Capítulo 1: El eco de la Energía X bajo el sol del Caribe
La luz del sol de las ocho de la mañana en Santo Domingo no pedía permiso. Entraba por la ventana de la habitación de Alan con una agresividad que solo el Caribe sabe ofrecer, rebotando en las paredes blancas y obligándolo a cubrirse la cara con la almohada.
Alan se quedó allí unos segundos, escuchando el rugido lejano de los motores de los carros públicos y el pregón ocasional de un vendedor de plátanos que pasaba por la calle. Era un sonido normal, cotidiano, casi reconfortante si uno ignoraba el hecho de que el mundo, tal como lo conocían, se había ido al traste hacía décadas.
Desde que la Energía X —esa radiación cósmica que nadie supo explicar— azotó la Tierra, la normalidad era un concepto elástico.
Alan se incorporó con un bostezo sonoro. Se rascó la cabeza y caminó hacia el baño. Al mirarse al espejo, vio a un joven de diesinueve años con ojeras persistentes pero una mirada afilada. Se cepilló los dientes con parsimonia, escupiendo la espuma y enjuagándose la cara con agua fría. Mientras se secaba, cerró los ojos y concentró su mente.
En la palma de su mano derecha, el aire comenzó a vibrar. Unas chispas azuladas, casi imperceptibles, se arremolinaron hasta que el acero se materializó de la nada. Era un cuchillo de cocina perfectamente balanceado, con un mango de madera oscura. Alan lo giró entre sus dedos con la destreza de un malabarista y luego, con un suspiro, hizo que se desvaneciera de nuevo en energía pura.
—Todavía tengo el toque. —murmuró.
Su poder era la Creación. Podía manifestar cualquier arma blanca que su imaginación pudiera concebir, otorgándoles propiedades elementales si tenía la energía suficiente. Pero ese era el problema: la energía.
Salió de su habitación y fue a la cocina. Allí, sentado a la mesa con una taza de café humeante y una montaña de mangú con salami, estaba Alexander.
Alexander era un tipo que ocupaba demasiado espacio. Sus hombros eran tan anchos que parecía que las camisas iban a estallar en cualquier momento. Era el epítome de un usuario de Habilidades de Combate. Su fuerza física era absurda, comparable a los mitos de los cómics antiguos, pero su verdadera "maldición" era su regeneración. Alexander simplemente no podía quedarse muerto.
—Klk, manín ¿vas a desayunar o te vas a quedar ahí mirando el vacío? —preguntó Alexander con la boca medio llena.
—Estoy pensando en que hoy hace un año —respondió Alan, sentándose frente a él.
El ambiente se tensó por un microsegundo, pero no explotó en tristeza. Habían pasado doce meses. El dolor ya no era una herida abierta, sino una cicatriz que a veces picaba.
—Un año desde que Helianny decidió que el mundo era demasiado pequeño para ella —dijo Alexander, dejando la taza sobre la mesa—. Todavía no entiendo, cuál fue el detonante, Alan. Tenía demasiada Energía X. Era como intentar guardar un océano en un vaso de cristal. Pero, fue muy repentino, un día estaba bien y al otro simplemente explotó.
Helianny. Ella era el sol de su grupo. Una chica con una capacidad de Apoyo que mantenía al equipo unido, capaz de potenciar los poderes de Alan para que él pudiera cortar incluso el tejido del espacio-tiempo con sus armas. Pero su cuerpo, saturado por la radiación cósmica, llegó a un punto crítico en un bosque donde solían jugar con sus poderes en las afueras de la ciudad. Una implosión de energía pura que borró todo en un radio de tres kilómetros.
Janiel, el salado, la mala suerte lo caracterizaba; Alonso, el único 'responsable' de entre los hombres; Josephine, la voz de la razón; Ismael y Frageudri, el dúo dinámico que nunca se callaba; Wellington alias Wilson, que estaba enamorado de Helianny... todos se habían desvanecido en un destello de luz blanca. Solo Alan y Alexander, por puro azar y por la resistencia sobrenatural de este último, habían sobrevivido.
—A veces me pregunto si Frageudri se estaría quejando del calor ahora mismo —comentó Alan con una sonrisa triste.
—Seguro. Y Janiel estaría tratando de usar su energía para enfriar la cerveza, maldito borrachon.—añadió Alexander, soltando una carcajada—. Vámonos. No queremos que se llene el cementerio.
Se pusieron en marcha. Caminar por las calles de Santo Domingo era ver el contraste de la nueva era. Edificios de hormigón reforzado que, en estos nuevos tiempos no es que fueran muy duraderos, como si fueran cartón durante alguna pelea de "Potenciados", y gente común tratando de seguir con sus vidas mientras los usuarios de Energía X volaban o saltaban techos a cuarenta metros de altura.
Llegaron al cementerio. Era un lugar tranquilo, lejos del bullicio del Malecón. Se detuvieron frente a una fila de lápidas. Los nombres estaban allí: Janiel, Alonso, Josephine, Ismael, Wellington, Frageudri y, un poco más apartada, Helianny.
Alan se quedó mirando la tumba de Helianny. Recordó cómo, gracias a ella, él podía invocar espadas que "cortar" el espacio o el tiempo. Sin su apoyo, estaba limitado a crear acero y, con suerte, algo de fuego o electricidad.
—Un año, señores —dijo Alexander, cruzándose de brazos—. Un año y sigo siendo el saco de boxeo de Alan. No han cambiado mucho las cosas.
Alan lo miró de reojo. Una chispa de picardía brilló en sus ojos.
—Es que eres muy buen blanco, Alex.
—Ni se te ocurra...
Antes de que Alexander pudiera terminar la frase, Alan extendió la mano. En un parpadeo, una Odachi de tres metros de largo, imbuida en un aura de viento cortante, apareció en su mano. Con un movimiento fluido y profesional, Alan atravesó el pecho de Alexander de lado a lado.
La punta de la espada salió por la espalda del grandullón, goteando un poco de sangre que rápidamente empezó a evaporarse debido a la Energía X.
—¡Maldita sea, mmg! —rugió Alexander, aunque su voz no sonaba con dolor, sino con una irritación profunda—. ¡Acabo de lavarme esta camisa, coñazo!
—Lo siento carnal, la costumbre.—dijo Alan, retirando la espada con un movimiento seco—. Si no te mato una vez al día, siento que los muchachos me van a halar las patas por la noche. Además, el viento ayudó a que no mancharas tanto mira.
Alexander se miró el agujero en el pecho. Las fibras musculares ya estaban tejiéndose de nuevo a una velocidad asombrosa. En menos de cinco segundos, la piel estaba intacta, aunque la camisa tenía un hoyo irreparable.
—psicópata, hijo de la gran puta. —rezongó Alexander, dándole un empujón amistoso que casi manda a Alan a la tumba de al lado—. ¿Te acuerdas cuando Janiel apostaba cuánto tiempo tardaría en salirme el corazón de nuevo?
—Perdí diez pesos esa vez —rió Alan—. Buenos tiempos.
Se quedaron un rato en silencio, compartiendo anécdotas de las locuras que hacían antes del accidente. Hablaban de cómo Frageudri intentó usar su energía para ganar en la lotería y terminó quemando el boleto, o de cómo Josephine regañaba a Alan cada vez que "mataba" a Alexander en público solo para ver las miradas desconsertadas de las personas que pasaban y, que ponían una cara aún más graciosa cuando lo veían regenerarse como si nada.
De repente, el cielo sobre Santo Domingo cambió.
No fue una nube ni un eclipse. El azul brillante del Caribe se rasgó. Una grieta de kilómetros de largo se abrió sobre sus cabezas, revelando un vacío absoluto de color violeta y dorado. El aire se volvió pesado, saturado de una cantidad de Energía X que hacía que los vellos de Alan se erizaran.
—¿Qué rayos es eso? —preguntó Alexander, poniéndose en guardia, sus músculos tensándose hasta parecer piedras.
Del centro de la grieta, un portal circular se estabilizó. Dos figuras descendieron lentamente, flotando como si la gravedad fuera una sugerencia que habían decidido ignorar.
A medida que se acercaban, Alan y Alexander sintieron que el corazón se les detenía.
Eran ellos. Pero no ellos.
El Alan que bajaba del cielo vestía una armadura de placas negras que parecían hechas de vacío estelar. A su espalda, flotaban doce espadas, cada una emitiendo una presión dimensional que hacía que el suelo del cementerio se agrietara. Sus ojos no eran humanos; eran galaxias en miniatura.
Tenía una apariencia androgina, más parecido a un ángel o un demonio. Era extraño de mirar, por qué el parecido estaba, sin embargo, era infinitamente más atractivo y debido a su apariencia androgina, para ambos sexos.
El Alexander que lo acompañaba era aún más imponente. Su piel tenía un brillo metálico y su sola presencia hacía que el espacio a su alrededor se curvara. Parecía un dios de la guerra que había olvidado lo que era el cansancio o el daño.
Y este si se parecía mucho más a Alexander, no por qué fuera menos atractivo o algo así, mas bien que tanto su físico, como rostro e incluso el temperamento era similar.
Los dos seres aterrizaron frente a los "originales". El "Alan" miró al Alan de la Tierra con una mezcla de nostalgia y determinación.
—Ha pasado mucho tiempo desde que ví una versión de mi fuera de allí, el mundo de las ideas. —dijo el Alan del portal. Su voz no era solo una voz; era un eco que resonaba en la mente de todos.
—¿Quiénes son ustedes? —logró preguntar Alan, apretando el mango de una nueva espada que acababa de crear por puro instinto.
—Somos ustedes —respondió el Alexander divino, con una voz profunda que hizo vibrar los huesos de los presentes—. De una línea temporal donde la Energía X no existió.
El Alan de la armadura negra dio un paso adelante.
—Sabemos lo que perdieron hace un año —dijo, señalando las tumbas—. Sabemos el vacío que dejaron Helianny y los demás. En otro mundo, ellos están vivos. Ya que, reencarnaron allí, todos ellos de hecho, una casualidad que se puede considerar un milagro.
Alan sintió un nudo en la garganta. —¿Están vivos?
—Sí —confirmó el otro Alan—. Y los están esperando. En el mundo al que vamos, la Energía X es solo el comienzo. Allá, podrán recuperar lo que la implosión les quitó.
Alexander miró a Alan. Ya no había dudas en sus ojos, solo la chispa de la aventura que pensó que se había apagado para siempre en aquel bosque.
—¿Klk, nos vamos? —preguntó Alexander—. ¿Nos vamos de viaje o te vas a quedar ahí pasando comi retrasado?
Alan miró por última vez las lápidas. Luego, miró a su versión divina y asintió.
—Si puedo volver a ver a Helianny y pagarle a Wilson el dinero que me prestó... cuenta conmigo.
El Alan omnipotente extendió la mano y el portal en el cielo succionó la luz del sol.
—Bienvenidos al nuevo mundo —dijo el ser.
En un destello de energía violeta, el cementerio quedó vacío. Solo el viento caribeño soplaba sobre las tumbas, mientras en el cielo de República Dominicana, la grieta se cerraba, dejando tras de sí un rastro de estrellas y la promesa de un reencuentro imposible.
Alan, mientras cruzaba el umbral, no pudo evitar materializar una espada pequeña y pincharle el brazo a Alexander una última vez en esa dimensión.
—¡Aaay! ¡Mmg, Alan! —se escuchó el grito de Alexander antes de que el silencio volviera a reinar en Santo Domingo.
