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Chapter 34 - Capítulo 33: Entrenamiento de Kakashi

El control de chakra es, en esencia, un ejercicio de economía. 

Se trata de usar la cantidad exacta de energía para adherirse a una superficie, ni más ni menos.

Para Sasuke Uchiha, el entrenamiento de trepar árboles era un desafío de precisión. 

Tenía que encontrar el punto justo. 

Para Sakura Haruno, era un ejercicio de resistencia, ya que su control era naturalmente perfecto pero sus reservas eran bajas.

Para Naruto Uzumaki, era un ejercicio de contención.

El bosque estaba en silencio, salvo por los jadeos de Sasuke y el sonido de los cuchillos marcando la altura en los troncos.

Naruto estaba de pie frente a un roble gigante. Cerró los ojos.

Su problema no era que tuviera poco chakra. 

Su problema era que tenía un océano intentando pasar por una pajita. 

Su sangre Uzumaki, potenciada por el Kyūbi, bombeaba energía con una presión hidrostática brutal. 

Si Naruto soltaba el control, no se caería del árbol. 

Explotaría la corteza bajo sus pies y saldría disparado hacia arriba como un cohete sin dirección.

—Concéntrate —se ordenó.

Restringe el flujo. Cierra la válvula. 10%... 5%... 1%.

Naruto puso el pie en el tronco. El chakra se adhirió. Dio un paso. Dos. Tres.

Llegó a la marca que Kakashi había puesto como objetivo para el día. Podría haber seguido. Podría haber corrido hasta la copa del árbol y saltado al siguiente. Sentía el poder acumulado en sus piernas, vibrando, pidiendo liberación.

Pero se detuvo.

Miró hacia abajo. Sasuke lo miraba con furia competitiva desde una rama más baja. Naruto soltó el flujo a propósito. ¡Waaaah! Cayó de espaldas, golpeándose contra el suelo (amortiguando el impacto con un micro-ajuste de su columna vertebral en el último segundo).

—¡Maldición! —gritó Naruto, frotándose la cabeza—. ¡Es muy difícil! ¡Dattebayo!

—Mentiroso —murmuró Kurama desde dentro.

El Kyūbi observaba el flujo de chakra del chico con atención crítica.

—Podrías haber subido hasta el cielo —dijo la Bestia. —Tu control ha mejorado. Ya no estás luchando contra tu propia sangre; la estás domesticando.

—Si subo hasta arriba el primer día, Kakashi sospechará —respondió Naruto mentalmente, levantándose—. Y Sasuke se sentirá amenazado. Necesito que Sasuke se sienta superior para que pelee mejor.

—Autocontrol consciente... —reflexionó Kurama. —Estás frenando tu evolución para mantener la farsa. Es una estrategia válida, pero peligrosa. Un músculo que no se estira se atrofia.

Naruto ignoró la advertencia y volvió a correr hacia el árbol, fallando a propósito en el mismo punto una y otra vez, perfeccionando el arte del "casi".

Esa noche, mientras Sasuke y Kakashi dormían en la casa de Tazuna, Naruto salió al claro del bosque.

La luna estaba llena, iluminando la niebla. Naruto no estaba allí para trepar árboles. Estaba allí para hablar con el acero.

Desenvainó la chokutō recta. El metal brilló, pálido y frío.

Naruto comenzó una kata (secuencia de movimientos) básica. Corte horizontal. Estocada. Giro. Bloqueo.

Se movió rápido. Su cuerpo, estimulado por el entrenamiento de chakra del día, respondía con una velocidad nueva. Su sangre fluía eficiente, lubricando sus articulaciones, oxigenando sus músculos al instante.

Zas. Zas. Zas.

Naruto aumentó la velocidad. Quería sentir el silbido del aire. Quería sentir que la espada era una extensión de su voluntad.

Pero entonces, lo sintió. Un retraso.

Cuando su muñeca giraba, la punta de la espada tardaba una fracción de segundo de más en seguir el movimiento. Cuando golpeaba un tronco imaginario, la vibración que recorría la hoja se sentía... hueca. Dispersa.

Naruto se detuvo en seco, jadeando ligeramente. Miró el arma.

—Algo va mal —susurró.

No estaba oxidada. El filo seguía ahí. Pero se sentía ligera. Como si estuviera agitando una rama seca en lugar de una barra de hierro.

Naruto intentó canalizar un poco de su chakra a través de la hoja, como había leído que hacían los samuráis del País del Hierro.

La espada vibró desagradablemente. El metal barato, impuro, no conducía bien la densidad de su chakra Uzumaki. La hoja "tosió", resistiéndose al flujo.

Naruto frunció el ceño. —No responde —dijo, frustrado—. Es lenta. Se queda atrás.

La espada que había comprado en la tienda de segunda mano, la que había usado para cortar tomates y sentirse seguro, de repente parecía un juguete infantil en sus manos.

—No es la espada la que ha cambiado, Naruto —la voz de Kurama cortó el silencio nocturno. —Eres tú.

El Zorro se manifestó en su mente, mirando el arma barata con desdén.

—Tu cuerpo se está adaptando a la velocidad de reacción que te otorgo y a la potencia de tu sangre. Tus reflejos son ahora más rápidos que la física de ese trozo de metal.

Naruto pasó el dedo por la hoja. —Pero me ha servido bien.

—Te sirvió cuando eras un niño jugando a esconderse. Te sirvió para aprender a no cortarte.

Kurama hizo una pausa, dejando caer la sentencia final con peso plomizo.

—Pero ese acero es impuro. Es frágil. Si intentas pelear contra Zabuza o Haku con eso usando tu velocidad real... se romperá antes de tocarles la piel.

—No crecerás más con esa, Naruto. Has tocado el techo de esa herramienta.

Naruto bajó la espada. La miró con una mezcla de gratitud y tristeza. Era su primer colmillo. Pero Kurama tenía razón. Se le había quedado pequeño.

—Necesito algo mejor —admitió Naruto.

—Necesitas algo que pueda soportar tu sangre —corrigió Kurama. —Pero por ahora, eso es lo que tienes. Úsala hasta que se rompa. Y cuando se rompa... asegúrate de que sea clavada en el enemigo.

Naruto envainó la espada. El clic sonó decepcionante, sin la autoridad de antes. Volvió a la casa en silencio.

Sabía que la batalla final se acercaba. Y ahora sabía, con una certeza fría, que entraría al combate con un arma que ya estaba muerta.

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