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Reinas sin corona

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Chapter 1 - Hija del nilo

Meraquep era de origen egipcio, nacida de sangre real. Su padre, el faraón Seti, y su madre, la reina Isis, vivían en un palacio majestuoso a orillas del río Nilo, donde el agua traía vida y reflejaba la grandeza del imperio.

El palacio estaba rodeado de jardines exuberantes, llenos de palmeras altas, flores de loto y una infinidad de plantas hermosas que perfumaban el aire. Entre los senderos se alzaban estatuas de los dioses, vigilantes eternos, mientras estanques cristalinos reflejaban columnas gigantescas y muros de piedra clara, cubiertos de relieves y jeroglíficos pintados en azul, rojo y dorado. Las imágenes de Horus y Ra dominaban las paredes, recordando el origen divino de la realeza egipcia.

Sin embargo, aquella belleza escondía una amenaza silenciosa.

Egipto estaba a punto de caer.

El Imperio Otomano, cada vez más poderoso, deseaba arrebatar territorios egipcios para expandir su dominio. Turquía presionaba sin descanso, y el faraón Seti no sabía qué decisión tomar. Había considerado ceder algunas tierras, pero el sultán no aceptaba ningún acuerdo.

Hasta que un día, una idea terrible y brillante cruzó su mente.

El sultán poseía un harén repleto de mujeres hermosas, algunas convertidas en sultanas, madres de príncipes, envueltas en intrigas y poder. Seti pensó que tal vez existía un regalo que el sultán no podría rechazar.

Su propia hija.

Meraquep era una joven bellísima, inteligente y valiente, y su belleza era legendaria. Muchos decían que superaba incluso a Isis, diosa de la belleza y la fertilidad. Tenía ojos verdes, afilados y profundos, cejas finas, labios carnosos, piel clara como la luz del amanecer y un rostro delicado y perfecto. Quien la mirara quedaba irremediablemente cautivado.

Cuando Meraquep entró en la sala del trono, inclinó la cabeza con respeto.

—Padre mío, ¿me has llamado?

Seti sonrió con tristeza, descendió del trono y tomó sus manos.

—Hija mía, qué bueno que has venido —dijo con voz grave—. Te he llamado por un asunto de gran importancia. Como bien sabes, Turquía puede atacarnos en cualquier momento. No estamos preparados para una guerra; su poder es mayor que el nuestro.

Meraquep lo miró en silencio.

—He pensado en varias ideas para mantener estable el imperio durante algunos años —continuó Seti—. Pero hay una… que no sé si aceptarás. He decidido ofrecer a una joven como regalo al sultán.

—¿Un regalo? —preguntó Meraquep, confundida—. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Seti respiró hondo.

—Esa joven debes ser tú, Meraquep.

Ella dio un paso atrás, indignada.

—¡Padre! Yo respeto la situación del imperio, pero no puedo aceptar esto. Soy egipcia, no musulmana. Mi sangre pertenece a estas tierras, a nuestros dioses. No puedes entregarme como si fuera un objeto.

Seti bajó la mirada, vencido por el peso de su decisión.

—Entiendo tu dolor, hija mía. Pero si no hago esto, en pocos días Egipto dejará de existir.

El silencio cayó sobre la sala del trono, tan pesado como el destino que acababa de sellarse.

El silencio que cayó en la sala del trono fue insoportable.

Meraquep sentía que el aire le faltaba, como si los muros cubiertos de jeroglíficos se cerraran sobre ella. El Nilo seguía fluyendo afuera, indiferente, mientras su vida acababa de cambiar para siempre.

—¿Así es como termina mi destino? —susurró, con la voz quebrada—. ¿Como una ofrenda?

Seti se acercó lentamente. Por primera vez, el faraón no parecía un dios viviente, sino un padre cansado y derrotado.

—No te entrego por falta de amor —dijo—. Te entrego porque eres lo único que aún puede salvar a Egipto.

Meraquep apretó los puños. Su corazón ardía de rabia, pero su mente… su mente entendía demasiado bien el peso de la corona. Había sido criada para gobernar, para pensar como estratega, no como una niña asustada.

—Si voy —dijo finalmente, alzando la mirada— no iré como un objeto del harén.

Seti levantó la vista, sorprendido.

—Iré como princesa de Egipto. Observaré, aprenderé y sobreviviré. Si el sultán cree que me inclinaré ante él sin más… está equivocado.

Un destello de orgullo cruzó los ojos del faraón.

—Eres verdaderamente mi hija.

Esa misma noche, el palacio se llenó de preparativos. Sirvientas vestían a Meraquep con lino blanco y oro, adornando su cuello con collares sagrados y su frente con el símbolo de Isis, protectora de las mujeres poderosas. Los sacerdotes rezaron por ella, aunque ninguno se atrevió a decir en voz alta si regresaría viva.

Desde el balcón, Meraquep miró el Nilo por última vez.

—No me iré vencida —susurró—. Me iré para conquistar.

Al amanecer, el cortejo partió rumbo al Imperio Otomano, sin saber que aquella joven egipcia no solo cambiaría su propio destino…

sino el de todo un imperio.

Meraquep sabía una sola cosa: ella tenía poder.

Había nacido en Egipto, había respirado la grandeza del Nilo y aprendido desde niña que el verdadero dominio no siempre se ejerce con la fuerza, sino con la inteligencia y la paciencia. No iba a aceptar su destino como una víctima. Iba a convertirlo en su arma.

Mientras observaba el horizonte, juró en silencio:

Conquistaré el Imperio Otomano. Haré que se arrodillen ante mí. Haré que me teman.

Si le arrebataban a su familia, ella les arrebataría el poder mismo del imperio.

Los días pasaron, y finalmente llegó la respuesta esperada.

El Imperio Otomano aceptaba el regalo del faraón Seti.

La noticia recorrió el palacio como un susurro oscuro. Los preparativos comenzaron de inmediato. El destino de Meraquep ya estaba sellado.

El día de la partida, el palacio se llenó de despedidas. Meraquep abrazó a sus sirvientas más queridas, aquellas que la habían visto crecer. Se despidió de sus hermanos, de sus amigos, de cada rincón que guardaba un recuerdo de su infancia. Cada paso alejándose del palacio era una herida silenciosa.

Cuando llegó el momento final, se encontró a solas con su padre.

—Padre mío —dijo Meraquep, tomando sus manos—. Te prometo que el Imperio Otomano no hará contigo lo que espera. Te lo prometo.

Seti la miró con orgullo y tristeza. Sonrió suavemente.

—Yo lo sé, hija mía —respondió—. Recuerda siempre una cosa: inteligencia ante todo.

Meraquep inclinó la cabeza, como princesa… y como futura reina del destino.

Mientras el cortejo partía, nadie imaginaba que aquella joven egipcia no viajaba como un obsequio,

sino como una conquistadora.