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Chapter 53 - Hogwarts inicio del año escolar

En Spinner's End, la casa estaba en silencio.

En la sala, Severus Snape y Anya miraban la televisión. Sin embargo, Snape apenas prestaba atención al programa; su mirada se desviaba constantemente hacia el reloj en la pared. Sabía que pronto tendría que ir a Hogwarts para la ceremonia de selección.

Una hora después, Snape se levantó del sillón.

—Anya, es hora de cenar —dijo con su tono calmado pero firme.

Ambos caminaron hacia el comedor, donde Loki ya había servido un guiso caliente que desprendía un agradable aroma.

Anya tomó la cuchara y miró a su padre.

—Papá… ¿León ya habrá llegado?

Snape negó ligeramente con la cabeza.

—Todavía falta. Pero no es momento de preocuparse por León —respondió—. Más bien espero que hayas preparado tu maleta para mañana. Tus clases empiezan mañana y debemos ir temprano para que te instales en los dormitorios.

—Ya alisté mi maleta —respondió Anya rápidamente.

Snape levantó una ceja.

—¿Estás segura? Iré a revisarla más tarde.

Anya bajó un poco la mirada.

—Bueno… solo falta un poco —admitió con nerviosismo.

Después de cenar, Snape se levantó de la mesa y tomó su capa.

—Termina de preparar tu maleta —le indicó—. Regresaré en unas dos horas. No abras la puerta a nadie y no salgas de la casa.

Luego añadió:

—Si necesitas algo, pídele a Loki que te ayude.

Anya asintió.

—Está bien, papá… saluda a León de mi parte.

Snape la miró por un momento antes de entrar a la chimenea.

"Hogwarts, oficina del director" dijo Snape mientras las llamas verdes lo cubrían.

Snape desaparecio, mientras viajaba a toda velocidad por la red flu.

Las llamas verdes desaparecieron lentamente de la chimenea.

Severus Snape salió de ellas sacudiendo ligeramente su túnica negra. El viaje por la red Flu fue rápido, pero su rostro mostraba el mismo cansancio de todo el día.

Frente a él, detrás de su escritorio lleno de pergaminos, estaba sentado Albus Dumbledore.

El director levantó la vista de unos documentos y arqueó una ceja con una leve sonrisa.

—Buenas noches, Severus —dijo con tono tranquilo—. Debo admitir que me sorprende verte llegar… tan justo a tiempo.

Snape caminó unos pasos dentro de la oficina.

—Tenía asuntos que atender —respondió secamente.

Dumbledore entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—Entiendo. La paternidad puede traer… responsabilidades inesperadas.

El comentario hizo que los ojos de Snape se entrecerraran ligeramente.

—No creo que eso sea asunto suyo, Albus.

Dumbledore soltó una pequeña risa suave.

—Tal vez no. Pero debo admitir que me alegra verte… menos solo.

Snape no respondió.

Solo caminó hacia una de las ventanas de la oficina, mirando el castillo de Hogwarts iluminado por antorchas.

Desde allí podía ver a los estudiantes nuevos cruzando el lago en pequeñas barcas.

El silencio duró unos segundos.

—La ceremonia de selección comenzará en unos treinta minutos —continuó Dumbledore con calma—. Este año promete ser… preocupante.

Snape cruzó los brazos.

—¿Por los dementores?

Dumbledore lo miró con atención.

—Así es.

Los Dementors rodeaban el castillo desde la fuga de Sirius Black.

—No confío en esas criaturas —dijo Snape con frialdad—. Azkaban debería haber sido suficiente para contenerlo.

—Tal vez —respondió Dumbledore—. Pero el Ministerio no comparte esa opinión.

Snape soltó un pequeño resoplido.

—El Ministerio rara vez comparte algo cercano al sentido común.

Dumbledore sonrió levemente.

—Me alegra ver que algunas cosas nunca cambian.

Entonces el director tomó su sombrero puntiagudo del respaldo de la silla y se puso de pie.

—Será mejor que vayamos al Gran Comedor.

Snape asintió.

Ambos salieron de la oficina.

Mientras caminaban por los pasillos del castillo, el murmullo de cientos de estudiantes comenzaba a escucharse desde el Gran Comedor.

Las antorchas iluminaban las paredes de piedra y el techo encantado ya mostraba un cielo nocturno lleno de estrellas.

La ceremonia estaba a punto de comenzar.

Y en algún lugar entre los estudiantes que esperaban la selección…

estaba León.

Snape y León solo intercambiaron una breve mirada de asentimiento antes de que la ceremonia comenzara.

En el centro del Gran Comedor de Hogwarts, el viejo y arrugado Sombrero Seleccionador fue colocado sobre el taburete de tres patas.

La profesora Minerva McGonagall sostuvo el pergamino con los nombres de los nuevos estudiantes.

El silencio se extendió por toda la sala.

Uno por uno, los alumnos de primer año fueron llamados.

—Antony Risk.

El niño caminó nerviosamente hacia el taburete. El sombrero apenas tocó su cabeza cuando gritó:

—¡HUFFLEPUFF!

La mesa de Hufflepuff estalló en aplausos.

—Alice Craven.

La niña subió al taburete, con las manos temblorosas.

—¡GRYFFINDOR!

La mesa de Gryffindor celebró con entusiasmo.

—Conrad Selwin.

Esta vez, los estudiantes de Slytherin prestaron más atención.

El sombrero reflexionó unos segundos.

—Mmm… ambición… determinación… sí… definitivamente…

—¡SLYTHERIN!

Los aplausos surgieron desde la mesa verde y plateada. Algunos estudiantes mayores asentían con aprobación al apellido Selwin.

León observaba en silencio.

—Sky Yang.

El sombrero apenas tocó su cabeza.

 

—¡RAVENCLAW!

La mesa de Ravenclaw aplaudió educadamente.

La selección continuó durante varios minutos hasta que el último nombre fue llamado.

Cuando terminó, la profesora McGonagall retiró el sombrero y los estudiantes se acomodaron en sus respectivas mesas.

Entonces, el director de Hogwarts, Albus Dumbledore, se levantó lentamente de su asiento.

Las velas flotantes iluminaban su larga barba plateada mientras caminaba hacia el podio.

El murmullo en el Gran Comedor se apagó poco a poco.

Dumbledore apoyó las manos sobre el atril y observó a todos los estudiantes con una pequeña sonrisa.

—¡Bienvenidos! —dijo con voz cálida—. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas que deciros a todos, y como una de ellas es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete os deje aturdidos.

—Dumbledore se aclaró la garganta y continuó—: Como todos sabéis después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia.

Están apostados en las entradas a los terrenos del colegio —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles —No está en la naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, os advierto a todos y cada uno de vosotros que no debéis darles ningún motivo para que os hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de los dementores.

Dumbledore hizo otra pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo nada. —Por hablar de algo más alegre —continuó—, este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras. Hubo algún aplauso aislado y carente de entusiasmo. Sólo los que habían estado con él en el tren aplaudieron con ganas. El profesor Lupin parecía un adán en medio de los demás profesores, que iban vestidos con sus mejores togas.

—En cuanto al otro último nombramiento —prosiguió Dumbledore cuando se apagó el tibio aplauso para el profesor Lupin—, siento deciros que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se retiró al final del pasado curso para poder aprovechar en la intimidad los miembros que le quedan. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques.

El aplauso fue especialmente caluroso en la mesa de Gryffindor.

En la mesa de profesores, Rubeus Hagrid parecía completamente abrumado. Su enorme barba temblaba mientras se sonaba la nariz con un pañuelo que parecía demasiado pequeño para sus manos gigantes.

—Gra… gracias… —murmuró, visiblemente emocionado.

En contraste, sentado con su habitual postura rígida, Severus Snape observaba la escena con expresión neutra.

A su lado, el profesor Remus Lupin aplaudía con discreción, aunque parecía algo incómodo por la atención.

Snape no aplaudió.

Su mirada oscura se deslizó brevemente hacia Lupin.

Un leve destello de desprecio cruzó sus ojos.

En la mesa de Slytherin, León también observaba a los profesores con atención. Reconocía perfectamente la tensión en el rostro de su padre.

Había visto esa mirada antes.

Era la misma que Snape mostraba cuando hablaba de los Merodeadores.

Pero León no dijo nada.

Simplemente tomó nota mental.

Mientras tanto, en el podio, Albus Dumbledore levantó las manos suavemente para pedir silencio.

Los aplausos se fueron apagando poco a poco.

—Y ahora —dijo con una sonrisa brillante—, creo que todos estamos suficientemente hambrientos.

Los ojos de muchos estudiantes brillaron de emoción.

Dumbledore levantó su copa.

—¡Que comience el banquete!

Al instante, los platos vacíos frente a los estudiantes se llenaron mágicamente con montañas de comida: pollo asado, puré de patatas, pasteles de carne, verduras, panes recién horneados y jarras de jugo de calabaza.

El Gran Comedor se llenó de conversaciones, risas y el sonido de cientos de cubiertos chocando contra los platos.

En la mesa de Slytherin, León comenzó a servirse con calma.

Muchos estudiantes observaban de reojo la mesa de profesores, específicamente a Severus Snape.

—¿Viste su cara cuando mencionaron a Lupin? —susurró un alumno de Ravenclaw.

—Siempre quiso ese puesto… —respondió otro en voz baja.

—Debe estar furioso.

—Seguro está planeando envenenarlo…

Las teorías se extendían por las mesas como fuego en hierba seca.

Desde Gryffindor hasta Hufflepuff, todos parecían tener una explicación distinta para la expresión fría de Snape.

En realidad, ninguno estaba siquiera cerca de la verdad.

Sentado en la mesa de profesores, Snape mantenía su postura rígida y elegante, cortando su comida con movimientos precisos.

Pero su mente estaba en otro lugar.

Spinner's End.

Había salido con prisa.

Demasiada prisa.

Recordó claramente la cara nerviosa de Anya cuando dijo que su maleta estaba lista.

Snape conocía demasiado bien esa expresión.

Significaba exactamente lo contrario.

Probablemente:

No había doblado la ropa.

Los libros estaban en cualquier orden.

Y existía una alta probabilidad de que hubiera olvidado algo esencial.

Tal vez varias cosas.

Snape cerró los ojos un instante.

Podía imaginar perfectamente el desastre.

Muchos estudiantes murmuraban solo la mirada fría del profesor Snape, ya que es bien conocido que desea el puesto de profesor de defensa contra las artes oscuras.

Pero lo que ellos no sabían, era que Snape estaba contando el tiempo para poder regresar rápidamente a casa y revisar la maleta de anya porque mañana empieza sus clases.

La cena en el Gran Comedor de Hogwarts terminó entre conversaciones y el sonido de los platos desapareciendo mágicamente.

Severus Snape se levantó de la mesa de profesores con la misma elegancia fría de siempre. Con un leve gesto de su mano indicó a los prefectos de Slytherin que lo siguieran.

Se apartaron hacia un lado del Gran Comedor.

—Prefectos —dijo Snape en su tono bajo y autoritario—. Con los dementores apostados en los terrenos, espero disciplina absoluta de parte de nuestra casa.

Los estudiantes se enderezaron inmediatamente.

—Vigilen los pasillos durante la noche, asegúrense de que los alumnos de primer año conozcan las reglas, y no toleraré estupideces que atraigan la atención del director… o del Ministerio.

—Sí, profesor —respondieron todos al unísono.

Snape los observó un momento más.

—Pueden retirarse.

Sin añadir otra palabra, giró sobre sus talones y abandonó el Gran Comedor. Subió las escaleras de piedra del castillo con pasos largos y silenciosos hasta llegar a la oficina de Albus Dumbledore.

La gárgola se apartó para dejarlo pasar.

Dentro de la oficina, los retratos de antiguos directores de Hogwarts lo observaron con curiosidad mientras caminaba directamente hacia la chimenea. En su percha dorada, el fénix de Dumbledore, Fawkes, inclinó ligeramente la cabeza.

Snape tomó un puñado de polvos flu.

—Spinner's End.

Las llamas verdes lo envolvieron al instante.

Un segundo después apareció en la chimenea de su casa.

La sala de Spinner's End estaba en silencio.

Snape dio un paso fuera de la chimenea, sacudiéndose ligeramente las cenizas de la túnica.

Entonces lo vio.

Anya Snape estaba profundamente dormida en el sofá, abrazando su almohada y con un mechón de cabello cayendo sobre su rostro.

Snape suspiró con suavidad.

Sin despertarla, la levantó con cuidado entre sus brazos. La niña apenas murmuró algo ininteligible y se acomodó instintivamente contra su pecho.

Subió las escaleras y la llevó a su habitación.

La recostó en la cama y acomodó las mantas sobre ella.

—Mmm… papa… —murmuró Anya medio dormida.

Snape apartó el cabello de su rostro.

—Duerme.

Anya no respondió. Ya estaba profundamente dormida.

Snape entonces dirigió su atención a la maleta abierta al pie de la cama.

Tal como sospechaba…

Era un desastre.

La ropa estaba arrugada, algunas cosas estaban mezcladas sin orden, y claramente faltaba cualquier intento de organización.

Snape cerró los ojos por un segundo.

Luego sacó su varita.

—Ordenare.

La ropa se elevó suavemente en el aire. Las camisas se doblaron perfectamente, los uniformes se alinearon con precisión casi militar y los útiles escolares se acomodaron en sus respectivos compartimentos.

En menos de un minuto, la maleta quedó impecable.

Snape la cerró y la dejó junto a la puerta.

Observó a Anya una última vez para asegurarse de que estuviera bien cubierta.

Luego apagó la luz con un movimiento de varita.

Finalmente salió de la habitación.

Minutos después, en su propio cuarto, el temido profesor de Pociones de Hogwarts se dejó caer sobre la cama.

Había sido un día largo, Y mañana sería aún más largo.

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