Cherreads

Chapter 112 - Cielo Carmesí

En el camino rocoso que conectaba Trimbel con Month, la capital, cinco siluetas desgarraban la oscuridad. Eran panteras de guerra cuyos músculos se tensaban con la precisión de una máquina. A pesar de que la ventisca golpeaba con la fuerza de látigos gélidos y la negrura parecía devorar el mundo, el grupo no redujo el ritmo ni un solo segundo.

A la cabeza de la formación, un hombre alto montaba una pantera de dimensiones colosales. Su traje azul oscuro se agitaba violentamente con el viento y su máscara de plata reflejaba la escasa luz de la luna, dándole un aspecto espectral. Era Calisto. Detrás de él, cuatro jinetes mantenían la posición, con los ojos fijos en la espalda de su comandante mientras dejaban atrás los límites de Trimbel.

Tras una noche de cabalgata frenética, las murallas de la ciudad aparecieron entre la bruma del amanecer. En la puerta principal, los guardias intentaron detenerlos, pero Calisto, sin mediar palabra, arrojó una moneda de oro y una placa de madera negra. El metal golpeó el suelo con un sonido seco. Al reconocer el sello, los guardias retrocedieron aterrados; la gran puerta de hierro se abrió con un chirrido de goznes oxidados que resonó en las calles vacías.

Se movieron como sombras por los callejones, evitando las avenidas principales mientras los primeros rayos de sol teñían el cielo de un naranja sangriento. Al llegar a un callejón sin salida, una sección de la pared de piedra se deslizó sin ruido, tragándoselos. Caminaron por un pasillo subterráneo donde el aire olía a humedad y aceite quemado. Al final, una puerta de hierro macizo se abrió, revelando a un mayordomo anciano que se inclinó profundamente.

—Saludos, comandante —susurró el viejo.

Calisto asintió con rigidez y atravesó el umbral. Llegó al centro de un salón circular donde, en un asiento tallado en cuero de bestia, descansaba un hombre robusto como un oso. El ambiente estaba saturado por el olor acre del licor fuerte; varias botellas vacías yacían esparcidas por el suelo. Calisto se arrodilló de inmediato, golpeando su rodilla contra la piedra fría.

—Saludos, mi señor Kragon. Vengo a reportar la misión.

Kragon, que parecía dormido, abrió un ojo y, con un movimiento violento, arrojó la botella que tenía en la mano. El cristal estalló a pocos centímetros de Calisto, salpicando su bota con alcohol.

—Espero que traigas la cabeza de ese maldito —rugió Kragon. Su voz era un trueno que hizo vibrar el aire del salón.

Calisto se estremeció. El sudor frío comenzó a bajar por su espalda bajo el uniforme.

—Mis disculpas, señor... las dos Sombras que enviamos han fallado.

El aura de Kragon aumentó bruscamente, una presión invisible que dificultaba la respiración. El silencio que siguió fue más aterrador que el rugido anterior.

—Espero que esas sombras estén muertas —sentenció Kragon con una calma venenosa.

—Así es, mi señor —asintió Calisto, sin atreverse a levantar la mirada.

—Bien. Todos son unos inútiles —rugió Kragon de nuevo, poniéndose en pie. Su sombra se proyectó enorme sobre la pared—. ¿Acaso están esperando que yo mismo vaya y atrape a ese mocoso con mis propias manos?

—Mi señor, si me da otra oportunidad, yo mismo lo atraparé. En Trimbel la academia tiene demasiado peso; si nos movemos con imprudencia, podrían armar un contraataque.

—Eso ya lo sé —lo interrumpió Kragon con un bufido—. Te daré una última oportunidad. Pero escúchame bien: si fallas, será mejor que vengas a verme siendo un fantasma.

Kragon cambió su tono a uno más calculador.

—Dejaremos lo del mocoso en segundo plano por ahora. Me ha llegado información de que un tesoro natural ha despertado en la Cueva Meteorito. Las demás organizaciones ya se están moviendo. Prepara a todos los escuadrones disponibles. Que se dirijan a Trimbel de inmediato. Tenemos que asegurar ese tesoro. Y mientras tanto... haz un retrato de ese muchacho y envíaselo a todos. Si lo ven, que lo maten. Que el tesoro sea la prioridad, pero si el mocoso se cruza en su camino, no duden en borrarlo del mapa.

***

De vuelta en Trimbel, en la residencia del comerciante Lerwen, la atmósfera era de caos total. Los sirvientes corrían desencajados y el aire en la oficina estaba cargado de tensión y el aroma del incienso barato usado para calmar los nervios.

—¡¿Cómo es posible que aún no haya información?! —gritó Lerwen, golpeando su escritorio con los ojos inyectados en sangre.

—Se suponía que el cargamento de cristales de petrificación debía reportarse ayer, mi señor —respondió un sirviente temblando—. Los grupos de búsqueda han vuelto sin nada.

Una dama de figura esbelta dio un paso adelante.

—Señor, las bestias del Bosque Susurrante están frenéticas. Su cantidad ha aumentado de forma antinatural. Quizás el grupo fue emboscado.

Lerwen se desplomó en su sillón.

—Ese cargamento llevaba diez escoltas de élite y cuatro aventureros rango oro. Para que desaparezcan sin rastro... solo puedo pensar en una cosa: una bestia de cuatro coronas. Una anomalía en los caminos principales.

El aire pareció enfriarse de golpe ante sus palabras.

—¡Muévanse! —ordenó Lerwen—. Este negocio con la Academia Cielo Eterno no puede fracasar. Si esos cristales no llegan, estamos arruinados.

Cuando se quedó solo, Lerwen miró por la ventana hacia el horizonte, donde la Cueva Meteorito dormía en un silencio engañoso.

—¿Por qué aparecen problemas justo ahora? —susurró, sintiendo un escalofrió—. Solo espero que esos cristales lleguen...

Esa noche, bajo un cielo que empezaba a teñirse de colores extraños por la energía del tesoro, sería la última noche de paz que Trimbel recordaría en mucho tiempo.

**Fin del Capítulo.**

More Chapters