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Chapter 12 - Capítulo II —Una culpa autoimpuesta

Cuando ella cerró los ojos, el silencio fue tan natural como si el mundo hubiera contenido la respiración.

El dolor seguía ahí, latiendo en cada músculo, pero su voz ya no gritaba. Se había vuelto distante, como un recuerdo mal colocado. Su cuerpo aún estaba de pie —o eso creyó.

En el distrito sur, el cielo vibraba.

No por el viento, sino por el zumbido metálico que lo atravesaba. Luces rojas se deslizaban entre las estructuras destruidas, cortando la neblina baja.

En las calles, las persianas caían. Las puertas se quemaban. Las voces que alguna vez inundaron el lugar se desvanecían.

Entonces llegaron las alarmas, y los drones cruzaron el cielo como insectos sin alma.

Eolka no oyó nada de eso.

Su frente tocó el suave colchón mientras sus hermanos de armas la llevaban a la base.

Soñó.

No con Amber.

No con la academia.

Soñó con un campo sin lunas.

La tierra estaba seca y el cielo era un vacío sin fin. Frente a ella había una figura humana, de espaldas. No irradiaba poder. No imponía presencia.

—No deberías estar aquí —dijo la figura, sin girarse.

La voz no era masculina ni femenina.

Ella intentó responder, pero no tenía voz.

Intentó moverse, pero el suelo la retenía.

—Aún no —continuó la voz—. Todavía no es tu momento.

Algo se removió en el aire.

La figura giró apenas el rostro. Eolka no logró ver sus rasgos, solo la silueta de unos ojos apagados… como brasas a punto de extinguirse.

—Si sigues por este camino —añadió—, al final nos encontraremos.

El campo se agrietó bajo sus pies.

Y ella despertó jadeando.

El techo que vio no era el del dormitorio asignado.

Era metal con cables expuestos y una luz amarillenta que parpadeaba con cansancio.

Intentó incorporarse, pero no pudo.

Cada intento era castigado con un mareo profundo, como si su cuerpo hubiera sido diluido.

—Tranquila —dijo una voz a su lado—. Si te mueves así, te vas a desmayar otra vez.

Giró apenas la cabeza.

Una mujer estaba sentada junto a ella, revisando un dispositivo portátil. No llevaba uniforme del Nuevo Orden. Tampoco insignias de la Resistencia. Su rostro era común, olvidable… pero sus ojos no.

Eran demasiado atentos.

—¿Dónde… estoy? —murmuró ella.

—En un punto intermedio —respondió—. Digamos que te recogimos antes de que lo hicieran ellos.

Eolka cerró los ojos un segundo, intentando ordenar los recuerdos.

—Tranquila —repitió la mujer—. No te rastrearon. Pero dejaste algo atrás.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

La mujer dudó. Solo un instante.

—A mi pequeña hermana.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.

—Ella confiaba en tu comando —añadió—. Pero parece que el enemigo fue más inteligente y les tendió una trampa.

Eolka apretó los dientes, y la mujer continuó:

—No es que quiera culparte. Pero al menos espero que la recuerdes. Ya sabía que esta misión era peligrosa, y aun así insistió.

Eolka bajó la mirada.

—No hay palabras que alivien tu sufrimiento —dijo—. Pero ella luchó con valentía. Incluso cuando yo había perdido la esperanza, siguió protegiendo a los niños.

Se levantó. Caminó hacia la salida del cuarto y se detuvo con la mano sobre la puerta.

—No debo perder el tiempo recostada en una cama.

La puerta se cerró, y en el pasillo, sus lágrimas cayeron en silencio.

Cada paso que dejaba atrás era el eco de las personas que nunca más la acompañarían en su viaje para salvar al mundo.

Al cruzar las puertas de la sede principal, la tristeza en su rostro se desvaneció.

—Eolka… —dijo una voz baja—. ¿No deberías estar en la sala de recuperación?

Ella alzó una mano, pidiendo silencio. No tenía fuerzas para discutir. Ni para justificarse del por qué estaba allí.

El comandante la observó con el ceño fruncido. No necesitó acercarse para notar cómo las vendas comenzaban a teñirse.

—Diga lo que diga, nunca me escucharás —dijo.

No la llevaron de vuelta a la enfermería.

La condujeron al ala de investigación.

La sala era amplia y demasiado blanca. La luz no proyectaba sombras; las borraba. En las mesas de trabajo había tubos de ensayo, llenos de líquidos y sustancias extrañas. Y, al fondo, tras un cristal reforzado, yacía el cuerpo inerte del gran lobo.

Su piel aún conservaba un brillo apagado, como si la muerte no hubiera terminado de reclamarlo. Las colas estaban extendidas con precisión quirúrgica, marcadas y catalogadas con fines que ella desconocía.

Una mujer de bata blanca se giró al verlos entrar.

—Será procesado por completo —informó—. Tejido para sueros regenerativos. Núcleos para armamento. Nada se desperdiciará.

Eolka no respondió. Las palabras no eran su fuerte.

Entonces, al girarse, lo vio.

Un niño estaba junto al cristal, de espaldas al grupo. Apenas le llegaba a la cintura a uno de los investigadores. Observaba el cadáver con atención silenciosa.

Pero lo que más curiosidad le dio era la pequeña espada envainada que descansaba en su cintura.

—¿Qué hace este niño aquí? —preguntó Eolka, sin dureza.

Al no recibir una respuesta, se acercó despacio. Cuando estuvo a su lado, habló sin alzar la voz.

—¿Qué haces aquí, pequeñín?

El niño tardó en girarse.

La miró primero a las vendas. Luego, al rostro.

—Señorita —dijo—… no debería sobreesforzarse. Su cuerpo no va a aguantar mucho más.

Eolka parpadeó, sorprendida por la preocupación en esos pequeños ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

—Lion —respondió con naturalidad—. Mi apellido es…

Giró el rostro, como si algo tirara de él.

—Eso no es lo importante —añadió rápido—. Yo puedo sanar sus heridas.

Eolka lo miró con incredulidad.

—Eso no es posible.

—Lo es —dijo—. Pero necesito acercarme primero a la bestia. Y tocarla.

Las miradas se cruzaron. Los murmullos bajos se esparcieron por la sala.

Eolka consultó al personal, solo para contentar al pequeño.

Las respuestas fueron divididas.

—Solo cinco minutos —dijo la investigadora, con el permiso del comandante.

Lion sonrió, sin exagerar, y corrió hacia el cristal como si entrara a un parque.

Al ingresar al área, se detuvo frente al cadáver, y recorrió el pelaje con la punta de los dedos, atento, como si buscara algo que los demás no podían ver.

Luego regresó.

—Ya está.

Algunos sonrieron, como si hubieran complacido a un niño curioso.

Lion se plantó frente a Eolka y alzó el brazo.

Con dos dedos tocó la vena de su brazo, sintiendo el latido. Después descendió, lento, hasta la palma.

La punta de sus dedos brilló de un rojo prismático.

Cuando tocó las heridas, el dolor comenzó a desvanecerse. Las vendas se aflojaron, y la sangre retrocedió.

El silencio que acompañó el momento fue absoluto.

Cuando terminó, Eolka respiró hondo, como si el dolor fuera un mal recuerdo.

Los investigadores, perplejos por el suceso que escapaba a su conocimiento, no dudaron en acercarse al pequeño.

—¿Dónde aprendiste esto?

—Es extraordinario.

—¿Qué tipo de arte es?

Lion bajó la mirada, sonrojado.

—Es un secreto —dijo.

Ella lo observó.

Por un instante, la inocencia en su rostro se tiñó de algo más.

El mismo vacío que había visto cuando evitó decir su apellido.

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