Cherreads

Chapter 34 - Capítulo 33

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Han pasado días desde aquella cena.

Y, por primera vez en nueve años, el silencio en esta casa ya no pesa igual.

Mi esposo no lo dice, pero lo sé.

Ya no me mira con esa compasión fría, esa mezcla de incredulidad y cansancio con la que solía enfrentar mis palabras.

Él también lo sintió. Ese tirón.

Esa corriente de maná que no venía de afuera, sino de dentro… como si algo que creíamos muerto hubiese respirado otra vez.

Desde entonces, el aire se siente distinto.

No más cálido, no más liviano… pero vivo.

Como si la casa entera, sus paredes, su nieve, hasta la quietud de los pasillos, esperara algo.

Los mellizos siguen sin hablarme del tema.

Y mi hija mayor, aunque intenta ocultarlo, ha empezado a observarme de la misma manera que lo hace su padre: con una mezcla de duda y miedo.

No la culpo.

Durante años me vieron despertar gritando en mitad de la noche, con lágrimas que no sabía explicar.

Soñaba una y otra vez con ese acantilado.

Con su mano entre la mía.

Con el rugido del viento y el vacío devorándolo todo.

Recuerdo cada detalle.

El olor a tierra mojada.

El grito ahogado en mi garganta cuando sus dedos se soltaron.

Y ese instante en el que el mundo se detuvo, cuando mi corazón creyó romperse… pero no lo hizo.

No.

No se rompió.

Solo cambió.

Porque ocho meses atrás, mientras volvía a tener esa pesadilla, sentí algo nuevo.

No fue solo dolor.

Fue una sacudida, una fuerza que me atravesó el pecho, como si mi alma se hubiera tensado por dentro.

Y luego, una sensación imposible de describir: miedo, confusión… y vida.

Sentimientos que no eran míos, pero que podía reconocer.

Era él.

Mi hijo.

Lo supe entonces, del mismo modo que una madre sabe cuándo su hijo respira por primera vez.

Ese lazo no se rompe con la distancia ni con la muerte.

Era un vínculo que nunca compartí con mis otros hijos, porque con Neyreth fue diferente desde el inicio.

Su maná se entrelazó con el mío antes incluso de que pudiera hablar.

Sentía sus emociones como ecos, impulsos, respiraciones ajenas en mi propio pecho.

Y ahora, nueve años después, esa conexión había vuelto a responder.

Mi esposo no ha dicho nada desde aquella noche, pero sé que no duerme.

Puedo oír sus pasos cuando se levanta en la madrugada y recorre los pasillos.

Tal vez teme admitirlo en voz alta, porque hacerlo sería aceptar que durante todos estos años me llamó loca por tener razón.

Pero Mariela… ella no dudó.

La envié semanas antes de aquella cena, guiada solo por mi instinto.

Le pedí que siguiera los registros de las tormentas de maná, los informes sobre niños con flujos anómalos o desapariciones fuera del mapa.

Mariela sabe lo que hace.

Y ahora, con esto, con todos nosotros sintiéndolo al mismo tiempo…

Sé que fue la decisión correcta.

Neyreth está vivo.

No sé dónde.

No sé cómo.

Pero está ahí, en algún lugar del mundo, respirando bajo otro cielo.

El vínculo me lo susurra cada amanecer, cuando cierro los ojos y dejo que mi maná se expanda.

A veces creo oírlo —una vibración leve, un hilo invisible que me llama.

El reloj del salón marcó las once.

La nieve seguía cayendo detrás de las ventanas altas, lenta, constante, igual que aquella noche.

Había pasado tanto tiempo desde la cena que juré no volveríamos a mencionar el tema, pero entonces… su voz rompió el silencio.

—He reunido a mis hombres —dijo él, sin levantar la vista del fuego que ardía en la chimenea—. Los enviaré a buscarlo.

Sentí cómo mi respiración se detenía por un instante.

Giré la cabeza lentamente, observándolo.

Su perfil seguía siendo el mismo: firme, severo, inquebrantable. Pero esta vez… había algo diferente en su tono.

—¿Buscarlo? —repetí apenas, en un susurro.

Asintió despacio, con la mirada fija en las llamas.

—Si está vivo —continuó—, entonces que lo traigan de vuelta. Su lugar está aquí, con nosotros. Y si, como tú dices, él está regresando… entonces que venga. Aquí lo esperaremos.

Lo miré en silencio.

Por un momento, no supe si debía llorar o reír.

Había pasado años rogando que pronunciara esas palabras, que siquiera admitiera la posibilidad.

Y ahora que lo hacía, algo en su forma me dolía más que el silencio.

—¿Por qué otros? —pregunté finalmente, con un hilo de voz—. ¿Por qué tienen que ir tus hombres a buscarlo? Somos sus padres. ¿Acaso no deberíamos ser nosotros quienes lo busquen?

Su mirada, fría y cortante, se clavó en mí por primera vez esa mañana.

—¿Y entonces por qué enviaste a Mariela? —replicó, sin rodeos—. Si tanto crees que era nuestro deber, ¿por qué la mandaste en tu lugar?

Sus palabras me golpearon con fuerza.

Pero no bajé la mirada.

—Porque sabía que me detendrían —respondí con firmeza—. Sabía que no me dejarías ir. Que me llamarías imprudente, insensata, obsesionada. Y tenía razón, ¿no es así? —Di la última frase casi en un susurro, pero cargada de amargura—. Durante nueve años he vivido con el peso de tus dudas y las de todos los demás. Si hubiera intentado buscarlo yo misma, me habrían encerrado antes de llegar al portón.

Él apretó la mandíbula, sin decir nada.

La tensión en el aire era casi física.

—Mariela fue mi única opción —seguí, dando un paso hacia él—. Ella no me juzgó, no me pidió pruebas, no me llamó loca. Solo obedeció porque creyó en mí… como tú debiste hacerlo desde el principio.

Él apartó la vista, cerrando los ojos por un instante, como si mis palabras pesaran más de lo que quería admitir.

—No era incredulidad —dijo con voz baja—. Era miedo. Perder a un hijo es una herida… pero vivir creyendo que sigue ahí, que respira en algún lugar, y no poder alcanzarlo… eso es tortura. Y yo… no podía soportar verte destruirte así.

Lo observé en silencio.

Durante un momento, lo entendí.

Pero esa comprensión no borraba el dolor acumulado por años.

—¿Y crees que el silencio fue mejor? —pregunté, con la voz quebrándose apenas—. ¿Crees que callar, fingir, seguir comiendo en esa mesa como si nada hubiera pasado fue más llevadero? Yo lo sentía, día tras día. Su miedo, su confusión, su dolor. Lo sentía cada vez que respiraba, y ninguno de ustedes me creyó.

Él dio un paso hacia mí, su sombra proyectándose por el fuego.

—Y ahora sí —dijo con gravedad—. Ahora lo siento yo también. Lo sentí esa tarde. Y sé que era él.

Nos quedamos mirándonos, sin hablar.

El silencio era tan denso que podía oír el crujir de la leña.

—Entonces deja que sean ellos —dijo por fin—. Mis hombres sabrán buscarlo. Tienen recursos, contactos, experiencia. Si de verdad está vivo, lo traerán a casa.

Negué lentamente.

—No —dije, avanzando un paso más, mi voz firme—. Ya no. He esperado nueve años. He llorado, he gritado, he sido llamada loca, y aun así seguí esperando. Y ahora que todos saben que no estaba equivocada, no voy a quedarme aquí mientras otros lo traen de vuelta.

Él frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Que no pienso quedarme sentada esta vez —respondí, con una calma que incluso a mí me sorprendió—. Neyreth es nuestro hijo. Y si está vivo, no dejaré que extraños sean los primeros en hallarlo.

El fuego crepitó.

Mi respiración era la única que sonaba.

—No puedes salir tú sola —dijo, con un tono que oscilaba entre la orden y la súplica—. No sabes dónde está. No sabemos qué es lo que lo ha mantenido con vida todo este tiempo.

—Tampoco sabíamos si seguía vivo, y aun así tú vas a mandar hombres a buscarlo —repliqué—. ¿Ves la diferencia? Yo voy porque soy su madre. Ellos irán porque tú necesitas tener el control.

Él dio un paso atrás, sorprendido por la dureza de mis palabras.

—No eres la única que lo ama —dijo finalmente, casi en un murmullo.

—Lo sé —respondí con suavidad—. Pero soy la única que todavía recuerda cómo se siente tener su maná mezclado con el mío. Esa conexión sigue viva, y si me concentro… puedo sentirlo. Déjame seguir ese rastro. Déjame encontrarlo.

Por un momento, creí que iba a detenerme.

Pero en lugar de eso, solo se apartó del camino.

Me quedé de pie, observándolo unos segundos más, y luego hablé:

—Ya hemos perdido demasiado tiempo. Nueve años… Nueve años en los que creímos en la muerte, cuando debimos haber creído en él.

Y sin esperar respuesta, me di media vuelta y salí del comedor.

Mis pasos resonaban por el pasillo vacío, lentos, arrastrados, como si cada palabra que acababa de decir pesara más que el aire mismo.

Nueve años…

Lo había dicho sin pensarlo, pero ahora… ahora esa cifra me golpeaba en el pecho como un eco insoportable.

Nueve años de silencio.

Nueve años sin su voz, sin sus pasos corriendo por los jardines, sin su risa llenando las mañanas.

Pero entonces…

Si él seguía vivo.

Si realmente mi hijo había sobrevivido…

¿Por qué no regresó?

Me detuve en medio del pasillo.

Mi respiración se volvió irregular, y apoyé una mano contra la pared.

¿Por qué no volvió con nosotros?

¿Por qué no vino a casa?

¿Acaso… acaso no quiso volver?

Sacudí la cabeza con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar el pensamiento.

No… no podía creer eso.

Recordaba esa noche con cada detalle grabado en el alma.

La oscuridad.

El sonido de los gritos.

El olor del metal y la sangre.

El hechizo que iba dirigido hacia mí.

Y él.

Neyreth.

Interponiéndose entre el hechizo y yo, sin pensarlo, sin dudarlo.

El impacto lo lanzó por los aires.

El suelo se quebró, el viento aulló, y lo último que vi fue su mano extendida, aferrándose a la mía, los dedos resbalando, el miedo en sus ojos.

Yo lo sujeté.

Lo tuve.

Lo tuve.

Y aun así… se me escapó.

Cayó.

Y con él, todo lo que alguna vez fui.

Me cubrí la boca con una mano.

El recuerdo seguía tan vivo que el pecho me dolía.

—¿Madre?

La voz me sacó de golpe de mi espiral.

Giré bruscamente, y allí estaba ella.

Mi hija mayor.

De pie al final del pasillo, envuelta en una bata blanca, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros.

Sus ojos… los mismos que los míos, aunque más jóvenes, más cansados.

—¿Qué haces despierta a esta hora? —pregunté, intentando recomponerme.

Ella bajó la mirada, jugando con los dedos.

—No podía dormir —dijo al fin—. Además… ya sabes. Pronto regreso a la Academia de Altherion, y tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Asentí con suavidad.

Altherion.

El nombre siempre sonaba pesado en mis oídos, lleno de historia y de deber.

La Academia de Altherion…

El lugar donde los herederos de las casas nobles, duques, condes y señores de los feudos se formaban.

Líderes, estrategas, magos, guerreros.

El corazón de la nobleza del Imperio.

Y ella, mi hija… estaba a un año de graduarse.

Un año de dejar de ser solo mi niña, y convertirse en la futura cabeza de nuestra casa.

Pero ahora, bajo esa luz tenue, no parecía una futura duquesa.

Parecía una hija que cargaba el mismo peso que yo.

—¿Piensas en él? —pregunté suavemente.

Sus hombros se tensaron.

Tardó un momento en responder.

—Sí —admitió al fin—. Desde ese día… no puedo dejar de hacerlo. Intento concentrarme, estudiar, planear mi regreso… pero no puedo. Aun cuando cierro los ojos, lo siento ahí, como una presión en el pecho. Como si su maná estuviera… tocando el mío.

Dio una débil sonrisa.

—Supongo que es cosa de familia.

Me acerqué despacio, y cuando estuve frente a ella, le tomé el rostro con ambas manos.

Su piel estaba fría, pero sus ojos… ardían.

—No es solo cosa de familia —susurré—. Es el vínculo. Siempre lo ha sido. Tú lo sientes ahora porque él está despertando… y porque ese lazo nos une a todos.

Ella me miró con un temblor en la voz.

—Entonces… ¿de verdad está vivo?

Asentí sin dudar.

—Sí. Y esta vez, nadie podrá decir lo contrario.

Sus labios temblaron.

La máscara de serenidad que siempre llevaba —esa que le enseñaron en Altherion, a ser fuerte, digna, intocable— se rompió por primera vez en mucho tiempo.

—Madre… —susurró, bajando la mirada—. Si está vivo… si de verdad sigue allá afuera… ¿por qué no volvió?

Su pregunta me atravesó como una daga.

La misma que me hice hacía solo unos minutos.

Intenté responder, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta.

Finalmente, solo la abracé.

—No lo sé —dije contra su cabello—. No lo sé, hija mía. Tal vez no pudo. Tal vez algo… o alguien… se lo impidió.

Ella me rodeó con los brazos, aferrándose con fuerza.

Por un momento, las dos nos quedamos así, escuchando el leve golpeteo de la nieve contra los ventanales.

—Lo traeremos de vuelta —susurré, más para mí que para ella—. No importa cuánto tiempo haya pasado… lo traeremos a casa.

Ella asintió, con la voz casi inaudible:

—Sí… a casa.

Nos separamos despacio.

La miré un momento más, y sonreí con ternura, acariciándole la mejilla.

—Ve a dormir —le dije al fin—. Mañana será un día largo, y la Academia de Altherion no espera a nadie, ni siquiera a las hijas de un ducado.

Ella asintió con una sonrisa triste y se alejó por el pasillo.

Cerré los ojos unos segundos después de que mi hija se marchara, dejando que el silencio volviera a llenarlo todo.

El eco de sus pasos desapareció por el pasillo, y solo quedó el leve murmullo del viento golpeando los ventanales.

Respiré hondo.

No tenía sentido seguir de pie allí.

Tenía mucho que hacer.

Retomé el camino hacia mi habitación.

El pasillo estaba oscuro, apenas iluminado por las luces de los candelabros encantados que flotaban junto a las paredes, su llama azulada proyectando sombras danzantes sobre los retratos familiares.

Cada cuadro era una herida.

Neyreth, de niño, con una sonrisa que apenas recordaba.

Mi esposo, con esa mirada orgullosa que ya no mostraba.

Y yo… sosteniéndolo en brazos, creyendo que el tiempo nos pertenecía.

Tragué saliva.

La culpa ardía, pero no podía dejar que me detuviera.

Empujé la puerta de mi habitación.

El aire dentro estaba más frío que el del pasillo, cargado de esa quietud que solo el invierno podía traer.

Me acerqué al escritorio, encendí una vela con un chasquido de maná, y la luz titilante iluminó la superficie de madera cubierta de documentos, sellos y viejos mapas.

Tomé una hoja nueva, limpia.

El olor a tinta fresca me envolvió mientras hundía la pluma en el tintero.

Mariela.

Escribí su nombre primero, con calma.

Las palabras vinieron solas después, una tras otra, fluyendo con precisión.

Frases breves, órdenes directas, pero entre líneas… la urgencia de una madre.

Cuando terminé, dejé que la tinta se secara un momento.

El silencio me acompañaba, roto solo por el crepitar de la vela.

Doblé la carta con cuidado y la até con una cinta blanca.

Me acerqué a la ventana y la abrí.

El aire helado entró como una caricia.

La nieve seguía cayendo, lenta, suave, reflejando la luz de la luna.

Extendí una mano frente a mí y dejé que el maná fluyera desde la palma.

El aire se condensó, y un cristal azulino comenzó a formarse en el vacío, girando lentamente, tomando forma.

Primero las alas, finas y afiladas.

Luego el cuerpo, translúcido y delicado.

Un pequeño pájaro de hielo, tallado por mi poder, con ojos de luz tenue que parpadeaban como si respirara.

Sonreí apenas.

Había pasado mucho desde la última vez que creaba uno de estos.

Acaricié la superficie helada de su cabeza y murmuré:

—Encuéntrala… encuéntrala y entrégale esto.

El pájaro inclinó la cabeza, como si entendiera.

Abrí sus alas y envolví la carta con ellas; los fragmentos de escarcha la cubrieron, sellándola.

Luego lo solté.

El pequeño ser de hielo se alzó en el aire, batiendo sus alas con un sonido agudo, cristalino.

Salió por la ventana, dejando una estela de copos detrás de sí, perdiéndose en la nieve y en la oscuridad del cielo.

Lo seguí con la mirada hasta que desapareció.

Y entonces, por primera vez en años, sentí algo que no era desesperanza ni rabia.

Era propósito.

Cerré la ventana con suavidad.

La vela parpadeó al viento antes de morir.

Y en la penumbra, me permití un último pensamiento antes de marchar a descansar:

Espera, hijo mío… solo un poco más.

Esta vez, iré por ti.

****

[Eiren]

Han pasado varios días desde aquella conversación con Kyot.

Desde entonces, el silencio ha sido mi compañero más constante.

Los campos al este del valle ya vuelven a verse verdes bajo la escarcha. Cuesta creer que hace apenas unas semanas yo mismo los había destruido en medio de aquella pelea con Kyor. La tierra aún conserva marcas quemadas en algunos puntos, pero la vida se abre paso igual.

Kyot me ayudó a repararlos, y aunque al principio ninguno de los dos decía mucho, con el tiempo, trabajar juntos fue… más sencillo. No éramos enemigos, tampoco amigos, pero compartíamos una misma carga.

Mi madre, Liana, vigilaba desde lejos, con esa mirada que no deja escapar nada.

Y mi padre, Roderic, tampoco me quitaba los ojos de encima.

Entiendo por qué. Aún estoy recuperándome, y las heridas —las físicas y las otras— tardan más de lo que uno quisiera. Además, me prohibieron usar magia hasta nuevo aviso, no porque no confíen en mí, sino porque saben que no confío en mí mismo.

A veces siento el pulso del maná debajo de mi piel, como si la energía quisiera salir, recordándome que sigue ahí, esperando. Pero me contengo. No quiero repetir lo de aquel día.

Hoy la nieve ha dejado de caer.

El cielo está limpio, y el viento sopla suave, trayendo el olor de la madera húmeda y la tierra fría. Falta poco para que el invierno termine, y aunque todo parece tranquilo, yo no lo estoy.

No puedo dejar de pensar en la Orden… en Miller.

Desde que desperté, no he vuelto a hablar del tema con nadie. No sabría por dónde empezar, ni qué decir exactamente.

No quiero preocupar a mi familia. Han hecho demasiado por mí ya.

Y sin embargo, guardarme todo esto dentro se siente como si caminara con una piedra en el pecho.

No sé qué hacer.

No quiero irme.

Pero tampoco quiero quedarme sin saber la verdad.

A veces me pregunto si mi madre biológica sigue viva.

Si de verdad está ahí fuera… esperándome.

No lo digo en voz alta, pero cada noche pienso en ello.

En sus ojos, en su voz, en los fragmentos de recuerdos que tengo.

Y me pregunto si, de algún modo, ella también piensa en mí.

Kyot dice que debería dejar que las cosas sigan su curso.

Que ya vendrá el momento de decidir.

Pero cada día que pasa siento que el tiempo se acorta, que algo —no sé qué— se acerca.

Por ahora, solo puedo seguir aquí.

Arreglando lo que rompí, escuchando el viento entre los árboles y pretendiendo que todo está bien.

Aunque sé que no lo está.

Me dejé caer sobre una pila de madera vieja que habíamos quitado de las rejas anteriores, exhalando un suspiro que se perdió entre el viento helado.

El silencio era cómodo. Casi.

Hasta que escuché pasos acercarse entre la nieve.

—No deberías estar ahí sentado —dijo Kyot con su voz calmada, esa que usaba cuando no sabía si estaba regañando o simplemente hablando—. Te vas a congelar con ese suéter ridículo.

Alcé la mirada. Venía abrigado con un grueso abrigo gris, el cuello levantado hasta cubrirle parte del rostro, y en las manos traía un par de guantes medio rasgados.

—No tengo frío —respondí sin pensarlo mucho.

Él arqueó una ceja, dudando.

—¿No tienes frío…? —repitió, cruzándose de brazos—. Eiren, estamos a menos de cero grados. Hasta los árboles parecen temblar.

—Lo sé —le dije encogiéndome de hombros—, pero… desde hace un tiempo ya no lo siento. No sé si es algo bueno o malo, pero después de "despertar" otra vez mi magia, hace ocho meses, el frío simplemente… dejó de afectarme. Todo se siente como si fuera verano.

Kyot me observó un momento, con ese gesto que hace cuando está pensando demasiado.

Luego soltó una pequeña risa.

—Es raro. Muy raro. Ni siquiera cuando estabas en la Orden hacías eso.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Ah no?

—No. —Negó con la cabeza, sentándose a mi lado sobre los tablones viejos—. Siempre llevabas encima tres capas de ropa, bufanda incluida. Te la pasabas temblando en invierno, y te quejabas de que el viento se te metía hasta los huesos.

Me quedé en silencio un segundo, observando el suelo.

—Entonces… he cambiado bastante.

—Eso parece —dijo Kyot, y su voz sonó más suave esta vez.

Hubo una pausa entre ambos, apenas interrumpida por el viento.

Finalmente me atreví a preguntar:

—¿Cómo era yo antes?

—¿Antes de qué? —preguntó él, sin mirarme.

—Antes de todo esto. Cuando estaba en la Orden. ¿Cómo era yo?

Kyot bajó la mirada, pensativo. Tardó un momento en responder.

—Eras un niño terco. Muy terco. —Dejó escapar una risa nostálgica—. Pero también eras valiente, a tu manera. Tenías miedo, claro, pero tu necesidad de venganza era más fuerte que cualquier miedo que sintieras. Eso fue lo que te mantuvo en pie.

—Venganza…—repetí en voz baja.

—Sí. —Asintió lentamente—. Todos en la Orden sabíamos que estabas ahí por algo más que el simple deseo de servir. Pero lo que nadie esperaba era que soportaras tanto. Los entrenamientos… eran un infierno. Incluso para mí. Y tú, con ese cuerpo delgado y esas manos que apenas podían sostener una espada al principio, nunca te rendiste.

Me quedé mirando mis manos, ahora cubiertas de cicatrices, y traté de imaginarlo.

No pude.

—Con el tiempo —continuó Kyot—, el miedo empezó a desaparecer. Pero junto con él, también lo hizo algo más. Te volviste más callado, más frío. Te cerraste al mundo. Yo intenté hablarte muchas veces, pero ya no eras el mismo chico que llegó temblando la primera noche. El sello que te habían puesto te limitaba… y aun así crecías en poder.

—Supe que del sello de maná. —Asintió—. Algunos de los magos de la Orden te ayudaron a debilitarlo un poco con el tiempo. No completamente, pero lo suficiente como para que pudieras usar una fracción de tu poder.

Incluso así, eras fuerte. Muy fuerte.

No supe qué decir.

—Y eso —siguió Kyot—, fue lo que llamó la atención del líder de la Orden.

—¿El líder? —pregunté, levantando la cabeza.

Kyot asintió, mirándome de reojo.

—Sí. Aquel hombre estaba fascinado contigo. Veía en ti algo… que ni yo comprendía del todo. Tu potencial, tu carácter, esa fuerza que salía incluso con tus límites. Te entrenó personalmente durante unos meses.

—¿Él mismo me entrenó? —pregunté, incrédulo.

—Así es. —Soltó un suspiro, apoyando los codos en las rodillas—. Fue durante una de las sesiones para debilitar el sello. Recuerdo que ese día casi todos los magos estaban presentes. Y cuando el líder vio lo que podías hacer, sonrió de esa forma suya… como si hubiera encontrado un tesoro.

—…

—Tenías un poder enorme, Eiren —dijo finalmente, bajando la voz—. Y lo sabías. Pero el sello te contenía, y quizás eso fue lo que te salvó. Porque si no lo hubiera hecho, quién sabe en qué te habrías convertido.

El silencio volvió a caer entre los dos.

Solo el viento, el crujido de la madera bajo nuestros cuerpos, y el susurro distante del bosque.

—A veces —añadió Kyot, mirándome—, pienso que el sello no fue solo una maldición. Tal vez fue… una forma de protegerte de ti mismo.

No respondí.

No podía.

Solo bajé la mirada, observando mis manos otra vez, y por un instante, juraría que sentí el eco de una energía dormida bajo la piel.

Un sello. Una prisión. O quizá… una advertencia.

El viento soplaba más suave, trayendo consigo un silencio que pesaba más que cualquier palabra.

El sol ya se había escondido y el cielo comenzaba a teñirse de azul oscuro, con algunas estrellas titilando apenas entre los jirones de nube.

Kyot permanecía sentado a mi lado, con los brazos cruzados, observando el horizonte cubierto de nieve.

Yo jugueteaba con una astilla de madera entre mis dedos, sin saber muy bien por qué seguía allí sentado.

Finalmente, él habló.

—Dejame preguntarte de nuevo… —su voz rompió el aire helado—, ¿qué piensas hacer con todo eso?

Lo miré, confundido.

—¿Con qué?

—Con Miller. Y con el líder —respondió sin rodeos, girando el rostro hacia mí—. No te presiones si no haces nada. Para la Orden, tú ya estás muerto. Miller se encargó de "eliminarte", ¿recuerdas? Tu traición fue castigada, y tu nombre borrado. Nadie te busca, nadie te espera.

Bajé la mirada.

—Sí, lo sé… pero aun así…

—¿Aun así qué? —preguntó, con ese tono paciente pero firme que usaba cuando quería obligarme a hablar.

Suspiré.

—No sé qué hacer, Kyot. No sé si… si mi venganza original ya se cumplió o no. Ya deberías saber que antes de llegar a la Orden, yo… —me quedé en silencio un instante, buscando las palabras—. Yo tenía un propósito. Una razón para volverme fuerte. Querían eliminarme, a mí y a mi madre. No recuerdo todo con claridad, pero sí recuerdo su rostro… y el miedo. Esa fue la razón por la que entré a la Orden, para vengarla… para vengarnos.

Me quedé mirando mis manos.

—Pero ahora… no lo siento igual. Aunque lo recuerdo un poco, no se siente como mío, ¿entiendes?Es como si aquella venganza fuera de otra persona. Como si ese dolor, esa rabia, no me pertenecieran del todo.

Kyot me miró en silencio por unos segundos, antes de dejar escapar una pequeña risa nostálgica.

—Supongo que eso es lo que pasa cuando la memoria y el alma se separan por tanto tiempo.

—Quizás… —susurré.

—Pero escucha —dijo de pronto, apoyando un codo en la rodilla y mirando hacia el suelo—. No tienes que preocuparte por eso. Yo estuve contigo cuando buscabas esa venganza. Yo y otros más. Luchamos a tu lado, Eiren. Vimos cómo crecías, cómo te rompías y cómo te levantabas.

—¿Qué… hicimos? —pregunté, apenas en un murmullo.

—Destruimos tres casas nobles —dijo sin dudar, su voz grave y baja—. Tres linajes de viscondes. No fue de golpe, claro. Lo hicimos gradualmente, con precisión, con la misma rabia que te mantenía con vida.

Tragué saliva, sin atreverme a mirarlo.

—Entonces… ¿cumplí mi venganza?

Kyot asintió despacio.

—Sí. Lo hiciste. Los tres nombres que te robaban el sueño… ya no existen.

Guardé silencio. No sentí alivio, ni orgullo. Solo un vacío.

Después de un momento, murmuré:

—Entonces, ¿por qué me quedé en la Orden? Si mi venganza ya había terminado… ¿por qué seguir?

Kyot soltó un suspiro largo.

—Te fuiste, ¿recuerdas? Después de eliminar a la última casa, desapareciste. Si simplemente habías decidido seguir tu propio camino. Pero… regresaste.

Levanté la cabeza, sorprendido.

—¿Regresé?

—Sí. —Asintió—. Y todos preguntamos por qué. Qué te había pasado, qué habías visto allá afuera. Tú solo dijiste que era mejor no regresar. Que no había nada más allá para ti.

Me quedé quieto, tratando de imaginar esa versión mía diciendo algo así.

No podía.

—Incluso el líder se desconcertó con tu regreso —continuó Kyot—. Nadie lo había visto tan… interesado en alguien. Fue entonces cuando decidió darte un nuevo nombre.

—Frostfallen

—Sí. Dejaste de ser "Cuervo". Desde ese día te llamaron Frostfallen.

El viento sopló fuerte en ese momento, y el nombre resonó en mi cabeza como un eco distante.

Frostfallen.

Caído por el hielo.

O tal vez… nacido del hielo.

—¿Y por qué ese nombre? —pregunté, sin entender.

Kyot se encogió de hombros.

—Nunca lo explicó. Pero a partir de entonces, ese fue tu nombre en la Orden. El líder mismo te lo dio. Dijo que simbolizaba tu renacimiento, tu caída y tu regreso.

Me quedé mirando el suelo, en silencio.

No recordaba esas palabras, pero sentía algo familiar.

Un peso. Una promesa.

Kyot me miró de reojo.

—Sobre la Orden y Miller… —continuó—. Te lo digo en serio, no tienes que hacer nada. Ellos creen que estás muerto. Si quieres quedarte aquí, vivir tranquilo, puedes hacerlo.

—Sí, pero… —murmuré, apretando los puños—, no se siente correcto. Miller me traicionó. Me usó. Y el líder… él confió en mí.

—¿Confió? —preguntó Kyot.

—Sí. —Asentí, mirando el horizonte—. Me entrenó. Me dio su apoyo, me trató como a un discípulo. Si enloqueció al creer que yo lo traicioné… entonces eso fue culpa mía, aunque no lo haya hecho. Si realmente me consideraba importante, tengo que limpiar esa mancha.

—¿Y cómo planeas hacerlo? —preguntó Kyot, con una ceja arqueada.

—Empezando por Miller —respondí sin dudar—. Él fue la raíz de todo. Si no fuera por él, ni el líder habría perdido la cabeza, ni tantos de nuestros hermanos habrían muerto por una mentira. No puedo dejarlo así.

Kyot me observó un largo rato, sin decir nada.

Luego suspiró, levantándose de la pila de madera.

—Sabía que dirías eso.

—¿Sabías?

—Claro. —Esbozó una media sonrisa cansada—. Siempre fuiste así. No sabías cuándo rendirte. Ni siquiera cuando hacerlo era lo más sensato. Pero… —se giró para mirarme de frente—, si vas a ir tras Miller, no lo hagas solo.

—No planeo hacerlo.

—Bien. —Asintió lentamente, dándome una palmada en el hombro—. Entonces, Frostfallen, supongo que el invierno aún no ha terminado para ti.

Me quedé quieto, mirándolo alejarse.

El viento volvió a soplar, y la nieve cayó sobre mis manos abiertas.

Fría, pero cálida al mismo tiempo.

Quizás tenía razón.

El invierno, para mí, aún no había terminado.

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