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Chapter 25 - Capitulo 24

MIRANDA

Había pasado casi una hora.

Lo sabía porque había mirado el reloj al menos diez veces, como si hacerlo pudiera acelerar algo… o detenerlo.

Desde la sala, en el primer piso, apenas se había escuchado el llanto de Réen al principio.

Bajo. Ahogado. Como si incluso llorar le costara permiso. Después, nada. Solo silencio.

Demasiado silencio.

Yo estaba sentada en el sillón, con Manuel a mi derecha, su brazo rodeándome los hombros como si fuera yo la que pudiera romperse en cualquier momento, y mi madre a mi izquierda mirando el suelo.

Mis suegros estaban repartidos por la sala: Francisco y Elizabeth juntos en un sofá, Sara y Mario frente a ellos. Gabriela y Cristina compartían una esquina, tomadas de la mano.

Alan estaba de pie cerca de la escalera.

Guillermo… Guillermo no se había movido del mismo lugar desde que subieron. Erguido. Vigilante. Como si su cuerpo no supiera hacer otra cosa.

Nadie hablaba.

Hasta que la puerta del piso de arriba se abrió.

Todos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Escuchamos pasos. Lentos. Pesados.

Bajando los escalones uno a uno.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Es el abuelo —susurró Cristina.

Y entonces lo vi.

Mi padre apareció al final de la escalera.

Pero no era el mismo hombre que había subido.

Tenía los hombros caídos. El rostro cansado. Los ojos… los ojos enrojecidos, brillosos, como si hubiera llorado o contenido el llanto durante demasiado tiempo.

Me puse de pie sin darme cuenta.

—Papá… —dije, dando un paso hacia él—. ¿Qué pasó?

Mi madre, ya estaba frente a él.

—¿Está bien? —preguntó ella, con la voz tensa—. ¿Réen…?

Matías respiró hondo antes de responder.

—Hablamos un poco —dijo despacio—. Y luego… se durmió.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones.

—¿Se durmió? —repetí, casi incrédula.

—Sí —asintió—. Lleva poco más de cuarenta minutos dormido.

Un murmullo recorrió la sala. Gabriela se llevó la mano al pecho. Cristina cerró los ojos. Manuel apretó un poco más mi hombro.

—¿Qué te dijo? —preguntó Agnes, acercándose—. ¿Qué fue lo que…?

Matías negó con la cabeza de inmediato.

—No voy a decirlo.

El silencio cayó otra vez, pero esta vez era distinto.

—Papá… —empecé, dolida—. Somos su familia.

Me miró. De verdad me miró.

—Y precisamente por eso —respondió— no lo diré. Eso que me contó… no me pertenece. Cuando sea el momento, será Réen quien hable. Si quiere. Como quiera. A quien quiera.

Mi madre apretó los labios, conteniendo algo.

—¿Pero… está muy mal? —preguntó Sara, con la voz temblorosa—. ¿Es peor de lo que imaginamos?

Matías bajó la mirada un segundo. Luego la alzó.

—Tiene mucho dentro —dijo—. Mucho más de lo que yo cargué en la guerra.

Eso nos heló a todos.

—Lo único que necesita ahora —continuó— es tiempo. Y silencio. Déjenlo respirar. Déjenlo descansar. Todo lo que su cuerpo pida.

Mi padre giró entonces la cabeza hacia Guillermo y lo observó con atención.

—Sargento —dijo—. Usted estuvo con él en Noruega. Dígame… ¿qué hacían para mantenerlo estable?

Guillermo enderezó un poco más la espalda, como si la pregunta activara un protocolo.

—Actividad —respondió—. Mucha. Cazar. Ejercicio. Talar árboles. Trabajo físico en el pueblo.

—¿Y en la base? —insistió Matías.

—Mecánica —continuó Guillermo—. Reparaciones. Mantenimiento. Algo de caza también. Subir a helicópteros durante ejercicios. Rutina. Silencio. Orden.

—¿Misiones? —preguntó Francisco, con el ceño fruncido.

Guillermo dudó apenas un segundo.

—Algunas.

Sentí que mi estómago se contraía.

—¿Tuvo que disparar? —preguntó Mario, con cautela.

Guillermo negó.

—No… no con balas reales.

Todos lo miramos.

—En misiones de bajo riesgo —explicó— usó dardos tranquilizantes. Nunca… —apretó la mandíbula— nunca se le pidió quitar una vida.

Miré a Matías. Él seguía serio, escuchando.

—Fue parte del trato —continuó Guillermo—.

Réen quiso "pagar" la ayuda del ejército. Y nosotros… quisimos ayudarlo también. Mantenerlo activo. Evitar que se encerrara.

—¿Funcionó? —pregunté, casi en un susurro.

Guillermo exhaló.

—No era el tratamiento correcto —admitió—. Pero era lo que teníamos. Intentamos darle estabilidad. Un ambiente silencioso. Alejarlo de… otras cosas.

—Pero no pudieron hacerlo del todo —dije.

—No —asintió—. No del todo.

Matías se pasó la mano por el rostro.

—Ahora está aquí —dijo—. Y eso cambia todo.

—¿Qué hacemos? —preguntó mi madre—. ¿Cómo lo ayudamos sin… romperlo más?

Mi padre nos miró a todos, uno por uno.

—No persigan cada paso —dijo—. No lo interroguen. No le exijan gratitud, ni avances, ni sonrisas.

Se giró hacia la escalera.

—Déjenlo dormir. Y cuando despierte… sigan estando ahí. Sin ruido. Sin cadenas.

Nadie respondió.

Miré el reloj casi por reflejo.

Las manecillas marcaban las nueve de la noche.

Me sorprendió. El tiempo se nos había escurrido entre la angustia, la espera y el miedo silencioso de perderlo otra vez.

—Son las nueve… —murmuré, más para mí que para los demás.

Manuel levantó la vista.

—¿Ya tan tarde?

Asentí.

—Nadie ha comido nada desde la tarde —añadí, mirando alrededor—. Creo que… deberíamos cenar algo. Aunque sea ligero.

Hubo un segundo de duda. Como si comer fuera una traición a todo lo que había pasado arriba, como si al hacerlo estuviéramos fingiendo normalidad.

Pero luego…

—Sí —dijo Gabriela, con la voz cansada—. No me había dado cuenta… tengo un nudo en el estómago.

—Yo también —admitió Cristina—. Y mareos.

Francisco se levantó apoyándose en el bastón.

—Si no comemos, mañana tampoco vamos a servir de mucho —dijo con tono práctico.

—Además —añadió Elizabeth, tocándole el brazo—, Réen va a despertar en algún momento. Y nos necesitará enteros.

Mario asintió.

—Algo caliente estaría bien.

Guillermo dudó un instante.

—No me voy lejos —dijo—. Pero sí… acepto.

Alan, que seguía de pie, se encogió de hombros.

—No he comido desde el mediodía —confesó—. Así que sí.

Mi madre, suspiró.

—Preparé sopa esta tarde —dijo—. No pensé que la necesitaríamos hoy… pero supongo que nada es casualidad.

—Yo puedo ayudar —dije enseguida, necesitaba moverme, hacer algo con las manos—. ¿Qué más hay?

—Pan —respondió ella—. Algo de pollo. Verduras. Nada pesado.

—Perfecto.

Mientras algunos se dirigían a la cocina y otros acomodaban la mesa, el ambiente cambió apenas un grado. Seguía siendo denso, cargado… pero ya no inmóvil.

Manuel me tomó la mano.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Negué lentamente.

—No —respondí con honestidad—. Pero estoy… aquí.

Él apretó mis dedos.

—Yo también.

Antes de entrar a la cocina, miré una vez más hacia la escalera.

Hacia el piso de arriba.

Hacia la habitación donde mi hijo dormía, exhausto, roto, vivo.

****

RÉEN

El sol estaba en lo más alto cuando me di cuenta de que llevaba horas sentado en el mismo lugar.

El banco de la ventana era frío incluso con la calefacción encendida, pero no me moví. Tenía la espalda apoyada en la pared, una pierna doblada, la otra estirada, los brazos flojos sobre los muslos. Miraba afuera como si el mundo siguiera funcionando por pura inercia.

Desde ahí había visto a mi padre salir en la mañana con el auto. Gabriela y Cristina iban atrás. Gabriela hablaba, gesticulaba como siempre; Cristina miraba por la ventana, distraída. Cuando el auto pasó frente a la casa, ambas levantaron la mano al verme. Sonreían.

Levanté la mía también. Un gesto simple. Automático. Ensayado.

El auto dobló la esquina y desapareció.

Seguí mirando.

El desayuno seguía intacto en la mesita al lado de mi cama. Huevos, pan, una taza de café ya frío. Nadie había entrado a insistir. Nadie había preguntado. Supongo que fue un acuerdo silencioso después de anoche.

No tenía hambre.

Aunque la tuviera… ya no significaba nada.

Había aprendido a soportarla. A ignorarla. A olvidar que el cuerpo pedía cosas. El hambre era una voz que, si la escuchabas demasiado tiempo sin responderle, acababa apagándose sola.

No salí de la habitación.

No me duché.

No comí.

Solo miré.

La nieve seguía cubriendo las veredas, aunque algunos tramos ya estaban pisoteados y sucios. Los autos pasaban dejando líneas húmedas sobre el asfalto. La gente caminaba rápido, encogida en abrigos, con mochilas, cafés en la mano, teléfonos pegados a la cara.

Vida normal.

Siempre me sorprendía lo ajena que se sentía.

Me pregunté cuánto tiempo tardaría en decirles la verdad.

No si lo haría.

Cuánto.

Nunca les diría que no fueron meses ni años perdidos en ese orfanato después de haber "escapado".

Fueron doce años viviendo con la misma gente que me secuestró.

Doce años entrenado, moldeado, quebrado y vuelto a armar para algo que no elegí.

Nunca les diría que el último año fue el peor.

Que fue cuando decidí hacerlo volar todo.

Cuando dejé de pensar en sobrevivir bien y solo pensé en salir.

Salir, aunque fuera arrastrándome.

Nunca les diría que me cazaron.

Que cuando escapé, me persiguieron como a un animal.

Que bombardearon el lugar donde creían que estaba.

Que el impacto me lanzó al río helado.

Que el frío me atravesó como vidrio roto.

Que el agua me llenó los pulmones.

Que no sentí miedo… solo cansancio.

Y luego, nada.

Inconsciencia.

Un mes en coma.

Despertar en una cama blanca, con tubos, con máquinas pitando, con Guillermo mirándome como si hubiera encontrado un fantasma que se negó a desaparecer.

Guillermo y sus soldados.

Un año más.

Un año en una base militar.

Misiones de bajo riesgo.

Ejercicio.

Mecánica.

Caza.

Helicópteros.

Mientras buscaban a mi familia.

Mientras yo aprendía a existir sin un objetivo claro.

Porque cuando quise salir de ese infierno, bajo el mando del Verdugo, nunca pensé en el futuro.

Nunca imaginé una casa.

Una mesa.

Un desayuno intacto.

Una familia esperando.

Pensé en respirar.

Pensé en no morir ese día.

Nada más.

"Vivo" nunca fue una palabra completa para mí.

No después del coma.

No después de despertar con el cuerpo entero y la cabeza hecha pedazos.

Miré mis manos.

La cicatriz seguía ahí.

Siempre estaría.

Me pregunté qué debía hacer ahora.

Cómo se vive cuando el único plan que tuviste durante doce años fue no morir.

El mundo seguía pasando frente a mi ventana.

Y yo… seguía sentado.

—Kan jeg komme inn? —la voz de Guillermo llegó amortiguada desde el otro lado de la puerta.

Tardé un segundo en reaccionar. No porque no lo hubiera entendido, sino porque escuchar noruego ahí, en esa casa, me descolocó más de lo que quería admitir.

—Sí —respondí—. Pasa.

La puerta se abrió despacio. Guillermo entró con una charola en las manos. Humeaba. El olor llegó hasta mí de inmediato: comida caliente, recién hecha. Cerró la puerta con cuidado detrás de él.

—Tu madre —dijo en español, señalando la charola—. Dice que "por si acaso".

Miró la mesita junto a la cama.

Vio el desayuno intacto.

No dijo nada al principio.

—Déjala ahí —murmuré, sin moverme del banco de la ventana.

Guillermo obedeció. Colocó la charola nueva en la mesita, justo al lado de la anterior.

Se quedó de pie unos segundos, mirándolas.

—Deberías comer —dijo al fin.

—No tengo hambre.

—Lo sé.

Giré un poco la cabeza para mirarlo.

—Allá tampoco tenías —continuó—. Y aun así sobreviviste. Pero esto no es allá.

No respondí.

—Aquí hay comida de sobra —siguió—. Hay salidas. Hay calles. Hay gente que no te vigila con la intención de matarte si haces algo mal.

—Lo sé —dije en voz baja.

—Entonces, ¿por qué no comes?

Me encogí de hombros.

—Porque… aún no sé qué hacer.

Guillermo suspiró. No de fastidio. De algo más cansado.

—Entonces sal —dijo—. Averígualo.

Lo miré.

—¿Salir a dónde?

—A donde quieras —respondió—. Camina. Mira cosas. Respira. Decide qué quieres hacer ahora que puedes decidir.

Me reí por lo bajo.

—Suena fácil cuando lo dices tú.

—Nunca dije que fuera fácil.

Guillermo dio un paso hacia la mesita, tomó la charola del desayuno frío y la levantó.

—Esto ya no sirve —dijo—. Pero esta sí.

Se giró hacia la puerta.

—Come cuando puedas —añadió—. No cuando "debas".

Abrió la puerta… y se detuvo.

Se quedó quieto, con la mano en el picaporte.

—Réen.

—¿Sí?

Giró apenas la cabeza.

—¿Qué fue lo que le dijiste a tu abuelo?

Sentí cómo algo se tensaba en el pecho.

—¿Por qué preguntas?

—Porque cuando bajó —respondió—, parecía haber envejecido diez años en una hora.

Guardé silencio.

Guillermo no me apuró. Esperó. Siempre sabía cuándo hacerlo.

—Le conté —dije al fin— lo de la mano.

Bajé la mirada hacia ella. La cicatriz cruzándome el dorso, perdiéndose en la palma.

—Le dije que no fue una máquina —continué—. Que fue un cuchillo. Y que yo tenía… diez u once.

Guillermo apretó la mandíbula.

—¿Algo más?

—Algunas cosas —respondí—. No todo.

—Nunca es todo —dijo él.

—Le hablé del campo de tiro —seguí—. De los "blancos". De cómo nos obligaban. De cómo no había opción.

Guillermo cerró los ojos un segundo.

—Eso es más de lo que le has dicho a cualquiera aquí.

—Lo sé.

—¿Por qué a él?

Pensé en Matías. En su voz grave. En sus manos temblando apenas cuando me pidió que durmiera.

—Porque no me miró como si yo fuera algo roto —dije—. Me miró como alguien que entendía… aunque no quisiera.

Guillermo asintió despacio.

—Él sabe lo que es cargar muertos encima —dijo—. Aunque no sean los mismos.

—No le dije lo peor.

—Nunca lo haces.

—No podía —susurré—. Ya era demasiado.

Guillermo se quedó en silencio unos segundos más. Luego habló, con la voz más baja.

—Hiciste bien en hablar. Aunque sea un poco.

—No lo hice por eso —respondí—. Lo hice porque estaba cansado de mentirle… en la cara.

Guillermo me sostuvo la mirada.

—Eso también es avanzar.

Soltó el picaporte y salió. Antes de cerrar, dijo:

—Cuando quieras salir, avisa. No para pedir permiso. Para que sepamos que vuelves.

La puerta se cerró.

Me quedé solo otra vez.

Miré la comida caliente.

El vapor seguía subiendo.

No comí.

Pero tampoco aparté la vista.

Volví a mirar hacia afuera.

La nieve seguía cayendo con esa paciencia insultante que tiene lo inevitable.

Cerré los ojos.

Y mi mente retrocedió.

Días antes.

Antes del ruido.

Antes del fuego.

Antes de que todo volara en pedazos.

***

Estábamos solos.

Eso ya era raro.

La misión había terminado hacía horas. El resto se había dispersado entre las ruinas, revisando perímetros, limpiando rastros. Ironjaw —302 para el registro, pero nadie la llamaba así desde hacía años— estaba sentada sobre una roca alta, con las piernas colgando al vacío. Silenciosa. Siempre lo era cuando no estaba matando.

Yo estaba recargado contra una piedra más baja, el fusil apoyado en mis brazos, mirando el suelo. El metal todavía estaba tibio.

—Estoy cansado —dije, sin mirarla.

Ella no respondió de inmediato.

—Todos lo estamos —dijo al fin—. Eso no es nuevo.

Negué despacio.

—No… no así. —Tragué saliva—. Estoy cansado de este lugar.

Ironjaw giró apenas la cabeza. No del todo. Nunca daba el perfil completo.

—Eso sí es nuevo —respondió.

—Llevo demasiados años aquí —continué—. Ya fueron demasiados.

El viento levantó polvo y ceniza alrededor. Ella se balanceó un poco sobre la roca, como si no le pesara el cuerpo.

—No eres el único que lo piensa —dijo.

Eso me hizo levantar la vista.

—¿Qué?

—Que quiere irse —aclaró—. No eres el único.

—¿Entonces por qué nadie lo hace?

Ironjaw soltó una risa corta. Sin humor.

—Porque pensar no es lo mismo que atreverse.

—Debe haber una manera —insistí—. Siempre hay una salida.

Ella guardó silencio unos segundos. Luego dijo:

—Siempre la hay. El problema es encontrarla… y sobrevivir después.

—Yo puedo —afirmé, aunque no estaba seguro.

Ironjaw bajó la mirada hacia mí por primera vez.

—Aunque te vayas —dijo—, te van a perseguir.

—Lo sé.

—Todos —añadió—. Incluyéndome.

Eso me atravesó más de lo que quise admitir.

—¿Tú…? —pregunté—. ¿Tú me perseguirías?

Ironjaw se encogió de hombros.

—Tal vez.

—¿Me matarías?

No contestó de inmediato.

—Ese es el castigo para los traidores —dijo al fin—. Tú lo sabes mejor que nadie.

—Pero tú también lo serías —repliqué.

Ella frunció apenas el ceño.

—¿Cómo?

—Ahora lo sabes —dije—. Sabes que quiero irme. Si lo logro, El Verdugo va a atar cabos. Va a pensar que tú lo sabías y no dijiste nada.

Ironjaw me sostuvo la mirada.

—Tal vez —admitió.

—Eso te vuelve cómplice.

Silencio.

Luego ella habló, con una calma que me heló.

—No escuché nada.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No escuché nada de esto —repitió—. Tú nunca dijiste que querías irte. Nunca me hablaste de una salida. Nunca insinuaste nada.

Entendí.

—Eres una pésima mentirosa —murmuré.

Ironjaw sonrió apenas. Una mueca torcida.

—Para quienes me conocen.

—El Verdugo te conoce —dije—. Cree que te conoce.

Ella bajó la vista al vacío.

—El Verdugo conoce lo que quiere conocer —respondió—. No a mí.

El viento volvió a soplar. Yo apreté el fusil con más fuerza.

—Si me voy —dije—, puede que no vuelva a verte.

—Eso es lo que significa irse —respondió.

—¿Y si no lo logro?

Ironjaw giró por completo esta vez. Sus ojos eran duros. Claros. Cansados.

—Entonces morirás intentando —dijo—. Y eso… ya sería algo distinto a quedarte.

Me quedé callado.

—Si encuentras la manera —añadió—, no mires atrás.

—¿Y tú?

—Yo haré lo que siempre hago —respondió—. Sobrevivir.

Nos quedamos así un rato. Dos armas. Dos sombras. Dos personas que ya no eran niños, pero tampoco podían llamarse adultos.

—Ironjaw… —dije.

—No uses mi nombre —me cortó—. No aquí.

Asentí.

—Gracias —murmuré.

Ironjaw se quedó en silencio un momento más. El viento le movía apenas el cabello, y por primera vez desde que la conocía, no parecía una estatua de acero.

—Si logras salir de aquí con vida —dijo de pronto, sin mirarme—… cuando regreses a donde sea que quieras regresar. O irte. A donde sea que termine siendo tu hogar.

La miré, intrigado.

—¿Sí?

—Prueba el pastel de chocolate —continuó—. Por mí.

Parpadeé.

—¿Pastel…?

—Pastel de chocolate —repitió, como si fuera algo sagrado—. De verdad. No esa cosa seca que a veces nos daban antes del entrenamiento. Uno de verdad. Húmedo. Dulce.

No pude evitar soltar una pequeña risa, corta, casi incrédula.

—Está bien… —murmuré—. Si salgo vivo, lo haré.

—Y las nieves —añadió—. Pistache. Fresa.

—¿Nieves?

—Helado —aclaró, rodando los ojos—. Frío. Dulce. Se derrite en la boca. Hace mucho que no como eso.

Se quedó callada un segundo.

—Desde que… —empezó, y se detuvo.

No terminó la frase.

No hizo falta.

—También arándanos —continuó, como si nada—. Y fresas con crema. De verdad. No esas raciones deshidratadas que saben a cartón con azúcar.

—Tomas notas muy específicas para alguien que dice que me perseguiría —dije, con ironía suave.

Ella bufó.

—No seas idiota. —Luego añadió—: Si logras salir… prueba todo tipo de chatarra dulce. Todo lo que aquí nos prohibieron. Especialmente lo umami.

Fruncí el ceño.

—¿Umami?

Ironjaw me miró por fin, con algo parecido a diversión en los ojos.

—Claro que no sabes qué es.

—No —admití—. ¿Qué es?

—Es un sabor —explicó—. No dulce, no salado, no amargo. Es… profundo. Como cuando algo te llena aunque no sepas por qué. Carnes bien hechas. Queso. Caldos. Cosas que te hacen sentir… satisfecho.

Me quedé pensándolo.

—Suena… raro.

—Lo es —dijo—. Pero cuando lo pruebas, no lo olvidas.

Asentí despacio.

—Tal vez lo haga —dije—. Si lo logro.

Ironjaw respiró hondo, como si juntara valor para algo más.

—Y si encuentras a alguien —añadió.

La miré de reojo.

—¿Alguien?

—Sí. —Se encogió de hombros—. Una mujer. O un hombre. Lo que sea que te guste. Eso no importa.

Tragué saliva.

—No creo que…

—Escúchame —me interrumpió—. Si encuentras a alguien… sé feliz.

La palabra sonó extraña en su boca.

—Incluso si no sabe nada de esta vida —continuó—. O si lo sabe. Pero que sepa ayudarte a vivir con ello. No a hundirte más.

Me apreté un poco más contra la piedra.

—Eso no es tan fácil.

—Nunca lo es —respondió—. Pero no significa que no exista.

Guardó silencio un momento, luego añadió, con voz más baja:

—Y si algún día tienes una hija…

Mi corazón dio un salto.

—¿Una hija?

—Sí. —Asintió—. Si la tienes… ponle mi nombre.

Me giré hacia ella de golpe.

—¿Tu nombre?

—Ajá.

—¿Cuál es? —pregunté.

Ironjaw me miró largo rato. Como evaluando si merecía saberlo. Como si ese nombre fuera algo que no se regalaba.

Finalmente, habló.

—Amarilis.

Parpadeé.

—¿Amarilis?

Ella torció la boca en una mueca.

—Ridículo, ¿no?

Negué despacio.

—No —dije—. No lo es.

Ella soltó una risa suave. Casi imperceptible.

—No le digas a nadie que te lo dije —advirtió—. Para todos los demás, sigo siendo Ironjaw.

—Lo prometo —respondí.

Nos quedamos en silencio otra vez. El cielo empezaba a oscurecerse. Yo sabía que ese momento no duraría. Que nada duraba allí.

—Si logro salir —dije al fin—, probaré todo eso.

—Hazlo —respondió—. Vive por los dos.

**

Cerré los ojos.

Y el calor volvió.

No el calor suave de una chimenea, ni el de una taza entre las manos. No.

Era un calor vivo. Voraz. Que mordía la piel y hacía vibrar el aire.

El sonido llegó primero.

El crack seco de algo rompiéndose.

Luego otro.

Y otro más.

Después, el rugido.

Las llamas devorándolo todo.

Abrí los ojos en ese recuerdo y la oscuridad estaba iluminada por un naranja furioso, danzante, descontrolado. El humo subía espeso, negro, rascando la garganta, haciendo arder los pulmones. Olía a combustible, a metal caliente, a madera vieja… y a miedo.

Mucho miedo.

—¡FUEGO!

—¡APAGUEN ESO!

—¡FORMACIÓN, MALDITA SEA!

Las voces de los soldados se mezclaban, órdenes gritadas unas sobre otras, perdiendo autoridad a cada segundo. El lugar donde todo era cálculo, vigilancia, castigo… se había convertido en caos.

Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Corrí.

Mis botas golpeaban el suelo con fuerza, resbalando en zonas húmedas, saltando restos de escombros. El fuego crepitaba a mi alrededor como una criatura viva, alimentándose de todo lo que durante años nos había mantenido encerrados.

Alarmas.

Disparos al aire.

Sombras corriendo en todas direcciones.

Nadie sabía a quién obedecer.

Nadie sabía qué estaba pasando.

Y yo… yo sabía exactamente qué estaba haciendo.

El calor me quemaba la espalda, pero no me detuve. Sentía la adrenalina atravesándome como electricidad, anulando el dolor, anulando el miedo. Cada paso era una decisión que no podía deshacer.

Ahora.

Ahora o nunca.

Escuché gritos detrás de mí.

—¡AHÍ!

—¡DETÉNGANLO!

No miré atrás.

Las llamas seguían creciendo, trepando por estructuras, lamiendo techos, cayendo en cascadas de chispas. El cielo nocturno parecía romperse en pedazos incandescentes.

El lugar perfecto para desaparecer.

El caos era la mejor distracción en un mundo construido sobre el control absoluto. Mientras intentaban salvar armas, archivos, jerarquías… yo me deslizaba entre las grietas.

Corrí más rápido.

El aire ardía al entrar en mis pulmones. Mis músculos gritaban. Mi cabeza zumbaba. Pero había algo más fuerte que todo eso.

Una idea simple. Brutal. Clara.

Salir.

Vivir.

Aunque no supiera cómo.

El fuego rugía detrás de mí.

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