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Chapter 114 - El Pacto y el Tesoro

El vapor del té subía en espirales perezosas, llenando la oficina de Lione con un aroma a flores secas y resina antigua. No era un lugar de lujos; las paredes estaban ocultas tras torres de libros amarillentos que parecían a punto de colapsar y frascos con especímenes extraños que vibraban levemente al paso del maná. Era un refugio modesto, apacible y cargado de un conocimiento que se sentía casi tangible en el aire.

Lione, con su túnica algo desordenada y esa chispa de curiosidad eterna en los ojos, rompió el silencio que reinaba en la estancia.

—Director, ¿qué lo trae por aquí hoy? —preguntó con una sonrisa ligera, tratando de aliviar la tensión—. Supuse que el reclutamiento de los nuevos jóvenes lo tendría contra las cuerdas.

—Hoy vine a hablarte de un asunto que concierne al joven Arthur y a ti —respondió el Director. Su voz no admitía bromas; sonó como el roce de dos piedras pesadas, solemne y gélida.

Lione ladeó la cabeza, su expresión de confusión fue inmediata.

—Lo escucho, Director.

—Bien. ¿Le diste tu sello personal a este muchacho? —El Director deslizó sobre la madera de la mesa la insignia grabada con el nombre de Lione. El metal brilló bajo la luz de las velas.

Lione tomó el objeto con una delicadeza casi reverencial. Sus dedos recorrieron las hendiduras del sello mientras su mirada saltaba de la madera a Arthur, y luego de regreso al Director. Un brillo de orgullo genuino iluminó su rostro cansado.

—Así es. Como mencioné en mi reporte, la Cueva Lunar fue un infierno. Este joven salvó a los estudiantes; sin él, habríamos recogido cadáveres en lugar de reclutas. Incluso se enfrentó al Dragón de Cuarzo. Su coraje fue indispensable. Se lo di esperando que su camino lo trajera a nuestra academia.

El Director asintió, observando a Arthur con una intensidad que parecía querer perforar su piel y leerle el alma.

—Tienes buen olfato, Lione. Arthur se destacó en la prueba de ingreso, quedando entre los diez mejores. Es una promesa que brilla con luz propia.

Lione se dio una palmada en el muslo y soltó una carcajada que hizo eco en las estanterías repletas de pergaminos.

—¿Tomaste la prueba aun teniendo el sello? ¡Eres un joven héroe temerario, Arthur! ¡Jajaja!

Arthur apretó los labios, sintiendo un nudo de frustración en la garganta al recordar lo cerca que estuvo del desastre. El Director, por su parte, soltó un suspiro cargado de irritación y negó con la cabeza.

—Siempre tan distraído, Lione. No fue por valentía. Nunca le explicaste para qué era el sello ni cómo usarlo, ¡idiota!

La risa de Lione se cortó en seco, como si le hubieran arrebatado el aire. Su rostro pasó del blanco al rojo carmesí en un segundo. Tartamudeó, hundiéndose un poco en su silla de cuero gastado.

—Yo... me disculpo, joven Arthur. A veces mi mente vuela demasiado rápido hacia mis estudios. Cuando recordé que olvidé las instrucciones, ya era tarde. Pensé que cualquier maestro te ayudaría al ver el sello... no imaginé que el mismo Director tendría que intervenir.

—No se preocupe, profesor —intervino Arthur, aunque su voz aún guardaba un rastro de la fatiga del torneo—. Las dificultades en la plataforma me sirvieron para mejorar y entender cuánto me falta por aprender.

El Director se inclinó hacia adelante, su sombra cubriendo parte de la mesa y dándole un aspecto imponente.

—Tienes suerte de estar vivo. En esas plataformas, la muerte no es una posibilidad, es una constante. Si hubieras mostrado el sello, habrías ingresado directamente y no estaríamos en este aprieto político.

—Ahora que lo recuerdo —dijo Arthur, con el ceño fruncido por la súbita comprensión—, sí presenté el sello. Se lo entregué al profesor que hacía los registros.

Un silencio gélido cayó sobre la oficina, apagando incluso el crepitar de las velas. Lione y el Director compartieron una mirada cargada de una sospecha oscura.

—Esto es grave —dijo el Director—. Ningún maestro de esta institución ignora lo que significa el sello de Lione. ¿Quién era él?

Arthur describió al hombre de mirada afilada y gestos arrogantes que lo había atendido. Al escucharlo, la cara de Lione se ensombreció y sus puños se cerraron sobre el escritorio.

—Berul... —masculló Lione con veneno en la voz—. Ese maldito usa cualquier sombra para intentar tropezarme. Sabía que Arthur era mi recomendado y lo ignoró a propósito para enviarlo a la masacre.

—Déjame a Berul a mí —sentenció el Director con una frialdad que prometía represalias—. Ahora, el problema real. Arthur llegó al Top 10, pero quedó fuera por asesinar a su oponente. Ante el reino, es un asesino. No puede ser un alumno regular. La única salida es que tú, Lione, lo tomes como tu **discípulo personal**. En nombre solamente.

Lione asintió con gravedad, sintiendo el peso de su propia negligencia sobre sus hombros. Pero antes de cerrar el trato, miró al Director con una chispa de desconfianza.

—¿Por qué tanto esfuerzo por él, Director? He visto talentos grandes pasar por estas aulas, pero nunca lo he visto a usted mover tantos hilos por un solo muchacho.

El Director bajó la voz hasta convertirla en un susurro que erizó los vellos de la nuca de Arthur.

—Porque Arthur es una anomalía que desafía toda lógica mágica. Posee un **núcleo de bestia** en su interior.

Lione se puso de pie tan rápido que su silla golpeó la pared trasera con un estruendo. Miró a Arthur como si estuviera frente a una criatura de leyenda antigua. Tras unos segundos de tensión insoportable, se dejó caer de nuevo en su asiento, procesando la magnitud del secreto.

—La condición para este pacto, joven —continuó el Director mirando fijamente a Arthur—, es que te sometas a estudios constantes sobre tu cuerpo.

Arthur sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Su mente, acostumbrada a la supervivencia, comenzó a proyectar imágenes de jaulas y dolor.

—Tranquilo —añadió el Director, notando su pánico—. No planeamos diseccionarte como a una rana de laboratorio. Serán pruebas no invasivas. Tu cuerpo es una mina de oro para el conocimiento de la academia, y a cambio, nosotros seremos tu escudo contra el mundo.

Arthur cerró los ojos, sopesando su libertad frente a la seguridad absoluta. Pensó en el Colmillo Azul y en su propia sed de poder. Al abrirlos, su mirada era de acero.

—Acepto la condición.

***

Arthur salió de la academia poco después, sintiendo el peso del contrato en su alma. El sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo los muros de piedra de un naranja sangriento que presagiaba tiempos oscuros. De repente, el Lich surgió de entre las sombras de un tejado y aterrizó con un crujido suave en su hombro.

—¿Y bien, mocoso? ¿Nos quedamos en este nido de cuervos o nos vamos?

—Nos quedamos —respondió Arthur con voz firme—. Ya soy parte de la academia.

—Perfecto... —el Lich soltó una risita siniestra que hizo que el aire se enfriara—. Siento que se avecina un festín de sangre. Kakaka.

Sus siluetas se fundieron con la oscuridad de los pasillos de piedra mientras se desvanecían lentamente hacia sus nuevos aposentos.

***

Dos días después, el cielo sobre Trimbel se desgarró violentamente. Una luz multicolor, tan hermosa como aterradora, brotó del vacío acompañada por un terremoto que hizo crujir los cimientos mismos del reino. Las bestias enloquecieron, chillando en los bosques, mientras esa luz majestuosa caía como una estrella herida hacia un punto en particular: la **Cueva Meteorito**.

Ese fue el día en que nació el **Tesoro Sangriento**. Una luz que prometía un poder inimaginable, pero que solo traería una marea roja que bañaría Trimbel y sus alrededores de un carmesí imborrable.

**Fin del Volumen 2.**

​Nota del Autor:

Muchísimas gracias por acompañarme hasta el final de este segundo volumen. El viaje de Arthur apenas comienza y las sombras sobre Trimbel son cada vez más densas. Los espero con más acción, misterios y sangre en el Volumen 3. ¡Gracias por leer!

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