejor? ¿Quedarse hasta pudrirse aquí?

Ashblade me lanzó una patada baja. Apenas logré saltarla. Caí mal. Mi pierna gritó.

—No —admitió—. Pero al menos no te persiguen como a un perro.

Me lanzó contra un árbol. El impacto me sacó un gemido involuntario.

—No entiendes —dijo, ahora más cerca—. Amar la muerte… cada quien la ama como quiere. Pero nadie quiere esto.

Hizo un gesto amplio con la mano, señalando el bosque, el caos, los disparos lejanos.

—Cientos detrás de ti —añadió—. Un batallón entero. Y no son estúpidos.

La miré, con los dientes apretados.

—Los Nombrados podrían contra todos ellos —dije—. Lo sabes.

Su sonrisa regresó, torcida.

—Juntos —corrigió—. No individualmente.

Se lanzó de nuevo. Esta vez fui yo quien atacó primero. Cuchillo arriba, directo al cuello. Ella bloqueó, giró, nuestros brazos se cruzaron, tensos, temblando por el esfuerzo.

—Mucho menos —susurró, muy cerca de mi rostro— cuando tienes a todos los Nombrados detrás.

Empujé con todo lo que me quedaba. Ella retrocedió dos pasos. Dos.

Respirábamos como animales heridos.

—¿Ironjaw sabe que estás aquí? —pregunté.

Sus ojos parpadearon una fracción de segundo.

Respuesta suficiente.

—Entonces aún hay tiempo —murmuré.

Ashblade apretó la mandíbula.

—Para ti, no.

Avanzó de nuevo, más agresiva ahora. Golpes rápidos, sin pausa. Cada bloqueo me costaba el doble. Sentía los brazos pesados, los reflejos lentos. Ella lo notó.

—Estás cansado —dijo mientras me forzaba contra el suelo—. Se te nota.

Rodé, usé el peso del cuerpo, logré liberarme a medias. Mi cuchillo cayó. Lo pateé lejos sin querer.

Maldición.

Ashblade lo vio. Sonrió.

—No puedes correr para siempre, Blackwind —dijo—. Y tampoco puedes ganar esto.

Me levanté como pude, usando los puños ahora.

—No quiero ganar —respondí—. Solo quiero salir.

Por un segundo, su ataque se detuvo.

Solo un segundo.

—Eso es lo que más duele —dijo en voz baja—. Que sigas creyendo que existe un "afuera".

El silencio duró lo que un latido.

La pelea se rompió cuando un silbido distinto cortó el aire. No bala. No mortero. Algo más preciso.

Ashblade giró la cabeza primero.

—…Ya vienen —murmuró.

Yo también lo sentí.

No el ruido, sino la presión.

Ese peso invisible que solo aparece cuando todos los ojos del infierno se giran hacia el mismo punto.

Hacia mí.

Ashblade retrocedió un paso, sin bajar el cuchillo.

—¿Lo sientes, verdad? —dijo, respirando agitada—. Eso es el Verdugo moviendo el tablero.

Apreté los dientes. La sangre me bajaba por la pierna, caliente al principio, luego pegajosa. El frío ya estaba haciendo su trabajo.

—Entonces que venga —escupí—. Ya no me importa.

Ella soltó una risa corta, sin humor, y volvió a atacarme.

Chocamos otra vez. Metal contra metal. Mi pistola ya era solo un peso inútil; la usé para desviar, para golpear, para ganar medio segundo aquí y allá. Ashblade era rápida, precisa, entrenada para matar a los suyos si hacía falta. Yo estaba cansado. Hambriento. Herido. Temblando.

Y aun así… seguía en pie.

—Siempre fuiste así —gruñó ella mientras forcejeábamos—. Nunca el más fuerte. Nunca el más rápido. Pero malditamente imposible de tumbar.

La empujé contra un árbol. La corteza se astilló. Ella me dio un rodillazo en las costillas y sentí algo crujir. El aire se me fue de golpe.

Caí de rodillas.

—¡Levántate! —me gritó—. ¡No te atrevas a morir aquí!

Alcé la vista, jadeando.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Para llevarme de vuelta?

Su expresión cambió. Apenas un segundo. Pero lo vi.

—No… —dijo en voz baja—. Para darte una oportunidad.

Eso me confundió lo suficiente para que me desarmara. El cuchillo salió volando y se perdió entre la nieve sucia. Ashblade me inmovilizó contra el suelo, su antebrazo presionando mi garganta.

—Escucha, Blackwind —susurró—. No tienes un plan. No tienes destino. No tienes respaldo. Solo rabia y cansancio. Eso no te llevará lejos.

—Más lejos… —tosí— …de lo que quiero estar aquí.

Ella apretó un poco más. Luego aflojó.

—Todos quisimos irnos —dijo—. Ironjaw. Yo. Incluso los otros. Pero nadie lo hizo… hasta tú.

Giró la cabeza, alerta. Voces. Órdenes. Linternas entre los árboles.

—Si sigues —continuó—, no solo te perseguirán soldados. Nos mandarán a nosotros. Uno por uno. Y cuando eso pase… no habrá charlas. No habrá pausas.

Me soltó y se puso de pie, ofreciéndome una mano que no tomé.

—¿A dónde quieres llegar? —preguntó otra vez, más suave.

Me incorporé como pude.

—No lo sé —admití—. Nunca quise este lugar. Nunca quise este nombre. Solo… quiero que pare.

Ashblade asintió lentamente.

—Entonces corre —dijo—. Corre hasta que no puedas más. Hasta que el mundo te obligue a elegir algo distinto.

Dio un paso atrás.

—Yo no te vi —añadió—. No hoy.

—¿Y cuando te ordenen cazarme? —pregunté.

Me miró directo a los ojos.

—Entonces amaré la muerte como se ama una vieja amiga —respondió—. Pero hoy… no.

Un estruendo sacudió el bosque. Más cerca. Demasiado cerca.

Ashblade desapareció entre los árboles como una sombra.

Yo me quedé un segundo más, respirando sangre, humo y nieve derretida.

Luego eché a correr otra vez.

Corrí.

El bosque dejó de tener forma. Solo eran sombras que se abrían y se cerraban frente a mí. Mi respiración era un rugido lejano en mis oídos. Las explosiones se volvieron ecos distantes.

Y entonces…

El cansancio empezó a desaparecer.

El dolor también.

El frío dejó de morder.

Fue sutil al inicio. Como si alguien bajara el volumen del mundo poco a poco. Mis pasos dejaron de pesar. La sangre dejó de sentirse pegajosa. La herida en la pierna dejó de arder.

Eso no era normal.

Lo sabía.

Pero no me detuve.

Cerré los ojos un segundo mientras corría.

Escuché algo distinto.

No explosiones.

No órdenes.

No ramas rompiéndose por botas militares.

Era un sonido suave. Repetitivo. Rítmico.

Algo deslizándose sobre nieve.

Desde varias direcciones.

Deslizándose.

Abrí los ojos.

Y el mundo cambió.

Blanco.

Un blanco limpio. Intacto. Sin humo. Sin fuego.

Docenas de personas dispersas por la nieve. Árboles cubiertos como si alguien los hubiera espolvoreado con azúcar. El cielo claro, brillante, reflejándose en todo.

Niños con esquís bajando torpemente una pendiente pequeña, riendo cuando caían. Un padre ayudando a su hija a levantarse. Dos adolescentes lanzándose bolas de nieve. Una pareja tomándose fotos con el paisaje de fondo.

Adultos descendiendo desde la montaña con movimientos elegantes, seguros. El sonido que había escuchado: las cuchillas de los esquís cortando la nieve.

Un hombre construía un muñeco de nieve con su hijo. Una mujer ajustaba la bufanda de alguien más.

Risas.

Voces despreocupadas.

El aire no olía a pólvora. Olía a frío limpio.

Me quedé inmóvil.

Mis botas ya no estaban hundidas en nieve sucia teñida de rojo. Estaban sobre una superficie blanca, compacta, brillante bajo el sol.

Nadie me miraba.

Nadie corría detrás de mí.

Nadie gritaba mi nombre.

Un niño pasó cerca, casi chocando conmigo, y ni siquiera reaccionó. Como si yo no existiera.

O como si nunca hubiera estado ahí.

Mi pecho subía y bajaba lentamente ahora. Sin urgencia. Sin persecución.

Era… diferente.

Demasiado diferente.

Y entonces lo sentí.

Un dolor punzante en el muslo izquierdo.

No real. No presente.

Fantasma.

Mi mano fue instintivamente hacia la pierna, justo donde Ashblade me había rozado. No había sangre. No había herida. Solo el recuerdo del impacto. El ardor. El peso de su rodilla contra mi abdomen. El sonido del metal chocando.

Recordar esa pelea fue… reconfortante.

Porque fue real.

Porque fue ella.

Porque significaba que, al menos una vez, alguien me miró no como objetivo, sino como igual.

Pero también fue doloroso.

Porque ese recuerdo no pertenecía a este paisaje.

Miré otra vez alrededor.

Un grupo de niños intentaba levantar un muñeco de nieve demasiado grande y lo dejaban caer entre carcajadas. Una mujer gritó "¡Cuidado!" entre risas.

Nadie moría aquí.

Nadie perseguía.

Nadie obedecía al Verdugo.

El contraste me golpeó con más fuerza que cualquier puño.

Esto era lo que el mundo podía ser.

Y yo… yo estaba parado en medio de él como una sombra que no encajaba.

El dolor fantasma volvió, más insistente.

No en la pierna.

En el pecho.

Porque entendí algo que dolía más que el frío, más que el cansancio, más que la cacería.

No sabía vivir en un lugar así.

Y esa era la realidad que estaba enfrentando ahora.

No la guerra.

No la huida.

Sino el silencio después.

Y el silencio… era mucho más aterrador.

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